miércoles, 12 de noviembre de 2008

LA CORTE Y LA LIBERTAD SINDICAL



He leído con atención el fallo de la Corte que aborda el tema de la libertad sindical, así como diversas reacciones al respecto, entre ellas, un pormenorizado documento redactado por Mariano Recalde.
No creo que la comprensión de este tema pueda agotarse en una exégesis jurídica.
No creo que exista una verdad absoluta que permita a quien la sustenta negar la realidad.
Y esa realidad está repleta de contradicciones.
Mi primera opinión luego de leer el fallo la escribí en ramble tamble, como comentario a una nota de Artemio López. Allí expresé que estoy de acuerdo con la decisión, pero a su vez, creo que la fundamentación tiene tintes de gorilismo difíciles de respirar.

El fallo y el artículo 41

Creo que el reproche de inconstitucionalidad para el artículo 41 tiene sustento sólido.
Extender el derecho de preferencia a restringir la posibilidad de elegir y ser elegido como delegado a quien no pertenezca a la organización sindical preferente no sólo torna ilusorio el ejercicio de esa libertad (porque desde la base impone esa preferencia como requisito de pertenencia para la participación), sino que contribuye a consolidar un modelo de organización sindical en el cual, en muchos casos, aparece devaluada o ignorada la actividad de representación gremial a ese nivel. Como todo poder que logra instituirse, tiende a darle más relevancia a la consolidación de ese poder que a la participación de quienes son su fuente.
Tampoco considero una consecuencia necesaria del fallo la existencia de “delegados paralelos”.
Por último, no hay una sola consideración en el texto del fallo que sustente la interpretación de que la sentencia está circunscripta al “ámbito público”. Está muy claro el alcance de las sentencias de la Corte en función de nuestro sistema difuso de control de constitucionalidad. Pero los argumentos y opiniones del fallo respecto del artículo 41 y su inconstitucionalidad valen tanto para el ámbito público como para el privado y la postura del gobierno en ese sentido no es más que una expresión de buena voluntad que tiene el valioso objetivo de calmar los ánimos pero que no encuentra sustento en la sentencia.

El gorilismo

Si alguien que desconoce nuestra historia lee el fallo, podría llegar a pensar que el constitucionalismo social en nuestro país es un logro adjudicable a la fusiladora. La cita de la Destituyente del 57 y la presentación “ascética” del 14 bis sin definiciones precisas respecto de su historia previa, alejan a la sentencia de la línea reivindicativa que expresa la CTA y lo emparentan con la tradición gorila enemiga del movimiento obrero y del poder sindical.
Desde ese punto de vista, sí tengo un reproche para los miembros de la Corte que no considero inscriptos en la tradición gorila, y es no haber desarrollado una fundamentación propia distante de esa línea argumental.

Realidad y contradicciones

Se me dirá que mi visión del fallo escinde la decisión de los fundamentos de un modo inaceptable, y que si los fundamentos tienen brochazos gorilas, la decisión también tiene ese carácter.
Yo creo que la contradicción late en el fallo como late en el movimiento obrero y late en nuestra sociedad.
Para ser justos, la propia historia de la OIT y de las diversas formas de participación de nuestros trabajadores, empresarios y gobiernos en la misma, no puede escindirse de la realidad política del siglo pasado desde la Sociedad de las Naciones hasta la caída del muro y la imposición del modelo neoliberal, pasando por la guerra fría. Así, el meneado concepto de libertad sindical tiene fuentes, razones, contenidos y expresiones de naturaleza muy diversa.
La CGT que lidera Hugo Moyano es probablemente la que mejor se identifica con la identidad preponderante en nuestro movimiento obrero y la más enraizada con su historia de lucha.
Pero ya en los tiempos del fallo OUTON existían contradicciones en el movimiento obrero respecto de la actitud ante la dictadura y, a partir del Proceso, la reivindicación de “una sóla CGT” , con o sin artículo 41, fue una expresión de deseos que chocó contra la propia realidad de las organizaciones gremiales.
La reacción de hoy de la “CGT Celeste y Blanca” es la expresión más bizarra de esa realidad contradictoria: quienes dividieron a la CGT, no pueden ocultar su alegría por el fallo pero a su vez adjudican a sus autores la intención de dividir al movimiento obrero.
Del otro lado, está la CTA y su lucha. Por supuesto que tiene sus contradicciones y limitaciones. Pero más allá de las interpretaciones legales, me cuesta hasta lo imposible explicar que pretendamos desconocer a compañeros con los que hemos compartido la calle en un sinfín de luchas.
Está claro que allí hay trabajadores ocupados y desocupados, está claro que han protagonizado luchas de indiscutible naturaleza gremial, está claro que son algo más que una asociación civil, está claro que intentar compartir la lucha con ellos y al mismo tiempo desconocerlos es la raíz de reacciones disparatadas como la interpretación del fallo que hizo el gobierno.
“En modo alguno puede incidir en el reconocimiento de personería gremial a sindicatos o centrales que no son los más representativos”, escribe Mariano Recalde respecto del fallo. Y en esa frase late con claridad la contradicción: negación de la personería gremial a sindicatos o centrales que son tales, es decir, indudablemente personas, indudablemente gremiales.
El fallo de la Corte establece una línea jurisprudencial de consecuencias aun difíciles de precisar.
Pero los conflictos y las contradicciones están allí, se pronuncie o no la Corte acerca de ellos, los dirima o no de mejor o peor modo. Están y no se van a superar simplemente porque intentemos gambetear la realidad o desconocer no ya a quienes tenemos enfrente, sino también a quienes suelen marchar a nuestro lado.

domingo, 19 de octubre de 2008

Hemingway


“…sientes con rapidez que estás en manos de alguien que escribe
tan bien que tu inteligencia después está sintonizada ante los defectos en la mala escritura de los demás, y, peor, en la tuya”. Norman Mailer

COLINAS COMO ELEFANTES BLANCOS

Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas. El americano y la muchacha que iba con él tomaron asiento a una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.
—¿Qué tomamos? —preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.
—Hace calor —dijo el hombre.
—Tomemos cerveza.
—Dos cervezas —dijo el hombre hacia la cortina.
—¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral.
—Sí. Dos grandes.
La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.
—Parecen elefantes blancos —dijo.
—Nunca he visto uno —. El hombre bebió su cerveza.
—No, claro que no.
—Nada de claro —dijo el hombre—. Bien podría haberlo visto.
La muchacha miró la cortina de cuentas.
—Tiene algo pintado —dijo—. ¿Qué dice?
—Anís del Toro. Es una bebida.
—¿Podríamos probarla?
—Oiga —llamó el hombre a través de la cortina.
La mujer salió del bar.
—Cuatro reales.
—Queremos dos de Anís del Toro.
—¿Con agua?
—¿Lo quieres con agua?
—No sé —dijo la muchacha—. ¿Sabe bien con agua?
—No sabe mal.
—¿Los quieren con agua? —preguntó la mujer.
—Sí, con agua.
—Sabe a orozuz —dijo la muchacha y dejó el vaso.
—Así pasa con todo.
—Si dijo la muchacha—- Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.
—Oh, basta ya.
—Tú empezaste —dijo la muchacha—. Yo me divertía. Pasaba un buen rato.
—Bien, tratemos de pasar un buen rato.
—De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?
—Fue ocurrente.
—Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?
—Supongo.
La muchacha contempló las colinas.
—Son preciosas colinas —dijo—. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles.
—¿Tomamos otro trago?
—De acuerdo.
El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.
—La cerveza está buena y fresca —dijo el hombre—.
—Es preciosa —dijo la muchacha.
—En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig —dijo el hombre—. En realidad no es una operación.
La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.
—Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.
La muchacha no dijo nada.
—Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.
—¿Y qué haremos después?
—Estaremos bien después. Igual que como estábamos.
—¿Qué te hace pensarlo?
—Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.
La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.
—Y piensas que estaremos bien y seremos felices.
—Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.
—Yo también —dijo la muchacha—. Y después todos fueron tan felices.
—Bueno —dijo el hombre—, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.
—¿Y tú de veras quieres?
—Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.
—Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?
—Te quiero. Tú sabes que te quiero.
—Sí, pero si lo hago, ¿nunca volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?
—Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.
—Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?
—No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.
—Entonces lo haré. Porque yo no me importo.
—¿Qué quieres decir?
—Yo no me importo.
—Bueno, pues a mí sí me importas.
—Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.
—No quiero que lo hagas si te sientes así.
La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles.
—Y podríamos tener todo esto —dijo—. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.
—¿Qué dijiste?
—Dije que podríamos tenerlo todo.
—Podemos tenerlo todo.
—No, no podemos.
—Podemos tener todo el mundo.
—No, no podemos.
—Podemos ir adondequiera.
—No, no podemos. Ya no es nuestro.
—Es nuestro.
—No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.
—Pero no nos los han quitado.
—Ya veremos tarde o temprano.
—Vuelve a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.
—No me siento de ningún modo —dijo la muchacha—. Nada más sé cosas.
—No quiero que hagas nada que no quieras hacer…
—Ni que no sea por mi bien —dijo ella—. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?
—Bueno. Pero tienes que darte cuenta…
—Me doy cuenta —dijo la muchacha. ¿No podríamos callarnos un poco?
Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.
—Tienes que darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.
—¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.
—Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.
—Sí, sabes que es perfectamente sencillo.
—Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.
—¿Querrías hacer algo por mi?
—Yo haría cualquier cosa por ti.
—¿Querrías por favor por favor por favor por favor callarte la boca?
El no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.
—Pero no quiero que lo hagas —dijo—, no me importa en absoluto.
—Voy a gritar —dijo la muchacha.
La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.
—El tren llega en cinco minutos —dijo.
—¿Qué dijo? —preguntó la muchacha.
—Que el tren llega en cinco minutos.
La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento.
—Iré llevando las maletas al otro lado de la estación —dijo el hombre. Ella le sonrió.
—De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.
El recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
—Me siento muy bien —dijo ella—. No me pasa nada. Me siento muy bien.

Ernest Hemingway

sábado, 11 de octubre de 2008

Descubrir la muerte




Mónica Tresaco. Así se llamaba la división perdida del ENAM para mí.
Sin embargo, nunca le había visto la cara. Apenas si me había atrevido a imaginarla en la mirada pícara de su hermana Claudia.
En aquellos tiempos de silencio y miedo, de comentarios a media voz, no daba para hablar de desapariciones ni de división perdida. Apenas los murmullos en torno al dolor de esa familia por la hija que ya no estaba.
Mientras tanto, la vida seguía. Parecía que estábamos obligados a que transcurriera así, en silencio, de espaldas a las desapariciones. Al costado del hall de entrada, Buchi en la dirección. Al fondo del pasillo de Las Heras, el padre de Mónica al frente del buffet. En mi aula, Claudia detrás de su flequillo.
Hoy, luego de mirar una y otra vez las fotos del edificio de Las Heras y Manuel Castro que nos envía Angel desde su casilla, sentí más ganas de ver paredes que caras. Al encontrarme con la división perdida caí en cuenta que nunca había visto la cara de Mónica y descendí con el cursor hasta que llegué a su foto, la última de las 29. Es curioso. Aunque la foto es borrosa esa cara parece plena de determinación. Tal vez sean los labios, entreabiertos con rigor. O los ojos, que por las sombras de la toma no se ven, pero sin embargo miran y desnudan. En el sitio están todas las fotos, cada una con su más o menos breve relato, desapariciones de las Tres A y de la dictadura.
Mis cinco años en el ENAM transcurrieron entre las primeras y las últimas desapariciones, del 75 al 79. El Nilo crecía y la agricultura nacía en Egipto desde la voz de Tawsend sobre su limo. Con Sajur leí “Los funerales de la Mama Grande”. Con Teresita Russiani, “Alrededor de la Jaula”. Desde tercero empecé a sentir que el mundo y su sentido eran las aulas, el patio y cada una de sus voces. Después, como todos o casi todos, me fui de ahí. Me fui a pesar de las lágrimas sobre Canción para mi muerte. Me fui y seguí mi camino sin que me quedaran de la escuela más que amores imposibles, poesías mal escritas y amigos y compañeros más o menos perdidos.
Desde hace muchos años arrastro preguntas cuya respuesta no terminaba de encontrar.
¿Por qué esos años de silencios obligados fueron tan determinantes en mi vida? ¿Cómo es que aun sigo convencido que si a alguien debo intentar mantenerme fiel, es al que fui en esos años?
Tal vez la respuesta está en algo que dijo el escritor Francisco Umbral: “aquí fue mi descubrimiento de la muerte, que es siempre adolescente, ya que en la adolescencia la descubrimos, la conocemos, aprendemos su nombre”.
Es eso. Es lo que siento, lo que me digo cuando abro la tapa de Sinfonía Adolescente, el CD de Charly con tapa de vinilo, y repaso la letra de El chico y yo como cuando me encerraba frente al Winco y me aprendía una a una las letras en las tapas de los viejos discos de Sui Generis.
Un adolescente frente al descubrimiento de la muerte. Puede que esa respuesta sirva para todos los adolescentes de todos los tiempos. Pero en aquellos años, era bastante más que una revelación existencial. La muerte era la pared de sonido detrás de cada paso que dábamos, de cada mirada, de cada tontería, de cada descubrimiento. Era de muerte el sonido de aquel silencio.
A mis cuarenta y siete, con mi pretensión intacta de ser adolescente por siempre, a las dos de la madrugada, mientras en casa todos duermen, frente a la pantalla vuelvo una y otra vez a la mirada siempre adolescente de Mónica y me pregunto si aun soy capaz de mirar así.
Monica Tresaco murió al poco tiempo de aprender el nombre de la muerte. “No me interpretes mal, me gusta este momento, pero pronto desaparecerá”, parece que cantaran sus ojos.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Dick Bolaño

Bolaño escribió mucho
de países perdidos y sueños ganados
de Gabriela Mistral
reverenciada por hormigas africanas
de Philip Dick
en la estación nuclear
-¿buscando prematuro a su perdida gemela?-
de Macedonio
nube sin nariz y sin orejas
de Vallejo
en alas encendidas como llamas,
mucho de lo mucho que leyó.

En alguno de sus "soñé" puede que haya escrito hasta muerto.

Bolaño escribió mucho
y mucho de lo mucho
no te cambia la respiración.
Pero como hubo un tiempo en que no creció
no tardas en convertirte
en su perro romántico
y tu espalda
se descubre recostada
contra uno de lo muros
de la estación nuclear
de la Ciudad Vieja.

Bolaño escribió mucho
y aunque no sé si presintió
que Europa y sus viejas estaciones
despreocupadas del fantasma de Sthendal
volverían a la era del carbón,
en verdad eso no importa
porque ni siquiera puede regresar a Chile
a despedirse otra vez
de su Hemisferio ante Nicanor.

En alguno de sus "soñé" puede que haya escrito hasta muerto
pero ahora, que está muerto, ya no puede soñarlo.

Leí que alguien dijo que es mucho mejor
leer que escribir.
Creo que leer sin poder escribir
es una buena manera de imaginar el infierno.
Pero no hay cielo ni infierno ni Bolaño
ni remedo de él soñando una partida de ajedrez
ni teofanías que consigan devolvernos
un haz de su ojos reflejado en el río.
Apenas la ilusión antojadiza
De que tal vez por accidente
Alguna vez nos pensó
Con replicante cara de pepe
y tira de humano perdedor.

Miento que mi ordenador es una oveja eléctrica que lo sueña.

viernes, 19 de septiembre de 2008

¿Qué hacemos ante el crecimiento de la mortalidad infantil?


¿Nos tomamos en serio el problema de la mortalidad infantil o la reducimos dándole el manejo de las cifras a Moreno?
“Tenemos un sistema de salud fragmentado, que no cubre las necesidades de la gente. Los pacientes acuden a la atención primaria y después no se los puede derivar al hospital o llegan en un estado de gravedad que hace muy difícil su atención”.
¿La salud pública debe tener médicos mal pagos para poner a prueba su vocación?
“Las muertes afectaron en mayor medida a niños de más de 28 días, donde la tasa asciende a 17.5% y las causas radican en las precarias condiciones de vida. En estas edades, las patologías infecciosas representaron un 29 %, fundamentalmente las Infecciones Respiratorias Agudas (más 45 %), las septicemias (más 90 %) y la aparición de casos de tos ferina. Luego aparecen las malformaciones congénitas con unos 17 %, seguidas por otras enfermedades del aparato respiratorio, muerte súbita y causas externas”.
¿Tenemos conciencia que quienes conducen las políticas de salud no tienen conciencia ni control acerca de cómo funciona el sistema de atención primaria de la salud?
“Las defunciones de los niños de hasta 27 días (neonatales) están relacionadas con el embarazo, las condiciones de salud de la madre, el parto y la atención del recién nacido. Las causas se deben, un 66 % a trastornos respiratorios y cardio-vasculares, prematurez, bajo peso al nacer e infecciones del período perinatal; y un 24% a malformaciones congénitas”.
¿Sabemos que los únicos abortos punibles son los de las pibas que no tienen plata para pagarse un aborto bien hecho?
“Existen varios factores que acompañan las causas del aumento de mortalidad infantilen el conurbano bonaerense, como ser: el deterioro salarial y las pésimas condiciones laborales que se encuentran los trabajadores de la salud, el estado en los que se encuentran los establecimientos sanitarios; la falta de insumos y equipamiento en los hospitales”.
¿Creemos, como Chiche Duhalde, que esto sólo se arregla con un plan alimentario que reparta leche y huevos?


El fracaso de la 125 y la incertidumbre respecto de los hospitales que se iban a construir con esos fondos encierran una verdad a medias. Es verdad que se vio truncada una medida redistributiva, pero también es cierto que cuando se lanzó la resolución nadie pensó en hospitales y esa alternativa apareció como parte del conflicto desatado con las organizaciones del campo. Es casi cínico decir que como no se pudo, la construcción de hospitales pasa al mediano o largo plazo. Cuesta creer que haya problema más urgente que ese.
No se trata sólo de generar nuevos recursos para reducir la mortalidad, que es necesario, sino también utilizar mejor los disponibles. Los expertos coinciden en que Argentina no tiene los indicadores que corresponderían a su nivel de desarrollo económico social, no sólo por la redistribución inequitativa de la riqueza, sino también por la ineficiencia del sistema de salud.
Mientras las experiencias canadiense, cubana o chilena demuestran que los sistemas únicos funcionan mejor, el nuestro es un sistema fragmentado en el que las responsabilidades no están adecuadamente delimitadas.
¿Cuáles son las medidas propuestas? Además de sus especulaciones acerca del frío, Graciela Ocaña señaló que se intentará vacunar a más de 500 mil niños fuera del sistema. Zin enarboló una iniciativa de médicos territoriales, hasta ahora de lentísima implementación. También estableció la gratuidad de la vacuna contra la gripe, y el compromiso de reunirse cada dos meses con los secretarios de salud municipales. No parece mucho a la hora de las propuestas.
De nuestros ministros, de los ministros de nuestro gobierno, del gobierno por el cual militamos a diario, pretendemos que nos convoque a sostener políticas para afrontar nuestros problemas prioritarios, y no que hagan piruetas frente a los periodistas reconociendo la realidad a regañadientes o especulando con que la mortalidad se puede reducir si hace menos frío.



Muertes en El Impenetrable
La muerte de Ramón García Chietenek
Don Ramón nació el 2 de febrero de 1930. De adulto enfermó de tuberculosis, arrastrando una aguda y persisten-te desnutrición asociada a esta enfermedad. Fue perdiendo la vista producto de la endemia del glaucoma que había contraído cuando vivía en el paraje Palma Sola, que pertenece al municipio de Villa Río Bermejito. Para lograr un mejor tratamiento sanitario fue a vivir en la casa de una de sus hijas, ubicada en el casco urbano de dicha localidad.
El 2 de agosto de 2007 lo visitó un médico; estaba en regular estado de salud, con tos crónica y fiebre; refirió dolores toráxico y presentaba bajo peso; se le diagnosticó bronquitis aguda. El 10 de agosto se lo controló; pre-sentaba un mejor estado general; solicitó asistencia alimentaria. El 12 de noviembre se le recetó medicamentos en el puesto sanitario; tenía mucha tos y catarro, lo que se confirmó durante una visita médica a domicilio que se produjo el 26 de dicho mes. El 21 de diciembre desmejoró; se le sugirió internación para su posterior derivación al hospital de J.J. Castelli, anotándose en historia clínica que los familiares se negaron. Al 27 de diciembre conti-nuó desmejorando, dejándose asentado que los familiares se negaban a su internación en el hospital de Castelli. Falleció a las 15:00 horas de ese día.

El fallecimiento de Ramiro Radanes Chávez
Ramiro nació el 12 de noviembre de 2007; pesó 4 kilos. Su mamá Norma Saravia era ama de casa; su papá Celes-tino Chávez era jornalero. Vivían en Fortín Lavalle. El hogar estaba integrado por siete personas. Vivían con sus necesidades básicas totalmente insatisfechas. La casa no contaba con agua ni comida.
Cuando tenía 24 días de vida pesaba 4,450 kilogramos; se alimentaba a pecho. Durante la tarde del día 29 de diciembre se produjo el fallecimiento de Ramiro. Había vomitado durante tres días. Como había llovido, apenas pudieron llegar a la pioxoná [médica indígena] del Paraje El Canal; cursaba una aguda deshidratación.
Falló el sistema sanitario porque no se efectuaron controles a Ramiro desde su nacimiento. Este fallecimiento evitable demuestra que no existe atención primaria de la salud en el sistema público chaqueño.-

La muerte de Gladis Alegre
Gladis nació el 1º de marzo de 1990. Ingresó enferma al puesto sanitario de Villa Río Bermejito el 11 de enero de este año. Fue trasladada en ambulancia. Ingresó con fuertes vómitos. Sus familiares relataron que el día anterior había comido carne en mal estado. En primer término, recurrieron a la pioxoná del paraje El Canal.
Ingresó grave al puesto sanitario, con taquicardia, muy dolorida, con presunto abdomen agudo, anemia aguda y dificultades respiratorias. Por la gravedad de la paciente, se dispuso su derivación al Hospital 4 de Junio de Sáenz Peña, con evaluación y compensación en el Hospital Güemes de J.J.Castelli, lo que se produjo a las 20:30 horas. Gladis fue evaluada por el médico de guardia de este hospital, quién de urgencia solicitó estudios de laboratorio para su posterior derivación a Sáenz Peña. Falleció poco después. La comunicación por radio se recibió a las 21:00 horas.
Gladis Alegre estaba embarazada; así lo corroboró el gravindex positivo que le efectuaron en el hospital de Castelli, de manera que murieron dos seres humanos. Fracasaba nuevamente el sistema socio-sanitario chaqueño.

El fallecimiento de Yoana Mabel Suarez
Falleció el 17 de enero de este año, cuando tenía 17 años. También había recurrido a la pioxoná del Paraje El Canal. Como no logró mejorar, se pidió su traslado por ambulancia al puesto sanitario de Villa Río Bermejito, que lamentablemente demoró en llegar. Cuando pudieron trasladarla, falleció en el trayecto.
Sus familiares refirieron que estaba enferma hacía siete meses; que no sabían que enfermedad arrastraba. Tenía la cara y el cuello llenos de granos. Hasta ahora desconocen la causa de la muerte, como casi siempre ocurre en las comunidades indígenas. Este caso ratifica la inexistencia de atención primaria de la salud.

La muerte de Octavio Díaz
El fallecimiento de este niño se produjo el 21 de enero, cuando tenía 18 meses de vida. Era hijo de Gladis Alegre, quién había fallecido embarazada nueve días antes, en circunstancias evitables. Sus familiares contaron que falle-ció en el regazo de su papá, en el rancho donde vivía la familia, ubicado en el Lote 39, dependiente de la Munici-palidad de Villa Río Bermejito.
En el puesto sanitario informaron a los familiares que el niño falleció de muerte súbita. En realidad, todavía no saben de que murió Octavio. Otro rotundo fracaso del sistema sanitario que no comprendió, no accionó ni reac-cionó ante los defectos devastadores de los fallecimientos múltiples en una familia indígena.

Falleció Petiso
Se conoció la muerte de un niño de 9 años, que perteneció a la familia Petiso, del paraje Paso Sosa, ubicado en el interfluvio. El niño era hijo de Pedro Petiso; se enfermó hace 20 días. Terminó por fallecer en Resistencia de meningitis tuberculosa. El día sábado 26 no se pudo trasladar el cuerpo hasta el paraje donde vivía porque la lluvia tornó intransitables las picadas.

La muerte de Mabel
El martes 29 se conoció el fallecimiento de Mabel González, quién vivía en Fortín Lavalle. Tenía 27 años. El desenlace aparentemente se produjo como consecuencia de un aborto clandestino, una de las causas muy frecuentes y repetidas de muertes; otro flagelo que azota a las mujeres. Mabel acarreaba severa secuelas de tuberculosis, que potenciaron el desenlace.

jueves, 11 de septiembre de 2008

La norma, do Japao


Tercera norma, tercera posición. Dicen que Clarín quiere la norma americana. Que Telefónica, la europea. Pero de la mano de Brasil, vamos por la norma japonesa, al tiempo que decidimos abandonar el dólar para el comercio recíproco. Otro paso más en la complicada tarea de construir un camino propio. Tercera norma. Do Japao.

Do Japão
Quero uma máquina de filmar sonhos
Pra registrar nas noites de verão
Meu corpo astral leve, feliz, risonho
Voando alto como um gavião
Que filme dentro de minha cabeça
Todo pensamento raro que eu mereça
Toda ilusão a cores que apareça
Toda beleza de sonhar em vão
Do Japão
Quero também um trem-bala-de-coco
Pra atravessar túneis do dissabor
Quero um microcomputador barroco
Que seja louco e desprograme a dor
Visitar um templo zen-desbundista
Conversar com um samurai futurista
Que me dê pistas sobre o sol-nascente
Que me oriente sobre o novo amor
Do Japão
Quero uma gueixa que em poucos minutos
Da minha queixa faça uma paixão
Descubra novos sentimentos brutos
E, enfeitiçada, tome um avião
E a gente vá viver num outro mundo
Pra lá do Terceiro ou Quarto ou Quinto Mundo
Onde a rainha seja uma açucena
E a divindade, a pena do pavão.
. Gilberto Gil

miércoles, 3 de septiembre de 2008

París

“Nuestros hijos se acordarán, Nuestros hijos se acordarán...”
Con el pago al Club de París:
-ejercemos la iniciativa;
-sorprendemos;
-reconocemos debilidad surgida de factores externos y torpezas propias;
-nos van a dar una palmadita de reconocimiento y nos van a seguir corriendo la zanahoria para pedirnos más;
-cedemos a una concepción más “lulista” de nuestro “populismo”;
-seguimos desnudando la fragilidad de la oposición;
-nos paramos sobre “lo que somos” y nos seguimos alejando “de lo que podríamos” o “de lo que deberíamos” ser.
Es posible que ya no tenga sentido recitar las cosas que hicimos y que no hicimos para llegar al momento de tener necesidad de tomar la decisión –que hasta probablemente es acertada- de pagarle al Club de París.

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En tanto, ya que Moreno sigue:
-¿no podrá pedirle a don Alfredo Coto –aunque sea de rodillas- que no se acaben tan rápido el pan y los tomates “del gobierno”?
Eso sí, hay que reconocerlo, no nos corrieron con la vaina, no nos obligaron a cambiarlo. Al fin y al cabo, él es parte de nuestras reservas morales- o ideológicas, o doctrinarias-, que son más importantes que las otras. Mientras, ganamos tiempo y nos seguimos reagrupando. Tanto, que desde el Movimiento Evita vamos a pelear la interna del PJ. O no. O amagamos pelearla. O sí, pero no nos aceptan nuevos afiliados y nos semiproscriben. ¿Sumaremos a algún descontento en nuestra lista? Nos mandó Néstor. No nos mandó. Es una jugada genial. Es una pelotudez. Nos posicionamos. Quedamos en evidencia. Jugamos en serio. En serio que nos pasan a valores. Es un gesto. Es una mueca. Es un salto cualitativo. Es un salto al vacío. ¿Alguna lectura posible más? Emilio, muchachos: ¡manden fichas!

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La inflación no es como la pintan ni como la mentimos. El desaceleramiento tarda más en llegar de lo que pronostican. Casi cercados por la necesidad, empezamos a hilvanar algunos aciertos. Y el enano pitoniso bonaerense –que también evalúa qué hacer con la interna del PJ- no puede con el rencor, lanza profecías y apura los pasos de su retorno. Tal vez tengan razón los que creen que como rival nos da más de lo que nos quita. Pero no confiemos en que pueda alcanzarnos con eso. Repasemos nuestros módicos aciertos, recordemos qué hicimos y con quiénes para conseguirlos. Y tratemos de no creer que los clásicos gestos de demostración de poder son el único lenguaje posible de la política.

sábado, 16 de agosto de 2008

La primera vuelta al sol


Duerme. Es la primera noche de su segunda vuelta al sol y duerme. Encontró el sueño sobre mi hombro, como casi todas las noches. Primero se arrulló mientras yo le palmeaba la espalda, luego me dejó a solas con su respiración y la certeza de sus pestañas rendidas a sus mejillas. Lo acosté en la cuna, se acurrucó boca abajo, le cubrí los pies descalzos con la sábana y vine a la PC. Me pregunto que sueña. Me pregunto si cuando ríe dormido están nuestras caras, o la de Malena. Me pregunto qué soñamos al nacer, si hay imágenes que traemos del fondo de los tiempos, si su sueño es el río en el que le mojé los pies. Un año. El 22 de setiembre cumplo cuarenta y siete, pero ya no cuento así mi tiempo en esta vida. Cada 15 de agosto se cumple un año de la llegada de Felipe. Un nuevo principio. Cuando le empezamos a cantar su primer feliz cumpleaños nos miró con perpleja alegría. Luego que lo aplaudimos, arrugó la nariz, encendió su sonrisa de encías rosadas y nos aplaudió. En este año que pasó tuve tiempo para llevarlo y traerlo por la ruta, para salir a pasear con él por las tardes, para ir juntos de compras, para darle mamaderas, yogures, papilla y sopas de municiones, para esperar la tarde serena y cálida en que se mojó en el mar, para inventarnos siestas sobre mi hombro, para sacarnos mil fotos, para llevarlo a casa de su abuela de sus tías, para ver en los ojos de Mariana la alegría de su presencia por encima de todas las tristezas y temores, para aprender juntos a Juanita, para pedirle “solo, solo” y verlo aplaudirse feliz por poder mantenerse erguido sin otro apoyo que sus pequeños pies. ¿En qué me gastaba las horas cuando él no estaba? ¿Dónde estaba todo este tiempo, si no había día en que no sintiera que las horas no me alcanzaban, en que no creyera que siempre me quedaban hojas sin llenar? Si no hago todo, hago casi todo lo que hacía. A veces me asombra la cantidad de rincones que caben en las horas de estos nuevos días. Padre a los cuarenta y seis. Ya casi no pienso que debió ser antes. Es ahora, son estas líneas que subiré al blog, es la madrugada en que Felipe, Juana y Mariana duermen y yo me quedo frente al monitor a pensarlos, a dibujarlos sobre el teclado, el padre viejo que este quince de agosto acaba de cumplir su primer año.

viernes, 8 de agosto de 2008

Azúcar amargo


Consenso. Provincia por provincia. Con los brazos abiertos. Poniendo en marcha caminos, represas, fábricas de motos, gasoductos. Quitándole excusas a los ruralistas. Recuperando el centro de escena con naturalidad, sonriendo sin perder la firmeza, desde la misma identidad. Pateando el tablero en Doha. Juntando a Chávez con Lula. Bancando a Evo. ¡Ah, sí todo fuera así! ¿La partida de Sbatella es el certificado de eternidad de Moreno? ¿Seguiremos metiendo los garfios en las famosas estadísticas que nadie nos cree? ¿Qué controla el señor que controla? ¿Peló alguna vez papas de las de 1,40? ¿Tiene algún secreto para no encontrar vacía la canasta del pan barato en Coto o tomates al precio sugerido del gobierno? ¿Y el crédito? ¿Saben que los propios empleados del Provincia desaconsejan sacar un hipotecario?

Nunca antes tuve un gobierno del que pudiera decir "éste es mi gobierno". Ahora sí puedo. Pero no creo que sea una liberalidad no dejarse guardado en el bolsillo ni un pero. Frente a lo que no nos gusta, la peor elección es el silencio. Que haya lugar para todas las voces, y no sólo cuando hay que ir a hacer el aguante a la plaza.

sábado, 2 de agosto de 2008

El empecinado*


“Empecinado, busca lo sublime en lo cotidiano” .
J.M. Serrat


Convocar una conferencia de prensa para… ¿convocar una conferencia de prensa? ¿Cuál fue el para qué de la conferencia de prensa en Olivos? Descartemos de antemano una razón meneada en la previa por algunos medios: no fue una conferencia de prensa para hacer anuncios ni para ofrecer novedades.
Entonces, ¿qué?
Una respuesta posible es “para mostrar un gesto distinto en la comunicación con los medios y con la sociedad”. El propio Clarín resaltó el tono distendido.
Otra: disputarle el minuto a minuto o las primeras planas al acto de la Rural. Sí así fue, tuvo más tino que el acto en la Plaza de los dos Congresos.
Si ambas razones pesaron, tenemos una mezcla de acción y reacción. Un nuevo gesto, en un momento oportuno para no quedar en silencio frente al ataque desde la Rural.
Otra más: para reafirmar no sólo el rumbo, sino la identidad política del proyecto presidencial, incluso más allá de lo que muchos adherentes al gobierno creen necesario. No nos imponen la agenda, no nos arrancan renuncias, no es tan mentira la mentira del INDEC, no nos arrepentimos de haber dado el debate por las retenciones, reafirmamos la lucha por la redistribución, seguimos construyendo la agenda del bicentenario. Metamensaje: estamos de pie y van a necesitar mucho más que esto para arriarnos.
Juntemos las tres: una actitud diferente para comunicar, no ceder el centro de la escena, reafirmar el camino y la identidad hasta el límite del empecinamiento.
¿Está mal? No necesariamente. Más de una vez hubo que reconocer mérito a ese empecinamiento de los Kirchner (ante los militares, con la deuda externa o frente al duhaldismo, para citar tres ejemplos). Resulta difícil imaginar que una causa justa pueda abrazarse con éxito sin una buena dosis de empecinamiento. El problema es cuando nos empecinamos en un mal atajo o en una mentira –aun cuando una razón supuestamente altruista subyaga a esa mentira o sea la excusa del mal atajo-. Ahí el empecinamiento nos desfigura y empieza a proyectar sombras sobre todo lo que hacemos.
Ayer nomás, Pasquini Durán pasaba revista a una agenda de gobierno cuyos temas “carecen del glamour de un conflicto, así no sea tan áspero como el cuatrimestre “del campo”, pero tienen la virtud de ser parte de la agenda de un país “normal”, lo cual no es sinónimo de bucólico o adormecido, que no está libre de conflictos y protestas, como las de Córdoba, que tiene una vida política intensa y hasta atormentada por sus pujas y competencias en busca del apoyo ciudadano, pero que sostiene en el subibaja de sus pleitos la libertad y la democracia como un valor compartido y estable”. Entonces, ¿para qué nublar esa agenda con el caro precio de sostener índices que no son verdad y malos atajos como permitirle a quien debe controlar la suba de precios que meta el dedo en los mecanismos que, en definitiva, miden el acierto o el fracaso de su tarea? ¿Quién dijo que desandar esos empecinamientos es muestra de debilidad? Antes de Juan Martín Diez, el empecinado que retrataran Goya y Machado, esa palabra no significaba lo que ahora significa. Tan testarudo estuvo el tal Diez en luchar contra la invasión napoleónica y en defender la Constitución de 1812 contra Fernando VII, que su pecina tiñó a su testadurez y su testadurez a su pecina hasta que la palabra empecinado nació. Como se ve, para que naciera hizo falta una buena razón. El empecinado no hubiera sido tal si se hubiera puesto a insistir caprichosamente en lo falso o en lo vano.


*Imagen: El empecinado, de Goya.

domingo, 27 de julio de 2008

Malena y las antorchas


Fui sin ganas, como muchos de los que estuvimos allí. Antorchas del 26 de julio. Antorchas por la avenida Independencia. Antorchas hasta el viejo edificio clavado en medio de la avenida más ancha. Antorchas en el espacio en que alguna vez el renunciamiento hizo aladelta. Cansados, confundidos, algo descolocados, el fuego no alcanzó para despabilarnos. Sábado a la tarde en la ciudad, los turistas disparan sus flashes, los tacheros no terminan de creer que también ese día. Se supone que en vez de repetir hasta el cansancio el rito movilizador, alguna vez nos vamos a dar tiempo para mirarnos. ¿El aguante es nuestro territorio exclusivo? ¿Aguantar y tolerar como nos cambian de lugar las excusas? El sábado, Malena estuvo allí. Daban ganas de contar todas las antorchas brillando en sus ojitos de diez años. Las vio, marchó y hasta alzó una en alto. Tal vez mi condición de tío me lleva a exagerar, pero al menos para mí, el asombro de Malena le devolvió el sentido a esa tarde de sábado. Desde la tribuna dijimos que se vienen tiempos difíciles. No bastará para transitarlos que repitamos las ceremonias de siempre.

viernes, 18 de julio de 2008

Más allá de los 30 denarios


Mariano T. dijo...
Ya lo dijo Nestor. Es todo o nada, negociar es para los débiles.
Hubo mil posibilidades de acordar, también podrían haber tomado en cuenta
las modificaciones que planteó felipe, o las de lozano,
podrían habr aceoptado en el senado la prolongación
de las compensaciones más allá de Octubre, etc, etc.
Pero no, es todo o nada.
La verdad nunca vi una derrota política tan merecida.

La cita es uno de los mensajes que le enviaron a Artemio López a su blog rambletamble.
Tal vez el comentario comienza siendo injusto con Néstor. En más de una oportunidad nos demostró que sabe negociar, con el valor agregado de animarse a prolongar la tensión hasta donde la media general no se atrevería.
Incluso en este conflicto, con todos sus desaciertos, no le faltó claridad al ver lo que se venía y al plantarse desde lo que se tenía para resistir y acumular fuerzas. ¡Claro que había que ser duro! Pero eso no excluía negociar ni prohibía la sintonía fina.
Casi todo lo que sigue en el mensaje de Mariano T nos desnuda. No se admitió la posibilidad de acordar, se concedió a regañadientes y frente a lo irremediable –como las modificaciones sucesivas a la resolución- y eso es peor que ceder al negociar.
Se desaprovecharon oportunidades, se cometieron nuevos errores. Hoy agradecemos los nuevos apoyos que hemos cosechado en esta lucha. Si le hubiéramos dado un poco más de libertad a la negociación en diputados creo que hoy tendríamos aun más sectores de este lado y no estaríamos llorando el desempate no deseado.
Pero estamos aquí y todos se preguntan, nosotros mismos nos preguntamos, si seremos capaces de recuperarnos de esta DERROTA (con mayúsculas, porque en algunas declaraciones nuestros voceros dicen que no hubo una DERROTA).
Asumirla, elaborarla, comprender cómo sucedió, ver el panorama que nos deja, despojarnos del enojo y del rencor para sacar conclusiones y elegir caminos. Eso es lo que nos espera.
Claro que podemos quedarnos detenidos en el señalamiento de traidores, encerrarnos en el carocito de acero de los ultraleales. Pero me parece que no habíamos venido a eso. Que nuestra misión era transformar el país y que confiábamos en no repetir los errores del pasado (incluidos los de la etapa fundacional del peronismo, como alguna vez le oí señalar con acierto a Carlos Kunkel). ¿Acaso no lo sigue siendo?
Eso no quiere decir que no sepamos que hubo traiciones.
“Vengo de un partido cuyo día más importante es el de la Lealtad ”, dijo Julio de Vido.. Una frase dura, elocuente, implacable.
Cobos no viene de ese partido. Eso no quiere decir que no pueda reclamársele lealtad. Pero cuando construimos –o concertamos- pluralidades, no nos deberían asombrar las defecciones de los aliados si nos cuesta trabajo sostener la lealtad de los propios. Además de identificar traidores con nombre y apellido, hay que situar las traiciones en el contexto político en que se dieron, para comprenderlas y comprender lo que sigue. A Cobos lo elegimos nosotros como vice. ¿Qué vamos a hacer al respecto? ¿Autoflagelarnos? Seguro que no. Es cierto que tal vez se pudo haber elegido un mejor candidato a vice. Pero no había mucha más arcilla disponible para el armado. Más de una vez hemos señalado las limitaciones de nuestra capacidad de construcción de fuerza propia como para pretender que Kirchner hubiera planteado avances y rupturas más ambiciosas.
Es importante que no perdamos de vista el sentido de nuestra lucha. ¿Estamos para enojarnos o para cumplir con nuestros objetivos? Viene bien que repasemos para qué estamos metidos en esto. Vamos por más participación popular, más trabajo, crecimiento sostenible, mejor distribución de la riqueza. “Vamos por todo”, se nos llena la boca a veces cuando nos levantamos con el ánimo alto. Ahora que nos comimos un cachetazo, todo nos sabe a nada. Mejor concentrémonos en esos objetivos. ¿Alguno es desacertado? Creo que no. ¿Qué necesitamos para encaminarnos hacia ellos, luego de semejante Cancha Rayada?
Respirar hondo todas las veces que haga falta. No renunciar al enojo, pero ponerlo en su justo lugar, en algún rincón en el que no nos nuble las decisiones. Y revisar qué hicimos para llegar al desenlace del rechazo en el Senado. No hablo de las equivocaciones como anécdotas, aunque un par de anécdotas seguramente nos pinten de pies a cabeza. No se nos van a caer los pantalones porque nos pongamos cara a cara con nuestros errores.
¿Nos olvidamos o no nos dimos cuenta que cada vez que la protesta del campo empezaba a debilitarse nosotros la reavivábamos con algún desacierto?
¿Qué hemos hecho, antes y después de la 125, por los campesinos y agricultores que nos han bancado en esta pelea?
¿Pondremos en marcha alguna vez la subsecretaría de agricultura familiar?
¿Todavía no nos convencimos que nos equivocamos si 99 de cada 100 están seguros que truchamos los índices de inflación?
¿La lealtad da chapa para que a uno le banquen cualquier cosa?
¿No hay que ponerle los puntos a algunos ultraleales, si con cada paso que dan nos achican el margen de maniobra?
¿Qué hacemos con los no tan leales, o los que de alguna u otra manera son distintos a nosotros, si advertimos que pueden ser valiosos, que sumarlos o articular con ellos nos amplia la base y el consenso? ¿Continuamos tratándolos mal, seguimos revoleando Felipes por la ventana, los puteamos al oído o a los gritos, los agarramos a trompadas, los ninguneamos o asumimos seriamente que los tenemos que oír y que pueden aportar a nuestra lucha?
Si seguimos teniendo vocación frentista, voluntad de concertar, y seguimos creyendo que hace falta más democracia y más pluralidad, ¿tenemos que pensar como Pichetto, que la concertación no sirve para nada, o tenemos que trabajar por una construcción frentista más sólida y más firme?
¿Creemos que el mundo se va a rendir ante nosotros por el solo empecinamiento o advertimos que para dar pasos importantes debemos construir consensos amplios, capaces de predominar en el sentido común para no sucumbir a los mandobles de nuestros enemigos?
¿Cómo proyectaremos esos consensos sobre la opinión pública? ¿Insistiremos en aquellos comportamientos que reprueba la inmensa mayoría? ¿Lo único que tenemos para presentar ante los sectores medios es enojo? ¿Dónde ponemos la inflación: en los índices o debajo de la alfombra? ¿Qué pintamos en las paredes: Cobos Judas o Aguante Cristina?
Son algunas de las preguntas que tal vez convenga respondernos.
La crisis nos debilitó, pero también nos permitió reconocer mejor nuestras fuerzas y sumar voces que antes nos miraban con vacilación. ¿Nos interesa que eso crezca?
Que la bronca no nos quiebre ni nos nuble la actitud convocante. Vamos con generosidad, retomemos la iniciativa, pongamos la agenda de transformación sobre la mesa, hagámoslo con apertura a lo que otros puedan aportarnos. Permitámonos sonreír desde la alegría de saber que no es por los treinta denarios que estamos dando esta lucha.

martes, 8 de julio de 2008

Beat the drum


Musa es zulú. Musa beats the drum. Musa inicia su viaje con su pequeño tambor, él que le regaló su padre. Va en busca de su tío, después que la “plaga” de SIDA lo dejó huérfano. Un camionero lo levanta en la ruta y lo lleva hasta la ciudad. El dueño de la empresa en la que trabaja ese camionero es un sudafricano blanco que tiene un hijo del que espera lo ayude con su compañía. Pero su hijo está enfermo: la misma plaga que se llevó al padre de Musa. Quedan unos cuantos detalles más de la historia que cuenta esta película. De todos ellos, me quedo en el de la foto del hijo del empresario, cuando niño, cargando su pequeño tambor.
Cuando juega, mi hijo Felipe toca el tambor. Sus manos pequeñas repican sobre la mesa en la que come, sobre el respaldo del sillón, sobre el escritorio, sobre este teclado en el que escribo, contra las paredes. Paula ha prometido que regalará un tambor a su sobrino Felipe. Y yo, que había tomado la promesa con una sonrisa, pero sin darle excesiva importancia, ahora estoy impaciente. Quiero que Felipe tenga su tambor. Quiero seguir repiqueteando mis dedos sobre el teclado. Quiero que los tambores suenen. Beat the drum. Para perder el miedo, para que podamos mirar la verdad a los ojos. Los ojos de Musa, los del niño de la foto, los de Felipe. Muero de ganas de ir a comprarle el tambor mañana mismo, pero la tía Paula no me lo perdonaría nunca. Digo mañana porque ahora es madrugada. Felipe duerme en su cuna, y Juana, sobre el pecho de su madre, con el oído pegado al tambor que oía cuando estaba en su vientre. Yo sé que un tambor no es nada más que eso, y lo más probable es que Felipe se termine aburriendo del regalo de su tía y el tambor termine guardado con otros juguetes viejos. Pero al ver a Musa, a Felipe, a Juana, al niño rubio de la foto, me doy cuenta que una buena manera de estar aquí es hacer que los tambores no dejen de sonar.

domingo, 6 de julio de 2008

Choro de criança


Juana llegó el 26 de junio, con el puente Pueyrredón cortado en memoria de Maxi y Darío y con Gilberto Gil tocando en el festival de jazz de Montreal el día de su cumpleaños 66.
Aunque no parezca al sostenerla, Juana pesó. Fueron 2,845 repartidos en 47 centímetros.
Apenas la sacaron, Juana lloró. La oímos antes de verla cuando en el quirófano descorrieron el velo que la separaba de nuestros ojos. Nosotros que amábamos a Martita lo primero que miramos fue que no se le pareciera y no nos lo reprochamos.
Su apgar fue 9-10 y en tren de pensar mal tal vez ayudó el pequeño corte que le dejó entre la cola y la espalda el bisturí que abrió la panza de su madre.
Lo cierto es que el súbito cambio lo respiró con una pequeña agitación que hizo que por dos horas no la trajeran a la habitación y la monitorearan, aunque sólo de reojo, porque en esas horas habían nacido otros dos bebés con más problemas que la tenue agitación de Juana.
O choro de criança é tudo que se tem em casa, cantó Gilberto Gil. A Juana no le canto esa canción sino una mucha más tonta que reinvento cada vez que llora en mis brazos.
Ahora que la nena preocupada que amo es mamá y que por ella y sus tetas es que Juana ronronea, mientras oigo desde la pieza los ronquidos de Felipe y miro la TV sin mirarla, no me quiero ir a la cama sin antes escribir que este amor necesitaba y a la vez se ganó esta casa tibia de canciones que cantamos para consolar los choros de criança de Felipe y de Juana.

martes, 17 de junio de 2008

Buzzi contracturado



Gira el cuello. Busca el nudo, frente a las cámaras. Está contracturado. Como buen cuervo, me acuerdo del partido con River. Estábamos afuera, con dos jugadores menos. Pero hicimos lo que debíamos. Jugamos a la pelota. Hoy jugamos a la pelota. Hoy nos distendimos, hablamos claro, no nos encerramos, hicimos sentir a todos como parte del equipo (no sólo a los ultraleales). Y hoy -al menos hoy- de nada sirve que De Angeli dé su versión de su encuentro con Néstor. Néstor estaba como Dalesandro en uno de sus intratables días, y la jugada es mucho más linda en su relato que en el de Alfredo.
Hoy no necesitábamos ni karatecas ni espantar a nadie ni ninguna otra gilada. Tal vez porque estábamos en el horno, y era notorio que ninguna de esas pelotudeces iba a salvarnos. Por eso estoy feliz. Y será por eso tal vez, que Buzzi está contracturado.
Mañana haremos un gran acto. Sufriremos un poco, rogando que no se agarren los camioneros y los de la UOCRA. Y nos prepararemos para seguir, porque sabemos que esto recién empieza. Ojalá entendamos que la virtud de estos cien días fue el aguante. Pero que con el aguante no alcanza, y que además hace falta jugar, encarar, disfrutar cuando hacemos circular la pelota. Claro, sin olvidarnos de todos los goles boludos que nos hicieron. No vaya a ser que el día menos pensado nos aparezca un Orión y se ponga a hacer jueguito en el área. Rabonas y tacos, de tres cuartos para adelante y con el equipo bien parado. Ahí es cuando a Buzzi se le traba el cuello.

viernes, 13 de junio de 2008

Perdido




Un relato de Haroldo Conti


El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el, Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidia su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. mientras cruzaba la plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veóa todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un misero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.


Vió al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante. --¡Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.




Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
-¿Cómo va? --Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
--¿Y usted, que tal? --Bien, bien.
--¿La tía?
--Y, bien.....
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
--¿A qué hora sale el tren? --A las ocho y media.
--Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
--No... mejor nos quedamos aquí. ?A dónde vamos a ir? Entre que arriman el tren,y enganchan la. locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
--¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguiercn un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
--¿Cómo se largo hasta aquí?
--Eh!... hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
--Esta parado --dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Saco y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
--¿Que te decía?... oAh, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
--Esta viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
--¿Que tal? ¿Como va eso?--volvió a preguntar con desgano.
--Bien, bien.
--¿Se progresa?
--Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
--Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace mas de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
--¿Para qué sirve? ,
--Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero ésto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
--Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
--Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "¿Cuantos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vió más.
--¿Qué tal todo aquello? --preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
--Igual.
--¿Los muchachos?
--Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
--¿Qué hora es?
--Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
--Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
--Está bien, muchacho. No te molestes.
--Déle saludos a la tía. A todos.
--Gracias, querido. Gracias.



Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
--¿Cuándo vas a ir por allá -preguntó mirando mas bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
--Apenas pueda.
--Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
--Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
--¡Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
--¡Chau, querido, chau! -dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió, seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.

Del libro "Con otra gente", © Centro Editor de América Latina, 1972

miércoles, 11 de junio de 2008

El encuadre constitucional de las retenciones


Dos cuestiones suelen plantearse de manera reiterada en estos días: que el Poder Ejecutivo no tiene facultades para imponer retenciones y que el porcentaje establecido es confiscatorio. El destacado tributarista Arístides Corti las analiza en esta nota que nos permitirá conocer un poco mejor el tema y, si tenemos ganas de abrir la boca, hacerlo con algo más de fundamento.


Sumario: Resulta de rigurosa actualidad, habida cuenta las recientes medidas gubernamentales consistentes en el incremento de las retenciones a la exportación de determinados productos del campo (soja, girasol) y reducción de otros (maíz, trigo, subproductos con valor agregado nacional), referirnos a su encuadre constitucional.



En primer lugar señalamos que estamos frente a impuestos aduaneros a la exportación, regidos por el Código Aduanero (Ley 22.415), y específicamente por la Ley 21.453 (régimen de exportación de productos agrícolas), complementada por la Ley 26.351, y que dichas medidas fueron adoptadas con sustento en los arts. 1 de la Ley 21.453 y 755 del Código Aduanero, en cuanto facultan al Poder Ejecutivo a gravar con derechos de exportación exportaciones para consumo de mercaderías y modificar los ya establecidos.

Se trata de una legislación delegante, cuya política legislativa se encuentra definida por el inc. 2) del artículo 755 de mención, en cuanto delimita la delegación al exclusivo objeto de cumplir con las finalidades allí enumeradas, cuadrando enumerar por su aplicación al caso, las siguientes: a) asegurar el máximo posible de valor agregado en el país con el fin de obtener un adecuado ingreso para el trabajo nacional; b) ejecutar la política monetaria, cambiaria o de comercio exterior; c) promover, proteger o conservar las actividades nacionales productivas de bienes o servicios, así como los recursos naturales, o las especies animales o vegetales; d) estabilizar los precios internos a niveles convenientes o mantener un volumen de oferta adecuado a las necesidades de abastecimiento del mercado interno; e) atender las necesidades de las finanzas públicas.

Ahora bien, dicha legislación delegante fue prorrogada en su vigencia por la Disposición Transitoria Octava de la reforma constitucional de 1994, que prescribe: “La legislación delegada preexistente que no contenga plazo establecido para su ejercicio caducará a los cinco años de la vigencia de esta disposición, excepto aquella que el Congreso de la Nación ratifique expresamente por una nueva ley”. Con arreglo a esta cláusula el Congreso de la Nación prorrogó sucesivamente dicha legislación delegada a través de las leyes 25.145, 25.644, 25.917 y 26.135, esta última hasta el 24 de agosto de 2009.
Estamos frente a un tributo cuyo sujeto pasivo (contribuyente) es el exportador de tales productos y subproductos, y su objeto no es otro que gravar los beneficios extraordinarios o superrentas generados: a) por la política cambiaria y monetaria del gobierno nacional, dirigida a proteger la economía nacional en el marco del proceso de reindustrialización generado a partir de la pesificación, y b) la reversión coyuntural del histórico deterioro de los términos del intercambio (intercambio desigual) provocada por los altos niveles de importación de este tipo de productos por parte –principalmente- de China e India.-

A su vez, el mantenimiento de dichas ganancias extraordinarias -generadas por los referidos factores de política económica interna y contexto externo- se traduciría en un correlativo incremento de los precios del mercado interno en sintonía con los nuevos precios internacionales, con la consiguiente degradación del consumo de las clases populares.

A ello cabe añadir que el proceso de “sojización” de la tierra conduce a su progresivo deterioro como recurso natural estratégico.

Sobre estas bases, las medidas adoptadas procuran desestimular dichas consecuencias nocivas, con arreglo a la política legislativa enunciada en el referido art. 755 del Código Aduanero y una consistente doctrina constitucional de la Corte Argentina en punto a que el poder tributario no tiene una exclusiva función recaudatoria sino también otra de índole extrafiscal, dirigida a planificar y/o regular la economía nacional con vistas a un desarrollo pleno y justo de las fuerzas productivas (“Fallos” 243:98 y 289:443 y 508).

En orden a este gravamen se han efectuado dos órdenes de cuestionamientos: uno, desde la perspectiva de la supuesta confiscatoriedad del gravamen, y otro, en torno al principio de legalidad tributaria.

Acerca de la confiscatoriedad
Al respecto, la jurisprudencia de la Corte (cfr. el segundo de los fallos citados, “Montarcé”, sentencia del 27/9/74) precisó que dicha tacha (referida a que “determinados impuestos, en la medida que exceden el 33% de su base imponible afectan la garantía de la propiedad, por confiscatorios”) no es aplicable cuando el poder tributario instituye gravámenes con finalidades disuasivas y como “instrumento de regulación económica que a veces linda con el poder de policía y sirve a la política económica del Estado en la medida que corresponde a las exigencias del bien general cuya satisfacción ha sido prevista en la ley fundamental como uno de los objetos del poder impositivo” y ser ello, además, porque “en este aspecto las manifestaciones actuales de ese poder convergen hacia la finalidad primaria, y ciertamente extrafiscal, de impulsar un desarrollo pleno y justo de las fuerzas económicas” (con remisión al primero de los antecedentes precitados).

A lo que cabe añadir que la confiscatoriedad resulta una cuestión de hecho y prueba que en las actuales circunstancias no se exhibe viable, a poco que se comparen los precios internacionales (v.gr. de la soja) de octubre de 2007 con los actuales, y los ingresos netos de retenciones entre ambas fechas. A este respecto nos remitimos a los datos suministrados por David Cufré, “Página 12” del 27/3/08, en orden a que en octubre pasado el precio internacional del cereal era de dólares 356 la tn. y los ingresos netos –previo pago de las retenciones- eran representativos de dólares 231,4 la tn., en tanto que a la fecha de la Resolución Nº 125/2008 el precio internacional ascendió a dólares 470 la tn. y previa detracción de las retenciones incrementadas, los ingresos -netos de las mismas- habrían ascendido a dólares 282 la tn., en lugar de dólares 231,4.

Acerca del principio de legalidad
La legislación delegante (Código Aduanero) se encuentra ratificada en su vigencia hasta el 24 de agosto de 2009 por la ley 26.135.

No advertimos se verifique en la especie un fenómeno de deslegalización, sino de delegación (en términos de delegación impropia) en la medida en que el art. 755 del referido código define la política legislativa en términos precisos respecto del objeto y finalidades de este tipo de gravámenes, de contornos ciertamente coyunturales y sujetos a las circunstancias imperantes en cada momento.

Ello sentado, entendemos que dicha delegación legislativa debe ser asumida por el Poder Ejecutivo Nacional (PEN) bajo la forma de un decreto de integración o delegado suscripto por la titular del mismo y el refrendo del Jefe de Gabinete de Ministros, como lo establecen los arts. 1 de la ley 26.135 y 100 inc. 12 de la Constitución Nacional. Ello, desde una perspectiva estrictamente formalista de la Constitución ya que es de público y notorio que la titular del PEN, a través de sus sucesivos comportamientos factuales, ha ratificado las aludidas resoluciones ministeriales.

Finalmente, teniendo en cuenta que los contribuyentes del gravamen en cuestión son empresas de naturaleza oligopólica con posibilidades reales de transferir la carga tributaria (por vía de retrotraslación) a los pequeños y medianos productores reduciéndoles el precio de compra a los mismos, se considera atinada su complementación con una política de gasto público que direccione parte de su recaudación a asistir a dichos productores, a fin de que recompongan la utilidad mermada por la aludida retrotraslación, y, a su vez, puedan reconstruir su capital de trabajo para recuperar la explotación de sus tierras y/o rotar los cultivos a fin de preservar dicho recurso estratégico del país, actualmente afectado por la creciente “sojización”.

Este direccionamiento, además, debería complementarse con la asignación de los fondos recaudados a promover políticas diferenciadas que “tiendan a equilibrar el desigual desarrollo relativo de las Provincias” (art. 75 inc. 19, Constitución Nacional, cláusula del desarrollo humano, o lo que es igual, “progreso económico con justicia social”).

* Arístides Horacio M. Corti
Abogado especializado en derecho tributario. Profesor titular consulto de la Facultad de Derecho (UBA). Miembro titular de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Legislativos de la FACA y del Tribunal de Enjuiciamiento del Ministerio Público Federal. Presidente del Centro de Estudios Tributarios para América Latina. Secretario de la CSJN (1974/6). Vicepresidente del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal (1996/8). Consejero del Consejo de la Magistratura de la Cdad. Autónoma de Bs. As (1998/9) y Vicepresidente de la AABA (2006/7).

Rubén Amílcar Calvo
Abogado especializado en derecho tributario. Profesor adjunto de Finanzas Públicas y Derecho Constitucional Económico (UBA). Secretario del Consejo Directivo del Centro de Estudios Tributarios para América Latina (CETAL). Ex Secretario Letrado del Tribunal Fiscal de la Nación. Autor de trabajos en la materia.

martes, 10 de junio de 2008

Charly y el mito de la eternidad


¿Importa leer, importa escuchar, importa mirar y tratar de aprender? Cada vez más el imperativo es mirar -o salir en la- TV y, por supuesto, opinar. ¿Opinar qué? Lo que se puede opinar, lo que con muy pocas variantes, opinan todos. Multitudes se entregan mansas a la manipulación del consentimiento, al único debate permitido, a reiterar los tics de la indignación a medias, el escándalo planificado, la solidaridad impostada.

Con muchos de los grandes artistas vemos como esos lugares comunes se repiten. Por ejemplo, no respetar que crezcan y envejezcan, o pretender que lo hagan dentro del menú de lo tolerado. García da un concierto. Un buen concierto. Luego, el escándalo que gana su cuarto de hora en los medios. No importa el buen concierto. Del músico, lo que menos importa es la música. De la música, el comentario repetido: "dejo un conjunto de canciones inolvidables antes que iniciara su decadencia". Esta forma de ver el arte, los artistas, el mundo, no nos brinda nada. Es mentira que esas sean las mejores canciones. Es mentira que su arte se haya terminado ahí. No sólo hay más música en Influencia, Tu Vicio, Dileando, Asesíname, No Importa o Pastillas (para citar algunos temas de los últimos años) sino que su música no paro de crecer y su búsqueda musical no se detuvo nunca.

Algo parecido pasaba con Marlon Brando, otro talentoso en problemas. Ya estaba en sus ochenta años y todavía había multitudes de tarados que se quejaban de que ya "no era el mismo", como si fuera posible detener el tiempo en Un tranvía llamado deseo o en El Padrino. Como si engordar, envejecer o irse a vivir a una isla terminara con el talento. Una lógica que los priva, por ejemplo, de Brando en Don Juan de Marco, para poner sólo un ejemplo. Esto no significa ignorar que la vida que cada uno lleva va dejando marcas o pretender que el talento vive en una cajita de cristal infranqueable para cualquier desgracia. Cuando García estaba muy mal -vaya a saber si tanto como ahora- Mercedes Sosa lo llevó a Cosquín, lo ayudó a ponerse de pie y después de eso hicieron un disco increíble, por los arreglos de García y por el arte conque la Negra puso la voz en cada tema. Se supone que Filosofía Barata es el primer disco post "época dorada" de García. Su versión del Himno, por ende, es parte de la decadencia. También Tango 4, La hija de la lágrima o Say No More, para citar algunos. ¿Cuchillos o Canciones de Jirafas son intervalos lúcidos en el naufragio? Así ven las cosas, así ponen sus caras de circunstancia, así dictan sus veredictos acerca de lo que desconocen, de lo que miran de reojo, de lo que espían.

Se lamentan, se conmiseran, se conmueven, se decepcionan. Es mentira.



Víctima
Víctima de soledad
víctima de un mal extraño
mi corazón se ha partido en dos.
¿Quién te ha visto y quién te ve?
Quién te ama te hace daño
mi corazón se ha partido en dos.
Veo esa sangre en la pared
iluminó mi ser
algo va a caer
veo tu sombra y ya no sé
ya no sé qué hacer
algo va a caer
Víctima de libertad
víctima de un sol extraño
¡Oh! Mi corazón se ha partido en dos
cuando todos van a verc
uando va a nacer
todo va a caer
tengo que salir y volver
desaparecer
y alguien va a caer
víctima de libertad
víctima de soledadvíctima de soledad
víctima de soledad.

lunes, 9 de junio de 2008

Llegó Aniceto


Se vino Aniceto (espiemos en www.anicetodefavio.com.ar )
Pasaron nueve años desde que Leonardo Favio dio a conocer su última película –la monumental Perón, sinfonía de un sentimiento (1999), que tuvo una difusión marginal–, y casi quince sin comunicarse de manera directa con el público, si se tiene en cuenta que Gatica, el mono (1993) fue la última vez que llegó a las salas de cine. De todas las historias que rondan por mi cabeza, siempre retorno a la del Aniceto", dice la voz de Favio, a pocos segundos de comenzada la película. El agua amarronada corre por las acequias reflejando un sol y un cielo que, se intuye, no son otra cosa que un apropiado juego de luces cuidadosamente diseñado dentro de un set. Favio ha decidido volver a su clásico de 1966, El romance del Aniceto y la Francisca, de una manera inusual. Su Aniceto es una versión en estudios, mezcla de ballet cinematográfico con reinterpretación estética de su película.
Es la historia de un tal Aniceto (el bailarín Hernán Piquín en el rol que hizo famoso Federico Luppi), un compadrito dueño de un gallo de riña blanco con el que se gana la vida, que conoce a Francisca (Natalia Pelayo, en el papel de Elsa Daniel), una buena chica de pueblo, con la que empieza una relación amorosa. Francisca le cocina, lo cuida y lo espera a un Aniceto cada vez más distante y dedicado a hacer pelear a su gallo hasta que un día él se cruza miradas con Lucía (Alejandra Baldoni, María Vaner en la original). Raudo, Aniceto despacha a Francisca y se obsesiona con la esquiva Lucía. Obviamente, la elección probará ser complicada ya que la morocha no es "una mina sencilla" y enredará a Aniceto en problemas.
La historia no ha cambiado demasiado, pero sí se ha alterado es la puesta en escena. La original duraba poco más de una hora y ésta, con media hora más, utiliza ese tiempo para expresar las pasiones, tensiones y sufrimientos de los protagonistas a través de una serie de bailes musicalizados en su mayoría por Iván Wyszogrod (más un Chopin, por Miguel Angel Estrella).
Aniceto –desde su condición de ballet– viene a expresar un momento de síntesis en la obra de Favio: allí conviven esos dos grandes bloques en que hasta ahora parecía dividirse su filmografía. Es, al mismo tiempo, volver al principio –al principio de su cine, pero también al pueblo y a las historias de su infancia– pero con el bagaje expresivo y la paleta multicolor adquirida en sus años de madurez. Este Aniceto tiene mucho de paradoja: es la intimidad, a gran escala.
La voz en off del propio Favio –dulce, temblorosa– que introduce la tragedia confirma también el carácter casi confesional de un proyecto como Aniceto: Favio habla de esta historia como una que nunca ha dejado de “poblar mis noches de insomnio”. Se trata entonces de ingresar a su mundo más personal, al de sus sueños y sus desvelos, a esa frontera del alba que alimenta obsesivamente su imaginación. Por eso es coherente que Aniceto haya sido filmada íntegramente en el interior de un estudio: allí Favio puede reproducir su idea de ese pequeño pueblo de provincia, simbolizarlo con unos pocos elementos escenográficos, casi como si estuviera haciendo teatro kabuki, pero con una identidad inexorablemente argentina.
El paisaje de Aniceto, entonces, es deliberadamente estilizado, artificioso, dramático, con una luna que ilumina la noche como un reflector. Es bajo ese cielo de cartón pintado y oscurecido de pronto por presagios de tormenta que la Francisca (Natalia Pelayo) queda seducida por el porte varonil y presumido del Aniceto (Hernán Piquín). Ella aportará al árido rancho de adobe y cal del hombre su ternura y su calor de hogar: el puchero sobre las cenizas, la camisa planchada y, también, unos pesos en la latita, que aporta de su trabajo en la ferretería. Pero la irrupción de la Lucía (Alejandra Baldón), con su desenfado y su sensualidad agresiva, será irresistible para un varón como Aniceto, que se mimetiza con su orgulloso gallo encrespado y concibe la vida como un reñidero.
En Favio, la tragedia derivada de Federico García Lorca se funde con el drama de radioteatro. De la misma manera, en la banda de sonido convive una fantasía de Chopin (“El concierto que Miguel Angel Estrella daba a los pobres”, musita el director) con unos tangos por la orquesta de Alfredo de Angelis y unas cumbias a cargo de los legendarios Wawancó. Lo clásico y lo popular nunca han tenido barreras para Favio, todo forma parte de su mismo universo: el escenario y la milonga, los violines y las maracas. Es por eso quizá que esta nueva versión bailada de su vieja historia no puede sino ser sincera, auténtica, natural. A pesar de su premeditado artificio, no hay nada falso en este Aniceto.
FICHA TECNICAArgentina, 2008.
Dirección: Leonardo Favio.
Guión: Leonardo Favio, con la colaboración de Rodolfo Mórtola y Verónica Muriel, basado en el cuento “El cenizo”, de Zuhair Jury.
Fotografía: Alejandro Giuliani.
Música: Iván Wyszogrod.
Coreografía: Margarita Fernández y Laura Roatta.
Escenografía: Roberto Samuelle y Aldo Guglielmone.
Intérpretes: Hernán Piquín, Natalia Pelayo, Alejandra Baldón.

Axolote



I

El candado se desprendió apenas giré la tijera y se desarmó en dos partes. Al agacharme a levantar la que cayó, la puerta se abrió. El galpón soltó una bocanada de aire húmedo. La casa en la que se cobijaba había quedado pequeña entre mansiones, empecinada en dejarse preferir por los zorzales y en evitar que muriera la sencillez en la cuadra. ¿Acaso no debería ser siempre ese el modo de alzar una casa en un terreno de diez por cuarenta? Sólo una reverencia al miedo de los nuevos días, el gris portón de hierro yendo y viniendo por su carril enhebrado a la tos de la cremallera. Pero todo lo demás estaba como debía. El verde jardín al frente, jazmín contra la medianera, malvones al pie del ventanal. Tras el garaje, al fondo del doble sendero de piedras de laca, la musgosa puerta con una cigarra dormida en las bisagras. Nunca había visto entrar allí a don Alejandro, que cuando venía ya pensaba en salir y cuando salía era sobre pasos ansiosos de apurar la vuelta. Así hablaba, llevándose por delante las palabras. Así estacionaba, caminaba, regaba el jardín, volteaba el árbol de su vereda, podaba a tijeretazos el jazmín o llenaba los canteros de flores de pétalos frágiles. “¡Este hombre!”. Esa era la frase preferida de Elida. La gritaba cuando encontraba alguna huella de los arrebatos de su marido. La murmuraba con bronca a los oídos cómplices de Mariana, en la cocina o junto a la puerta de nuestro lavadero. La necesidad los había llevado a dividir en dos partes la casa. Nosotros éramos los inquilinos de la delantera, ellos vivían detrás con su hijo Alejandro.
¿Qué me llevó a ese galpón? Los dueños de casa no eran personas de las que pudiera sospecharse una historia oculta, alguna nube sombría en el fondo de un baúl. Su vida entera quedó desnuda ante nosotros en unos pocos días, tan transparente como la sonrisa con que Alejandro, su hijo down, volvió de su habitación para mostrarnos colgando de su cuello la medalla que se había ganado el día anterior en un torneo de natación. Tampoco era de prever que me aguardaran grandes misterios. Es cierto que en el arcón de los trastos viejos de cada familia suelen encontrarse objetos, palabras, suspiros que merecen se les sople el polvo. Ni siquiera el aburrimiento y la soledad eran una explicación satisfactoria. Alejandro, Élida y Alejandrito estaban de paseo en Miramar. Mariana no volvería a casa sino hasta la noche y yo me había quedado a escribir en casa. Alguna buena idea que anoté la madrugada anterior insistía en no encontrar forma adecuada en la pantalla de la PC. Hice una pausa, me serví un vaso de leche, abrí la puerta del lavadero, miré hacia la calle, luego hacia el fondo. Volví sobre mis pasos, tomé una pequeña tijera del costurero y caminé por uno de los senderos de piedras. Dentro del galpón, luego de encender la luz y entornar la puerta, comprendí qué me había llevado hasta allí. Contra una pared lateral, un viejo tablero de herramientas sostenía martillos, pinzas, tenazas y llaves. La respuesta era sencilla: toda mi infancia y parte de mi adolescencia, el galpón de mi viejo había sido un refugio ideal para momentos de soledad o de aburrimiento. No me sentía un extraño en ese lugar donde no había nada y había de todo. Pero ni las herramientas ni la cortadora de césped ni el póster de Nicolino agazapado y mirando hacia arriba con picardía ni las maderas ni los recortes de cerámicas ni las sillas destartaladas ni el marco sin espejo ni la manguera reseca colgada de la morsa lograron llamar mi atención como una pequeña biblioteca improvisada con dos cajones de fruta forrados con papel araña, atestada de libros viejos. Torciendo la cabeza hacia aquí y hacia allá pasé revista a los lomos. Fray Mocho, una edición de obras completas de Arlt, Corazón y El Capitán Tormenta, de la colección Robin Hood, la antología poética de Antonio Machado, los Relatos de Costumbres de Mariano José de Larra, la dieta Scardale y el best seller Ruedas, de Arthur Hailey, separados por una vieja edición de El Lobo Estepario. Sólo un libro tenía el lomo en blanco. Lo retiré de la biblioteca. Alguien había improvisado una tapa de canson blanco. “Ceremonias”, había escrito con letra cursiva sencilla. Y al pie, en imprenta, “Julio Cortázar”. Leer en el galpón. Había releído David Copperfield en el galpón de mi viejo. También algún capítulo de Los premios. Pero con Cortázar las cosas no venían bien últimamente. Dos semanas atrás, en un banco de la Plaza San Martín, encontré un ejemplar de “62, modelo para armar”. Volviendo en tren hacia el sur, me di a la lectura. Tropezaba con las frases, salteaba párrafos y luego páginas para encontrarme con otras que me irritaban aun más. Terminé rompiendo el libro. Uno, dos, tres, vaya a saber cuántos cuadernillos arrancados a tirones. Luego del alivio, vino la culpa. Los junté, traté de reagrupar el modelo. En Banfield, al bajar del tren, me encontré con una compañera de los tiempos del secundario.
“¿A vos te gustaba Cortázar, no?”
“Sí, qué sé yo”.
“Tomá, leelo”, le dije mientras le daba un beso apurado para que ella no perdiera el 541. Tal vez había salvado a ese libro, tal vez ella encontraría sentido a esas frases escarpadas.
Me senté en un banco de madera y revisé el índice amarillento. No podía pasarme la tarde en ese galpón, así que elegí un relato breve: Axolotl. Puedo citar la primer frase de memoria y no se debe a lo que sucedió después. Me quedé en ese primer párrafo y lo releí varias veces.
“Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl”.
Esas cuatro líneas eran una historia en sí. Su belleza, la contundencia del desenlace anticipado atrapaba sin necesidad de saber qué es un axolotl. De hecho, me enteré en el tercer párrafo del relato cómo definía el diccionario a esos amblistomas. Y al dar vuelta la página, supe que tenía uno frente a mí.


II

“En dualidad con Quetzalcóatl, el ajolote formó parte de la mitología acuática mesoamericana personificado como Xólotl, deidad representante de la anormalidad y asociada a la idea de flujo. En la leyenda, ligada al Quinto Sol, cuando se da movimiento al astro por medio del sacrificio, Xólotl trata de escapar de la muerte disfrazándose de anfibio, por lo cual también se le relaciona con el concepto de la vida. No olvidemos que este ser acuático sirvió de alimento a los seres humanos desde épocas remotas hasta principios del siglo XIX, cuando su poca abundancia ya no permitió su consumo. El axolote llamó la atención de los estudiosos por varias características, algunas de las cuales desconcertaron a sus observadores y generaron mitos en torno a su figura”.
De todo lo buscado en Internet, me quedé con ese texto. El axolote, desde su nuevo hogar, me miraba con sus ojos de oro. Cuando lo hallé dentro del libro, achatado, inmóvil, parecía pronto a desvanecerse, más frágil que una mariposa disecada, casi como esas pequeñas moscas de baño que al aplastarlas parecen dejar el esfumado de su sombra contra el azulejo. Sin pensar, mantuve el libro abierto con ambas manos, salí del galpón sin preocuparme por cerrar la puerta, entre en mi cocina, apoyé con cuidado el libro sobre la mesada, lavé una vez más el frasco del dulce de leche “Santa Magdalena” –de cuyo contenido Mariana había dado cuenta en dos o tres días casi sin mi ayuda-, lo llené de agua purificada –por un aparato cilíndrico, no por Dios- y cuidadosamente, di vuelta el libro apoyando la página sobre la que descansaba el axolote encima de la boca del frasco. Di dos golpes firmes y secos sobre la tapa del libro y el batracio mejicano se deslizó dentro del agua. Giró como una hoja en la brisa y se quedó suspendido en la mitad del frasco, la piedra triangular de su cara contra el vidrio. Decir que Cortázar había descripto con precisión y destreza a los axolotes no parece suficiente. Sus frases se me hacían presentes: parecía que él había escrito acerca de ese mismo axolote que ahora me miraba desde dentro del frasco.
Algo más me llamó la atención de lo que leí en Internet: “Puede adaptarse a hábitat seco”. Sí. Como permanecer apretado entre las páginas 127 y 128 de un libro que, editado en 1966, vaya a saber cuánto tiempo estuvo cerrado en ese estante. Vaya adaptación. Pero más me asombró su vuelta al agua. Cuando logré apartarme de sus ojos, advertí que había recuperado su volumen. Allí estaban sus patas –sus uñas “minuciosamente humanas”-. No sé si fue la influencia del relato, pero sentí que esos dedos sabían escribir. Busqué fotos de Cortázar en la red. En París, en Buenos Aires, con barba, sin ella, más o menos desaliñado, sosteniendo con descuido un cigarrillo, con sus ojos empequeñeciéndose al paso del tiempo. El oro transparente encendido tras el vidrio me recordaba a la mirada del joven escritor, acechando desde la penumbra sin desbarrancarse por los pómulos casi hundidos, distante de los labios finos, de las orejas en alerta, de la propia y visible mirada, otra mirada, otro movimiento que se vuelve sobre sí y mira allí donde no hay pestañas, flashes, avisos, teclas, párpados, ni siquiera el vidrio, mirada de agua.
El libro había quedado a un costado del frasco. Decidí revisarlo, buscar alguna marca, alguna anotación que develara el paso de alguien, que me diera pistas de su historia. Pero no hallé nada. Ningún nombre en las primeras hojas, ningún señalador, tampoco el precio en lápiz. Página por página anduve sin hallar anotaciones, marcas, manchas, dobleces, subrayados. No tenía sello ni etiqueta de librería, ni testimonio de paso por biblioteca alguna. Deslicé mi pulgar por el filo gastado de las páginas. Palabras sueltas montadas sobre otras palabras sueltas: codo, torito, secretas, Víctor, calavera en la tapa, Pont Neuf... Muchas otras pasaron, pero al encontrarme con la mirada del axolote se encendió una frase en mi cabeza: “Pero no hay hojas secas en el Pont Neuf”. ¿No las hay? ¿Ni en el más seco de los otoños? Había caminado por ese puente, pero, en rigor de verdad, no podía recordar si había pisado hojas secas en lugar alguno de París. Sí recordaba a dos mendigos durmiendo bajo el puente. Pero, hojas secas... Fui y vine por el libro, hasta que logré hallar la frase en un relato de “Las armas secretas”. Después, Internet otra vez. Pont Neuf, el más viejo. Pont Neuf, desde 1607. Un amanecer en pinceladas impresionistas, un ocaso atrapado por una cámara de fotos. Fotos y más fotos. Ni una hoja seca sobre el puente. ¿Qué importancia tenía? Eso pensé mientras me veía caminar hacia la estación por Rodríguez Peña. ¿Por qué por esa calle si yo siempre iba por Larroque? Sólo algunas veces por Berutti, para tentar la suerte de ver a Sandro. Perfume de jazmines. En mi jardín, en esa calle. Jazmines en los jardines de Banfield. Hugo agazapado tras un pilar, el rumor lejano de mi voz de niño que cuenta apurada, mamá hablando por el alambrado con el señor Negri. Tardes calurosas caminando por Manuel Castro hacia la práctica de handball en el ENAM con Toscano. Ese último recuerdo si era mío. Me volví sobre él, caminé por la vereda de baldosas, pisé los escalones de mármol, crucé la reja, agradecí el fresco del hall, me quité el sudor de la frente, entré al patio, fui hacia el vestuario, anduve por la canchita de fútbol, un jardín, hojarasca alrededor de la planta de flores blancas. Me puse en cuclillas, removí las hojas secas con los dedos y encontré con una pluma de pavo real, una pluma con un ojo que me miraba. Abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad secreta. Un pestañeo y caí en cuenta que no había dejado de mirar al axolote mientras mi memoria enredaba recuerdos ajenos y propios. Apagué la computadora. Apagué las luces, me quedé de pie en la oscuridad, corté con el brazo izquierdo el resplandor pálido que por las cortinas entreabiertas destilaba la noche. Me arrodillé en el sillón y asomé la cabeza entre las cortinas. Apoyé la nariz contra el vidrio y me quedé en silencio, mirando.