martes, 7 de diciembre de 2010

Calma pueblo (Néstor, nuestro residente)


( http://www.youtube.com/watch?v=lz8iKoQ8VSo )
Yo uso al enemigo a mi nadie me controla
Le tiro duro a los gringos y me auspicia coca cola
De la canasta de frutas soy la unica podrida
Adidas no me usa, yo estoy usando adidas

Mientras bregue diferente, por la salida entro
Me infiltro en el sistema y exploto desde adentro
Todo lo que les digo es como el Aikido
Uso a mi favor la fuerza del enemigo

Ahora quitate el traje falda y camiseta
Despojate de prendas marcas etiquetas
Pa' cambiar el mundo desnuda tu coraje
La honestidad no tiene ropa ni maquillaje

¿Cuántas veces y de cuántas maneras debatimos acerca de cómo han surgido, pueden o deben surgir las revoluciones?
Tanto corrieron, corren y seguirán corriendo la tinta, la sangre y las voces…
Pero esta tarde, cuando escuché por primera vez al Residente rapeando estas tres estrofas, sentí que nadie nunca antes había explicado mejor uno de los modos posibles de cambiar la historia, él que nos ha tocado vivir a nosotros en nuestra patria.
Apenas las escuché pensé en Néstor. Cierto es que su muerte me tiene muy sensible y pienso en él hasta en la sopa. Pero aquí lo pensé porque sentí que René Pérez relataba lo que él hizo para erigirse en el protagonista esencial de este renacimiento de nuestra patria.
“Yo uso al enemigo y nadie me controla”. Cuando lo critican por la guita que juntó, cuando nos refriegan por la cara su imagen junto a Menem, cuando recordamos cómo se subió a la candidatura presidencial de la mano de Duhalde, ¿cómo no verlo en la voz de René, entrando por la salida, explotando desde dentro, subiéndose al centro de la escena para demostrarles al instante que nadie lo controlaba, que no llevó piolines ni fue Chirolita, que cuando el enemigo entendió cómo y cuánto debía odiarlo ya era demasiado tarde y con ese odio lo fortalecerían?
Cada pueblo escribe su historia a su manera y comprenderla requiere entender un conjunto complejo de factores y procesos. Pero por más ciencia política que estudies, por más sociólogo, politólogo, semiólogo, historiador o filósofo que te vuelvas, siempre te faltará una pieza si no comprendes el valor de cada persona y a su vez, si no entiendes que a veces aparecen personas que se salen del molde, que hacen la diferencia, que saben dar su talento y su vida para ser determinantes.
Y así como en algún caso ese rol decisivo lo puede jugar un grupo con su comandante bajando desde la sierra, en otros son liderazgos que surgen de las entrañas mismas del poder, por personas que tienen el don de transitarlo, crecer día a día en él y explotar en el momento oportuno, estallar en el medio del culo del enemigo.
Así fue Néstor, así también Perón y Chávez.
Pero claro, no alcanza con ellos solos, no hay revolución sin único heredero. Por eso está la tercera estrofa que cito, la nuestra, la de los que una vez más hemos sido llamados a quitarnos las prendas y las etiquetas del cuerpo y del alma hasta lograr ser tan descamisados como alguna vez supimos y Eva nos amó.
Sony, tu disco en una mesita de la calle está cinco veces menos. Clarín, ahora sí que en serio te hemos perdido el miedo.

A mi no me cojen yo creo en lo que quiera
Creo en la gente, creo en mi bandera
Creo que los que me señalan con el dedo
Me tienen miedo porque yo no tengo miedo.

Disculpen. Esta estrofa me la había guardado para el final. En mi vida había conocido mejor material de formación política que este disco de Calle 13.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Néstor y nuestro renacimiento


Demasiado gramscianos. Para ser benévolos digamos que con los años y las derrotas muchos nos habíamos puesto demasiado gramscianos. Pero, ¿qué culpa tenía Gramsci? Nos llenábamos la boca de guerra de posiciones, pero no sólo retrocedíamos en el escenario. Día a día, íbamos para atrás en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestras convicciones.
Algunos se refugiaban en la resistencia, como presos en un campo de concentración. Otros, que mirábamos de reojo a los que sólo resistían, hablábamos de vocación de poder, procurábamos inventarnos nichos, refugios, atajos, excusas o, en el mejor de los casos, pequeñas realidades, de cuadra, de barrio, de ciudad, de aula, huérfanas de un proyecto común. Decíamos que era mentira que habían muerto las ideologías, pero nos moríamos de miedo a que fuera cierto.
Así fue hasta que llegó él. No sé si aun nos dimos cuenta del todo. Es cierto que lo del 2001 - 2003 fue la crisis de un modelo, se sintió tocar fondo, abrió el camino a la posibilidad de un cambio. Pero los análisis estructurales se quedan sin alma si no ponemos en su justa medida lo que hacen las personas.
Si fuimos entendiendo que podíamos y debíamos cambiar en serio, fue por él.
Teníamos el miedo trepado hasta en la lógica.
Ninguno de nosotros hubiera tenido la entereza, el coraje, la visión de llevar cada pelea hasta donde él la llevó. Cuando lo conocimos ya tenía esa convicción en la mirada. "Esto termina Menem contra mí": aun recuerdo la seguridad conque nos lo dijo. Éramos compañeras y compañeros saturados de intentar sacarle premios consuelo a un peronismo que con Menem primero y con Duhalde después, más allá de diferencias coyunturales, vivía de espaldas a la militancia y a la participación, carecía de sentido estratégico o su único sentido estratégico era mantenerse en la cresta de la ola del poder formal, resignando a cada paso más y más posiciones frente al poder real de los que mandaron casi siempre en estas tierras. Sumarnos a la Corriente que lideraba Néstor Kirchner era buscar un espacio de debate, de revalorización de la política, al que no le veíamos demasiadas chances de acceso al poder, al menos en el corto plazo. Pero ese día, en la casa de Santa Cruz, nos recibió, nos oyó y dijo la frase que nos hizo salir burbujeando, algo confundidos, algo preocupados, algo ilusionados. Aun no se habían bajado Reutemann y De la Sota y él medía apenas cinco puntos en las encuestas.
Y terminó Menem contra él. Y como Menem era el país que había estallado, los convencidos, los confundidos, los desesperados y los ilusionados no tuvimos más remedio que ilusionarnos conque pudiera hacernos transitar por un camino un poco más digno que sus antecesores.
Pero él no se conformaba con eso. Nos llevaba de emoción en emoción, pero también de susto en susto. Por supuesto que nos parecía bien enfrentar al FMI, descolgar el cuadro, transformar la Corte, anular los indultos, reabrir las paritarias, derogar la BANELCO, restablecer la jubilación como un derecho, dinamitar el ALCA, hermanarnos con nuestros vecinos a partir de nuestros intereses, reducir a un dígito la desocupación. Podemos llenar páginas de ejemplos. Pero lo cierto es que en varios de esos temas, en algún punto de la confrontación, nos encontrábamos preguntándonos por las formas o temiendo que él estuviera llegando demasiado lejos. ¡Era al revés que siempre! No teníamos que empujar al líder con nuestros planteos, sino que estábamos llenos de vacilaciones y chirridos cada vez que nos planteaba un desafío nuevo. Y con esa lógica se animó a enfrentar a Duhalde o se libró de Lavagna para que quedara en claro que así como era el presidente para comandar las Fuerzas Armadas, también lo era para comandar la política y la economía. Es como dice Luppi cuando relata lo del cuadro: fue el primero que no vaciló en ejercer a pleno sus facultades constitucionales y ser presidente en serio. O como dijo Dolina: él y otro señor en 1946. Y cuando nos tocó perder, como en la 125, nuestra Cancha Rayada, caminó junto a nosotros, se bancó la adversidad y en vez de retroceder, nos mostró que podíamos y debíamos ir por más.
Creo que cada uno de esos ejemplos se sintetizan o tributan en el más profundo y valioso de los cambios: recuperar la confianza y la fe en nosotros. Si fuimos capaces de derribar muros que parecían infranqueables, si Argentina pudo volver a ser pensada como Nación soberana en la cual sus habitantes podían proponerse recuperar la esperanza de crecer y construir una vida más digna, fue posible porque ese cambio le fue ganando al temor y se fue abriendo paso en el alma de millones de compatriotas.
Néstor Kirchner tuvo una responsabilidad decisiva para que esa transformación se haya dado en cada uno de nosotros. Es el padre de este renacimiento de nuestra patria. También, del cambio que me dio vuelta la cabeza y se me metió en el corazón.
Hoy me siento más digno. Y no habrá día que no se lo agradezca.

El mono disidente (de Alejandro Dolina)


El peronismo ha sido muchas veces actor principal de acuerdos y concertaciones políticas. Hay, por otra parte, un arsenal de pensamientos burgueses que garantizan la conveniencia de buscar coincidencias. Algunos llegan a decir que en realidad, todos deseamos lo mismo y que discrepamos acerca de las metodologías.
Se ha llegado a sostener que las ideologías habían muerto y que bastaba con elegir buenos administradores para que gobernaran. Todo esto viene acompañado con un continuo elogio de las buenas maneras en las discusiones políticas y aún en los conflictos sociales.
A cada momento se nos propone a nuestra admiración la conducta de príncipes sonrientes o de antagonistas que se dispensan elogios mutuos durante las negociaciones.
Estas escasas palabras servirán primero para saludar todas estas ideas que acabo de exponer.
¿Quién soy yo para no ovacionarlas de pie? Pero también, y como humilde despacho en disidencia, propongo un tímido elogio del desacuerdo, de la bifurcación, de la heterodoxia, de la herejía.Después de todo, las revoluciones surgen sólo de desacuerdos: el hombre es un mono disidente.
Me permito entonces, subrayar la acción política de Néstor Kirchner como venturoso gestor de desacuerdos. El se atrevió a recorrer caminos que nadie se atrevía a transitar y que parecían alejarse de las concurridas avenidas centrales que recomendaban los poderosos del mundo global.
Y se metió por unas calles ya olvidadas cuyos nombres sólo se pronunciaban en los foros estudiantiles, en las reuniones de soñadores y en rincones que siempre estaban alejados del poder político.
Esas calles de desacuerdo ahora pueden reconocerse: una conduce al crecimiento del mercado interno.
Otra al control del comercio exterior...
Está también el boulevard de la intervención del Estado, el veredón de los derechos humanos. la esquina de la ley de medios o la plaza de la asignación por hijo.
Por esas calles andaba este hombre. Algunas de ellas, habían sido recorridas por otro señor en 1946.
Ahora bien, cuando alguien del poder político se atreve a caminar estos senderos termina por llegar a un distrito donde el poder político no está en el mismo lugar que el poder económico. Y la bifurcación se produce y son inevitables los ataques de las corporaciones y de los poderosos que tratarán de conseguir el regreso de los gobernantes tránsfugas hacia las avenidas iluminadas de sus intereses.
Hace muchos años hubo por televisión un debate entre el doctor Teodoro Bronzini, líder socialista e intendente de Mar del Plata, y el doctor Beccar Varela, que militaba en el partido que entonces tenía al menos la decencia de admitirse como conservador.
Fue una conversación muy amable y el moderador se sorprendió al fin del programa de que hubieran coincidido en tantas cosas. En realidad, no era sorprendente, ambos políticos formaban parte de una visión liberal del mundo y eran funcionales a los intereses de las corporaciones.
¿Cómo no van a ser amables si en el fondo pensaban lo mismo?
Néstor Kirchner no les parecía amable a las corporaciones.
En verdad, ningún otro presidente salvo aquel otro señor de 1946, les pareció tan desagradable.
Y lo atacaron como a nadie ¿Por qué? No porque Kirchner tuviese mal carácter y fuera confrontativo o cascarrabias.
No se trataba de una cuestión de carácter: este tipo había tocado sus intereses.
Y fue el único que lo hizo.
Todos los demás parecían aceptables en algún momento porque también en algún momento eran funcionales a los intereses del poder económico.
Y eso es todo lo que quería decir, a veces no hay más remedio que disentir, que persistir en el desacuerdo. Hoy casi por única vez en nuestra historia, el poder político no está donde está el poder económico.
Y este hombre que ahora se ha ido produjo un último acto de insujeción. Su muerte encendió la luz, y como en un refusilo vimos algo que la cerrazón de los medios había ocultado en la oscuridad: las calles laterales, las que no recomendaban los poderosos, estaban llenas de gente.
Transcripción de las palabras dichas por Alejandro Dolina en el homenaje a Néstor Kirchner efectuado en ND Ateneo
( http://www.youtube.com/watch?v=bLlH0yVpRS0 )

martes, 28 de septiembre de 2010

Llueve con luna llena (letra para bachata)


La luz se había ido y nos bañamos
Con un tacho dos jarros y la ansiedad encendida
Anduvimos cuatro horas, dos guaguas y un camino
Que termina en una escuela que acuna el Caribe.

Y en esa cubierta de tierra, verde y arena
Las niñas de camisa celeste nos enseñaron
A jugar a Indiana Jones con sus cepillos
Buscando el pasado taíno tras de la Iglesia.

Y no sabías que es Bayahíbe
ni estabas segura que aquí
hubieran amarrado las carabelas
pero cuando te pregunté el nombre de la rosa
me tomaste la mano y me dijiste Pereskia

Pereskia, Pereskia, Pereskia
Contigo arroz y pescaditos
Pereskia, Pereskia, Pereskia
Me bebo el limón en tus deditos
Pereskia, Pereskia, Pereskia
Rodrigo de Triana debió gritar
Pereskia.

Caminamos entre botes de pescadores
Con letreros de la cooperación española
Y frente al cementerio de la playa soñé almas
entre raíces de cocoteros meciendo bachatas.

Y después de mirarnos los pies en el fondo del mar
Fuimos de polizones al resort atándonos pulseritas rotas
Dormimos la siesta en los cheslones de las gringas
Y despertamos con Chichi cantándonos su amor samurai

Y no sabías que es Bayahíbe
ni estabas segura que aquí
hubieran amarrado las carabelas
pero cuando cayó la noche y vino la lluvia
me tomaste la mano y me dijiste mira

Llueve con luna llena
Y te quedaste en mi hombro
Llueve con luna llena
Y nos mordimos el frío
Llueve con luna llena
Y olvidé mi carabela por nombrarte

Pereskia
En tu cuerpo
Allí
Donde está guardada la historia
Allí
Donde vive la memoria
Allí
Donde sigue latiendo
La magia taína
Rosa
De la iglesia marina
Flor
de la escuela a la deriva
Pereskia
Llueve con luna llena
Te miro
Y naufrago en tu mar.

sábado, 24 de julio de 2010

El del espejo


Al fin lo conseguí. Soy el del espejo. Fueron días y más días de intentar, horas y más horas de mirarme. Hasta que descubrí el truco para hacerlo: buscar un punto de fuga. Quedarme con la mirada perdida en algún lugar a mis espaldas hasta el borde mismo de la distracción, de la soñolencia o de la inconciencia, ajeno a los pasos y las voces, para luego retornar con lentitud hasta reencontrarme con mi mirada. No parece difícil ahora. Pero vaya uno a saber las horas que llevo parado frente a este espejo del paseo de compras. Aquí sí pude, luego de resignarme a que nunca lo lograría en el baño de mi departamento. Debí darme cuenta antes: son preferibles los sonidos y el movimiento como fondo cuando uno persigue entrar al alma de la quietud.
Soy el del espejo y ahora la gente real no está a mis espaldas sino frente a mí: la niña del globo con cara de Tyrone, las dos ancianas tomadas del brazo, la promotora de telefonía celular, el guardia de seguridad, las dos muchachas que ríen con picardía, el señor de hombros agobiados, la niña que escribe un mensajito en su teléfono móvil. Es cierto que nada emocionante parece que pudiera sucederme por estar de este lado. Pero me quedaría horas mirando personas ir y venir, ahora que estoy del lado en que las piernas no se cansan las manos no se inquietan los orines no tienen prisa por salir.
Una muchacha se acerca. Se para frente al espejo, revisa sus labios, mueve la cabeza un par de veces para que su cabellera lacia se suba a la ola del giro de su cuello. Abre la cartera, toma un paquete de cigarrillos, lo golpea con un dedo, un cigarrillo se asoma, lo mira, se detiene unos segundos, se arrepiente de fumar, vuelve el cigarrillo a su lugar, guarda el paquete en la pequeña cartera roja y la cierra. Vuelve a revisar el rímel de sus ojos, gira con levedad encendiendo el vestido al alzar la cola, me mira –a mí, al del espejo- y se marcha. Nunca había visto a una muchacha marcharse con tanta gracia. Nunca había visto a alguien mecer con tanta despreocupación su belleza. Puede que no haya otra vez. Puede que sea la primera y última que se cruce en mi vida una mujer así. Decido ir tras ella.
¡Ahora! ¡Tengo que caminar! ¡Vamos, la voy a perder!
Pero no consigo que el hombre parado frente a mí se mueva. Vuelvo a sus ojos, le imploro con la mirada, pero no reacciona.
Nos quedamos uno frente al otro, inmóviles, hasta el instante en que alza las pestañas, como quien despierta de un sueño. Las alza y las alzo. Sonríe y sonrío.




¿Qué hago aquí parado? ¡Cómo me colgué! ¡Voy a llegar tarde al cine! En el instante en que vuelvo sobre mis pasos, en el fondo del espejo veo una mujer que se aleja con una pequeña cartera roja haciendo alpinismo sobre sus caderas. Corro hasta el pasillo, trato de verla entre la gente. Pero ya no está. Es como si sólo hubiera existido su reflejo.

domingo, 27 de junio de 2010

El amanecer de Juana


Aun quedan voces cómplices en la cocina, pero la noche ya es en mi cama, con Felipe en mi lugar y Juana en él de Mariana. Tan noche es que han pasado las doce y el 25 de junio le ha dado paso al 26, segundo aniversario de la única vez que estuve en la cabecera de una embarazada, imposibilitado por una sábana erguida como telón de presenciar el parto. No la vi entonces asomarse entre las largas piernas que una tarde me cambiaron la respiración, pero sí detrás del telón, como un títere húmedo y arrugado al que con la mayor prisa de que tengo memoria le conté los 20 dedos, le celebré los ojos y la respiración y le advertí una oreja un poco menos desplegada que la otra.
Ya desde antes de ella mi cama a veces no era tan mi cama. Pero nunca consiguió Felipe la casi implacable habitualidad de despertarse cada madrugada para reclamar el traslado de la cuna a la cama grande. No importa lo poco que hayamos dormido. Ese traslado siempre navega sobre su placentera tibieza y conduce a un espacio de la cama demasiado breve para una nena tan inquieta. Pero hay otro traslado mejor. Es en las noches en que me quedo con ella en el sillón frente a la tele a esperar que se duerma. Suelo permanecer recostado con las piernas estiradas y la espalda en mala posición, con ella a mi lado aferrada a mis manos y jugueteando con mis dedos, tan entretenida que siempre soy el que primero se duerme. Cuando despierto, en la TV hay un pastor o una chica histriónica que conduce un juego trivial y Juanita está dormida a mi lado. Me pongo de pie, me convenzo del equilibrio recuperado y la alzo en brazos para llevarla a su cuna. Sé que sucederá en la escalera que la luz pálida de esa noche se asomará por la ventana desde el cielo agónico hasta sus mejillas para ofrendarme una luna en brazos, una ostia silenciosa que se desvanece en mis ojos sin dios cuando llego al pasillo y giro hacia su cuarto para dejarla en su cuna.
Ya no hay más murmullos, todos los adultos excepto yo se han acostado. En unos pocos minutos, Mariana se descubrirá dormida frente a la TV del cuarto encendida, se quitará una almohada y antes de acurrucarse me obsequiará un “alfre”, para recordarme lo poco que descanso. Al amanecer, como cada día, Juana será la última en despertar de los cuatro. La miraré a los ojos, le contaré los dedos, revisaré si ya se esfumó la diferencia entre sus orejas y estimaré su apgar en diez antes y después del instante en que la tome en brazos, la deje acurrucarse en mi hombro, le acaricie la espalda pequeña y le recuerde con un susurro al oído que hemos despertado a un gran día, el de su segundo cumpleaños.

martes, 22 de junio de 2010

El Chino y sus 53



Salió con elegancia entre dos chiquilines de doce años y mirando hacia la izquierda la tocó de rastrón hacia la derecha para iniciar una jugada llamada a terminar en gol. Una vez más Martín se le acercó. No fue para felicitarlo.
-Papá, levantate el pantalón- volvió a pedirle. Le daba vergüenza que por detrás de aquel short azul se asomara el triángulo de sombra que revela la presencia del culo.
La canchita estaba junto a la vía, detrás de los monoblocks de la estación Escalada, donde Martín, su mamá y su papá recibieron a un bebé flaco, rubión y de pito largo al que llamarían Juan Francisco.
Antes de eso, daba la sensación que ese embarazo de Silvia era su condición natural, que le duraría toda la vida, tal vez porque éramos más jóvenes y respirábamos distinto el paso del tiempo o porque la habíamos conocido embarazada en un momento en que empezábamos a compartir barrio, militancia y unas cuantas ilusiones e incertidumbres. En aquella Escalada vivía Carlitos, que todavía no tenía Delia ni Ezequiel ni Agustina, aun era visitador médico, manejaba un dodge 1500 y compartía con el Chino esas mismas cosas más algunas zancadillas, Gancias, tardes de Moconá y una visión más realista de la política que la que yo traía de mi familia y mi militancia universitaria.
Mi memoria no me ayuda. No termino de ordenar en el tiempo momentos que se asoman a mis dedos. Un encuentro en la puerta del local de Riobamba, en que me invitó a militar en Lomas y yo lo miré con recelo pues no me habían hablado bien de él. Una visita a su departamento en que me escapé de una de sus discusiones familiares yendo a buscar la carpeta que en el ataque de bronca acababa de tirar por la ventana del departamento. Un festival en el cine San José, en que a pesar del odio que le profesaba el grupo que yo integraba se acercó para tender algún puente inaugurando en mi vida el dato de su persistencia. Aquel discurso frente al local de Calandria en el que vaya a saber por qué se sintió en necesidad de tirar una consigna que a muchos nos ponía los pelos de punta (no la transcribo porque sigue sin gustarme).
Y por supuesto, la vez que caí en cuenta que era bastante más que un voluntarioso hábil para la rosca, en una arenga que improvisó para los militantes juveniles de la Provincia que subidos a un micro nos dirigíamos a un congreso nacional.
Una mujer bajando del ascensor y otra yéndose por la escalera, una tarde en la casa de Clarita, su paciencia casi infinita con el uruguayo, una rabieta con don Julio, una pelea entre nosotros dos, los tiempos en que nos pasamos de mambo y parecíamos al borde de constituir una orga semiclandestina, la Pesca, el fútbol en la galería de la casa de Brandsen, un asado en lo de Ramón, el básquet con la puerta del placard del departamento de 25 de mayo como aro, orines apurados en el patio de mi casa de Portela, las notas para La Unión en los tiempos de Semán, la afinidad con Bruno deviniendo devoción a cada paso, el esfuerzo conmovedor de Chachi para cumplirle con un discurso en un acto en Laprida, la llegada de Marcelito, su obsesión aun vigente por la organización del Frente Secundario, las clases de formación con Gil Girón, los insumos de Pablo, organización cruzándolo todo desde las palabras deslumbrantes de Lalo, las reuniones hasta las tres de la madrugada, la vuelta en el último tren con una bolsa pesada de voluntaristas compras comunitarias, un puchero con Claudio y Lili Caruso, Silvia y su pizza con lechuga, el garrón de las fotocopias, nuestro espía Rodolfo Boggini en el PI de Tito, salidas a pintar en el Fiat 600 de Raúl, una tarde de mate y facturas en mi casucha de Escalada, la llegada de la negra Mónica y los universitarios, los partidos y las charlas y las peleas y los abrazos con el gordo Sergio, Pichi, el negro Armando y el gordo Héctor, tardes oscurecidas en casitas con piso de tierra en la O´Higgins de los Montecuco o en el rancho del gordo García, charlas y frío y menta y ojos brillosos y más fútbol con los pibes de Santa Marta o Norma y Pedro en las tardes de calor con las bolsitas de nylon colgadas llenas de agua para no conseguir espantar las moscas, las ollas, los locros, las tortafritas, las filas de madres y ancianos, Cani ojos, cigarrillos y miedo, las zapatillas de Bruno en la caminata hasta Racing, el parripollo fallido, el delirio del préstamo para pagar el préstamo para pagar el préstamo. No lo diga, Pisani, no lo diga. Así de mezclados tengo en la cabeza mis recuerdos.
Pero, si paro de recitar nombres y lugares y sucesos, ¿podré explicar quién es este arquerazo que no ve, este arengador empecinado?
¿Ha sido acaso por pereza, por resignación, por timidez, por temor o por alguna otra miseria que me he pasado 26 años militando junto a él?
Por la tarde hablé de su persistencia abrumadora y de su inteligencia de largo aliento. Fue su primer cumpleaños ya divorciado, con Nancy e Ignacio a su lado, con Juanfri y Martín, aquellos nenes tan nenes de entonces, ingresando al Taso a paso de hombre frente a la mirada atenta de Valdo.
Seguirá escuchando a Litto Nebbia y yo a Charly. Seguirá prefiriendo los libros de política y yo las novelas. Seguirá leyendo todos los diarios y yo casi ninguno. Volverá a ver Patton tantas o más veces que yo Sin City. Repasará una y otra vez los gestos de poder que viven en El Padrino. Nos seguirá uniendo la devoción por Perdidos en la noche.
Por un momento pensé que tanta evocación me dejaría sin rumbo. Que como una lámpara en corto seguirían encendiendo y apagándose frente a mí fugaces momentos del pasado. La muerte de Bruno, Torcuato y las bolas de fraile, Horowicz y una discusión hasta la madrugada, las esperas en la casa de Santa Cruz, el encuentro de Néstor y el Zaffa, Emilio (¡Emilio!), el Evita con sus pibes (y pibas, l@s de antes y l@s de ahora), su aguante y sus trapos, el brindis frustrado en Retiro, el champagne, las manzanas cortadas en pedacitos y el asado frío después del helado.
Pero no. Luego de las palabras a borbotones consigo ver todo más claro. Es bien sencilla la explicación de por qué compartí con él todos estos años.
Oscarcito ya no está. Pero a veces me gusta decir que soy él, mi viejo. Sé que no es verdad, pero me hace bien proponérmelo por un rato.
De Oscar aprendí que estoy aquí para intentar hacer lo correcto. Sigo militando junto al Chino porque creo que está bien, que es lo que debo hacer. No habría historia persona momento razón afecto que mantuviera eso si creyera que es el rumbo equivocado. Lo que hemos hecho es valioso, está al servicio de una buena causa y podemos hacer que mejore y crezca.
Pero más acá de la corrección, unas horas después de que ha cumplido 53 años, quiero decirle dos cosas. Una, que lo veo quererse mejor. Dos, que lo siento mi amigo y lo quiero.
Seguiremos transitando este buen camino . Y tal vez hasta encontremos mar para los ojos de Ratzo.

Extranjero


A veces soy un extranjero en mis ojos
como si olvidara lo que aprendí de Antonio,
que no importan esta foto aquel espejo
vuelven a ser mi patria cuando me dedico a mirar
soy un forastero tonto en el vano intento de verlos.

Así de ojos mis ojos en tu mar navegan
capitán grumete cáscara de nuez y viento.
Sé que mi nave es nave por tus olas que la mecen
se libra a tus mareas y no sueña con ningún puerto.

martes, 15 de junio de 2010

Ella me miró


Historia que se inspiró en un accidente que me tocó ver en Curitiba.

Ella me miró. Tal vez eso no es decir mucho aquí, donde los ojos no viven tan esquivos como en otros parajes. Ella me miró y me sorprendió, pues yo estaba dedicado a descubrir como funcionan las paradas de ómnibus cilíndricas de Curitiba. Cuando quité la vista del molinete fueron sus ojos, ajenos al gris de la mañana, dispuestos a encender de punta a punta la plaza. No pude hablarle al cabo de la mirada. Me quedé junto a la parada, viendo como se alejaba hacia el verde. Cuando me decidí a seguirla, el semáforo cambió y no pude avanzar. Cuando ya casi desistía de ir tras ella, ví que entró en un negocio pequeño en la calle lateral de la plaza. Crucé corriendo y aminoré la marcha al acercarme al local. Me paré en la vidriera, miré hacia adentro. Estaba sentada en uno de los tres box de atención. Era una casa de préstamo de dinero. Me alejé unos metros, luego crucé a la plaza y me quedé frente a un puesto de diarios, sin perder de vista el local. Préstamos pequeños y caros para gente en problemas. Por qué iba a pedir dinero? Empecé a imaginar su vida. Le inventé una niña, las supuse solas en el mundo, madre e hija, distante el padre, unidas en la decepción. De qué trabaja? Donde se sientan sus jeans gastados cada mañana, qué compra qué vende qué vigila qué repara qué atiende qué soporta qué repite hora tras hora para ganarse el pan? La saqué de la caja de un supermercado y la senté detrás del mostrador de un banco, le puse un trajecito y la llevé a una perfumería, le puse uniforme y la hice policía, la despedí de todos esos trabajos y la empleé como recepcionista del museo de arte moderno en cuyo hall recién había estado. Todos trabajos en lo que ganaba apenas para subsistir on su hija. Trabajos que terminaban en la fatal visita al box de crédito fácil y caro.
Qué le digo cuándo salga. ´Como entrar en la vida de una mujer que está pidiendo un crédito y está sola en el mundo con su hija? Qué puede ofrecerle un hombre qué solo estará en su ciudad tres días más y después se largará como si nada? En fin. Tampoco estaba obligado a arreglar su vida Intentaría hablarle de lo que me pasó, del molinete haciendo clack y diusparándome la instantánea de sus ojos, de mi voz que se escondió, del semáforo alejándome de sus pasos. Empezaría diciendo algo acerca de sus ojos. Allí había comenzado todo. Ella sonreiiría y yo trataría de no quedarme otra vez sin habla. No sabía su nombre, ella notaría mi mal portugués, le contaría quien soy, que hago en su ciudad, le propondría tomar una gaseosa o un café. No parecía difícil. Sin embargo, cuando la ví salir, fue imposible. Ya no era vendedora ni empleada ni recepcionista, eran sus piernas largas que vaya a saber de qué cuadro del museo escaparon para pasear por la ciudad tumultuosa como si solo cminara en un pasillo silencioso del museo, un suspiro de inspiración que no pudo aguantar más prendido a la tela y se echó a andar echo piernas largas en la mañana que se atragantaba la lluvia. Igual caminé tras ella, la ví cruzar hacia la avenida peatonal, aguardar otra vez el semáforo, trasponer la calzada breve,cruzar hacia la esquina. Al fin me decidí. No importaba la gente. Al fin y al cabo, nada más anónimo que una multitud. Nadie repararía en mí cuando me psuiera a su par y quebrara el silencio. Apuré mis pasos, me puse a dos metros de ella cuando llegamos a la esquina de la tienda Pernambucana, aceleré aun más y me disponía a hablarle cuando un ómnibus explotó contra la pared de la tienda arrancándola de mi sombra y clavándome sin voz frente al micro estrellado entre los gritos de la gente.
Me voy, no quiero verla así, pensé mientras hacía lo contrario. Me agaché, la busqué bajo las ruedas, pero no la encontraba. Me puse de pie otra vez, ví al chofer saliendo de su desvanecimiento, la desesperación de los que se bajaban, la ansiedad de los que subían a ayudar, la angustia de un muchacho que rompía las ventanas a golpes de puño mientras gritaba algo acerca de liberar la presión y las personas se alejaban para que no les cayeran encima los vidrios. Temí que el ómnibus la hubiera devorado,pero cuado fui del otro lado por dentro de la tienda la vi. Estaba acostaba de espaldas y una vendedora la asistía. Me arrodillé junto a ella. Sangraba del cuero cabelludo y miraba hacia arriba con la boca entreabierta.
Ella pestañeõ y me miró.
;Por qué voce nao se decidio a falarme? (buscar después bien la expresión en portugués).
Tranquila, todo va a estar bien, le dije. Por un instante sus ojos volvieron a ser sus ojos.
Sonaban sirenas entre los gritos. Llegaron los primeros vehículos de asistencia. Un paramédico se arrodilló a su lado y le colocó un cuello ortopédico.
Estoy con ella, le dije.
Imaginé muchas cosas mientras la seguía. Pero nunca se me hubiera ocurrido que nos íbamos a ir juntos de ese lugar en un helicóptero.

lunes, 31 de mayo de 2010

El sorprendente Hombre Araña


Desperté media hora antes que sonara el reloj y me metí a la ducha antes que Mariana se fuera a trabajar. Amanecí ansioso y sin cansancio. No tenía ninguna reunión importante en el trabajo, pero me puse un traje negro con una corbata amarilla y un escudito de las Madres alusivo al bicentenario. Me miré un rato en el espejo, pasé un cepillo por los hombros del saco y volví a mi habitación. Juana y Felipe dormían abrazados en nuestra cama. Abajo, Mariana ya estaba lista para irse al trabajo. Bajé, nos despedimos, volví a la planta alta. Junto a la computadora, sobre una silla, estaban los tres trajes. Una princesa, una campesina y el Hombre Araña. A mis espaldas se oyeron pasos breves.
-Voy a tater pi.
Oí el chorrito sostenido sobre el agua. Después la descarga del depósito. Apagó la luz del baño, se paró frente a mí y elevó los brazos pidiéndome upa. Tomé el disfraz y la ropa preparada para ponerle debajo y lo llevé a su habitación.
Fue más sencillo de lo que imaginaba. En menos de tres minutos tenía al Hombre Araña frente a mí. El traje le quedaba pintado y sólo me faltaba hacer los agujeros en los ojos de la capucha. Recorté los contornos con la tijera y se la calcé. Sus ojos se encendieron delatando la sonrisa agazapada bajo la máscara de superhéroe.
Hasta esa mañana, Felipe no había tenido demasiado trato con el Hombre Araña. No veía el dibujo animado y aun era muy chico para las películas. Más allá de algún pasaje visto por casualidad, su relación con Spiderman se reducía a un muñequito que le había tocado en suerte junto a un huevo de chocolate. Pero tenía algo en común con el personaje. Meses atrás, una araña a la que hostigaba le picó un dedo. “No es nada, sólo vigilen que no levante fiebre”, fue la respuesta que nos dedicó el pediatra. Durante más de una semana le mostraba el dedo con la picadura invisible a propios y extraños. Cualquiera que hubiera visto el cadáver de la arañita comprendía que esa picadura no lo convertiría en superhéroe.
-¡Iaaaaa, iaaaaaa!- gritó alzando los puños para festejar su nueva identidad.
-¡Tshhhhhh!- lo corregí mientras extendía los brazos y quebraba mis muñecas hacia abajo- Así hace, porque arroja una tela de araña con la que atrapa a sus rivales.
-¡Tshhhhhh!- respondió Felipe. Se quitó la capucha y volvió a disparar. Desde el cuarto llegó el llanto de Juanita. Abajo, en la puerta de entrada, se oyó ruido a llaves. Elena acababa de llegar.
-¿Vamos al jardín, Juana?
Asintió, lluvia con sol en la cara. La alcé en brazos, le abracé la tibieza y luego la apoyé sobre el cambiador. Levanté la cortina para que viera la luz del día y me señaló al Sapo Pepe, que descansaba panza arriba en el balcón, sobre un tender, luego de unas vueltas en lavarropas. Le quité el pijama y las calzas que sostenían las planchas para alisar las cicatrices de sus quemaduras. Se rascó, no la dejé, protestó. Le cambié el pañal y en un suspiro devino princesa. Sin embargo, no parecía muy contenta. En la silla había quedado el otro disfraz, rojo a lunares, esperando a su campesina.
Ya en la cocina, después que cada uno tomara su mamadera, emprendimos con Elena los arreglos finales: yo intentaba sacarles fotos con el celular, Elena lidiaba con Juanita para colocarle su tiara de princesa. Pero no se sentía a gusto con el disfraz, y mucho menos con esa corona en la cabeza. Lloró, protestó, luego nos dio la espalda y se encerró en su trompa de ofendida.
-¿No os gustó? Tengo otro…- le dije emulando a Capusotto.
En un par de minutos nos despedimos de la princesa enojada y se nos apareció una campesina feliz, con las faldas holgadas, el delantal blanco y el pañuelo rojo con lunares blancos en la cabeza.
Primero tomé un par de fotos a la campesina en el patio. Luego fue el turno del Hombre Araña, que se había trepado a la ventana de la cocina. Por último, para fotografiarlos juntos, subimos a su lado a Juana. Elena la sostenía por la cintura desde dentro para que no se cayera. Sorprendía ver al superhéroe urbano junto a la sonriente campesina. No recordaba una muchacha como esa en ninguna de sus aventuras.
Subimos al auto y partimos rumbo a la escuela. Conduje todo el trayecto usando los espejos laterales. El interior lo usé para disfrutar las dos caras felices que llevaba en el asiento trasero mientras Felipe cantaba a dúo con Serrat.
Al llegar a la escuela, tomamos alguna foto más en la reja de entrada, con el Hombre Araña abrazando a la dulce campesina. Luego repetimos la rutina: Felipe tocó timbre mientras Juanita caminaba trastabillando hasta la puerta. La chicharra sonó, empujé la puerta y allí estaba Aldana recibiéndonos con los brazos abiertos.
-¡Tshhhhhh!- disparó Felipe. Juanita agitaba los brazos y se reía.
-¡Felipe, sos el cuarto hombre araña!- exclamó Aldana. El comentario me raspó un poquito el pecho. “¿Cómo no pensamos que varios padres elegirían ese disfraz?”, me dije. Pero cuando la puerta de la sala se abrió para que ingresara Felipe y se sumara al desayuno, volvió la alegría plena: en torno a la mesa, héroes, princesas y personajes típicos tomaban la leche y comían galletitas, incluidos los otros tres hombres araña, uno de los cuales ya tenía el pecho lleno de migas.
Llamé a la maestra aparte.
-Disculpame que te moleste con esto, pero… ¿ustedes se dan cuenta que esos tres son impostores?
Arrugó el ceño, giró la cabeza y al fin rió.
-Por supuesto. Estábamos esperando al verdadero.
-Igual no los desilusionemos.
Juanita ya se había olvidado de mí y caminaba hacia su salita. Felipe, que cada mañana me pedía que lo alzara y lo abrazara antes de entrar, esta vez me miró desde la puerta, me sonrió y se metió en el aula.
-¡Tshhhhh!- sentí cuando salía. Fingí que trastabillaba y me quitaba una tela de araña de entre las piernas. Pero no era Felipe el que había disparado.
-¿Quién sos?- le pregunté.
-Peter Parker- respondió con la mejor dicción de que era capaz. Su padre se había esmerado más que yo. No sólo le había enseñado a disparar la tela de araña, sino que le había revelado su identidad. Atrás apareció Felipe y también me disparó. Me vinieron ganas de meterme en la sala y quedarme toda la mañana jugando con ellos, pero no me estaba permitido interferir de semejante manera en el aprendizaje de los superhéroes. Detrás de ellos se asomó Superman y me fulminó con una mirada severa. Tenía que marcharme de inmediato, si no quería que me derritiera con su vista de rayos X. ¿Y Juana? Aunque no la veía, sabía que mi pequeña campesina ya tenía una galletita en la mano.

martes, 27 de abril de 2010

¡Te mato!


-¡Te mato!
Felipe me apunta con el serrucho de plástico de su cajita de herramientas.
-¡Te mato!
Hace días que juega a disparar y matar inventando revólveres. Nos amenaza con risa nerviosa, nos mira y espera nuestra reacción. Nos desafía.
No hay armas de fuego ni soldados entre sus juguetes. Pero él las inventa.
¿Por qué? Hay dos razones posibles. Lo aprende con sus compañeritos del jardín o trata de repetir algo de lo que vio el día que entraron ladrones en casa amenazándonos con un arma.
Más de una vez intenté interrogarlo. Pero no logré sacarlo del juego.
-¡Te mato!
Le faltan 4 meses para cumplir tres años y son sus primeros escarceos con la idea de la muerte.
Hace unos días dijo algo más, en la comisaría. Yo necesitaba ampliar la denuncia por el robo del auto y estuvimos un rato largo esperando en el hall. Entraban y salían policías. Felipe me avisaba cada vez que llegaba o se iba un patrullero. En un momento sacaron un preso esposado de la zona de calabozos, lo llevaron hasta alguna de las oficinas. Luego lo trajeron de vuelta y lo dejaron parado frente a la puerta por la que lo vimos entrar. Allí estuvo unos instantes, apenas erguido en su delgadez, de espaldas a la calle y a nosotros, solo. Lo volvieron a encerrar, entraron y salieron otros policías, una oficial nos preguntó si ya estábamos atendidos, Felipe me señaló la partida de otro patrullero, dos hombres aguardaban novedades de la moto que les habían robado un rato antes.
-¿Papá, nos van a matar?
-¿Eh?
Le pasé la mano por la cabeza y le pregunté cómo se le ocurría. Comencé a explicarle que los policías estaban para cuidarnos y no para matarnos, aunque la convicción se me esfumaba a medida que me oía. Dejé trunca la explicación con un abrazo.
-Nadie, nadie va a matarnos.
Otra vez su curiosidad asomada a la muerte. Mi amigo Marcelo dice que la muerte no es un problema. Lo aprendió hace una década, cuando estudiaba en la Universidad, y disfrutaba explicarnos una y otra vez que no puede ser un problema porque no tiene solución. Albert Camus no pensaba como él, aunque su solución no era más que una suerte de ventilación de la vida. La muerte establece el sinsentido del universo, convierte al hombre en un extranjero, un extraño, que desde el sentimiento de lo absurdo es el único llamado a buscar ese sentido moviéndose sin parar, combatiendo la peste. Por otros arrabales pero con similar lógica anduvo Bukowski, quien advirtió que todo lo que nos mueve está determinado por la presencia de la muerte. Pero Felipe es un niño menor de tres años y a su edad la muerte se percibe como algo que se puede cambiar, que es posible que el niño que hoy muere en el patio mañana estará con él en la sala almorzando. No concibe el concepto de nunca más o de siempre. Tal vez no esté tan errado y la lógica del niño esté más cercana a la verdad que la que creemos evidente. Puede que lo de Camus y Bukowski haya sido un desesperado esfuerzo para seguir pensando como niños.
-¡Te mato!- repite Felipe y da dos pasos atrás. Llevo a Juanita en brazos. -¡Acostate en el suelo!-, me dice con sus medias palabras señalando el lugar en que los ladrones nos obligaron a acostarnos boca abajo aquella noche mientras nos amenazaban con un revólver.
-¡Juanita, vos también acostate!-. Se inclina, señala el lugar donde pretende que nos pongamos.
Estoy parado frente a él, de espaldas a la cocina. Me quedo mirándolo. Por un instante pienso en acostarme en el suelo para ver hasta donde llega. Dejo a Juanita en su sillita y vuelvo a él. Lo alzo en brazos y lo siento a mi lado en el sillón. Está en silencio.
-¿Querés que me acueste en el suelo? ¿Como los chicos que nos robaron?
-Sí- responde con la mirada perdida en el televisor apagado.
No sé muy bien que significa para él la muerte, pero no hay duda que lo tiene preocupado.
-No va a pasar nada malo, Feli, no hay que matar a nadie y nadie va a venir a matarnos.

Nos quedamos sentados en silencio, tomados de la mano.
-A comer- llama Mariana desde la cocina.
-Vamos, papá.
-Te quiero mucho, Felipe.
-Te quiero mucho, papito.
Se va corriendo a la cocina y me quedo sentado en el sillón. Miro hacia un costado, hacia donde nos quiso hacer acostar, el lugar que eligió para representar su preocupación, su escenario. “El escenario es el lugar donde soy más feliz”, dice María enamorada de las tablas. Felipe montó su obra y terminé de entender por qué nunca va a morir el teatro. Al animal político, al que ríe, al del pulgar opuesto, también lo define representar y representarse. Actores y actrices desde la infancia temprana. Sigo sentado en el sillón y ya no queda en la sala otro espectador.
“Te mato, dame toda la plata o te mato”. Por un momento vuelven los ladrones. Uno me apunta, el otro protesta. La chica sube la escalera con Juanita en brazos. Alzo la vista. Sigo sin poder acordarme de su cara. Se cruza con mi amigo Marcelo, que se detiene detrás de ella y repite su parlamento: “la muerte no es un problema porque no tiene solución”. El absurdo entra por la puerta principal: es Camus sobre su moto. Me ve acostado en el suelo, intenta esquivarme. Rueda y queda tendido en el suelo. Ya no respira. A un costado queda su alforja con sus últimos escritos. Chinasky llega desde la cocina agitando una botella casi vacía. Avanza decidido a golpear al muchacho del revólver y no habrá dios que lo detenga. Temo en qué pueda terminar este sueño. Muevo la cabeza, miro hacia la TV y me pongo de pie. Ya se han esfumado Camus, Chinasky, los ladrones y mi silueta extendida boca abajo sobre el suelo.
Entro en la cocina. El bueno de Antonio, parado detrás de Felipe, alza su brazo.
“¿Dices que nada se pierde? Si esta copa de cristal se me rompe, nunca en ella beberé, nunca jamás”.
Felipe golpea el tenedor contra el plato.
-¡Quiero Coca, papito!
Ya no piensa en la muerte.

sábado, 3 de abril de 2010

El hombre, el niño y los dragones


Es Viernes Santo por la tarde y el hombre sale caminando del hipermercado con el niño en brazos, rumbo a la parada de colectivos. Vienen de ver Como entrenar a un dragón y de comprar dos remeras y dos bolsas de pan rallado. Unos metros antes de la parada, desde el carril opuesto, alguien les toca bocina desde una camioneta doble cabina. Dos mujeres gritan el nombre del niño. Ellos se vuelven y las saludan.
-¡Carmen!- grita el niño mientras agita una mano. Son parte de la numerosa familia de Elena, la mujer que cuida al niño y a su hermana. El marido de la mujer retiró la ranger dos días atrás, luego de pagar por años un plan de ahorro. Ramón, el hijo de Elena, va al volante. Vuelven felices a su casa de San Vicente. Alegría de gente que trabaja.
La camioneta se aleja. Cuando el hombre y el niño llegan a la parada, suena otra bocina. Es un Peugeot 405 verde. El hombre mira hacia adentro. Su vecino tiene uno igual, pero no es él. Conoce este auto, porque lo manejó durante dos semanas cuando Javier se lo prestó para que lo usara hasta que le entregaran el suyo. Después Javier se lo vendió a otro compañero, el que tocó bocina y al verlos acercarse abre la puerta del acompañante y los invita a subir. Por un instante piensa en subir atrás, por el niño. Pero lo incomoda que parezca un desprecio. Será la primera vez que el niño viaje en el asiento delantero.
Mientras estuvieron en el hipermercado, el hombre pensó varias veces en la posibilidad de un encuentro. No era un encuentro indefinido. Pensaba en tres personas, tres caras que no recuerda del todo bien. Dos noches atrás, volvía manejando y dos muchachos y una chica se le metieron en el garage, amenazándolo con un arma. Entró con ellos en la casa donde lo esperaban su mujer, el niño y la pequeña hermana del niño. Los hicieron acostarse en el suelo, les preguntaron por la plata, les dijeron que era un asalto “entregado”, les preguntaron por una caja fuerte que no existe. La muchacha tomó en brazos a la niña, el muchacho que no llevaba la 22, al niño, apenas por unos segundos, pues accedió al pedido de la madre, que quería tenerlo con ella. “No les va a pasar nada”, la tranquilizó la muchacha. Insistieron hasta que se convencieron que no había más plata que la que estaba en el auto y en los bolsillos del hombre, los encerraron en un baño y se largaron en el automóvil. Además de dos cámaras, varios teléfonos y un monitor, se llevaron un bolso de bebé y una de las dos cajas de autitos de colección del niño. La muchacha también era madre. Al hombre y a su mujer les dio la misma impresión durante el robo. Fue un alivio confirmarlo. Alivio porque no pasó lo peor, o porque lo que pasó no fue del todo un sinsentido. Saber que esas tres vidas no estaban en el mundo sólo para hacer daño. Lo cierto es que el hombre piensa en encontrárselos. Lo piensa tanto que imagina el encuentro varias veces. “Esperen, lo que pasó ya pasó”, les dice para tranquilizarlos. “Cuidado, miren que no les va a tocar siempre alguien como yo”, aconseja. Una de las veces en que fabula el cruce, hasta se pone a disposición de ellos para cuando estén en problemas y necesiten ayuda. También le preocupa que al niño le duren más los autitos de colección que la madre. Pero lo que más parece interesarle es el auto. En cada uno de los encuentros imaginarios les pregunta si lo dejaron tirado o lo llevaron a un desarmadero. Nunca llegan a contestarle, porque para esa respuesta necesita a los reales y no a los imaginarios. Se ha pasado la vida soñando conversaciones disparatadas. Tal vez le ha servido para que no lo sean tanto las verdaderas.
-Este Peugeot aparece cada vez que ando sin auto.
-Sí, me contaron lo que te pasó.
-Un bajón.
El compañero le cuenta que viene de un asado en una granja. -Yo me rehabilité ahí, hace muchos años-. El hombre ignoraba esa parte de su historia. Años de trabajar juntos sin saber demasiado uno del otro.
-Podríamos armar un centro de rehabilitación en la quinta de la Fundación. Hace rato que tenemos el proyecto pero no tenemos a nadie con tu experiencia.
Parecen entusiasmados con la idea. No hablan de otra cosa en las diez cuadras que dura el viaje. El niño no les presta demasiada atención: está mirando el mundo desde el asiento delantero.

El hombre también pensó en los ladrones dentro del cine. Esa tarde fue con el niño a ver Como entrenar a un dragón. Hippo es el adolescente que relata y protagoniza la historia. Vive en un pueblo de vikingos, cuya principal actividad es resistir los ataques de diversas especies de dragones que se comen sus ovejas y destrozan la aldea. El padre de Hippo es el líder de esa comunidad, por ser el más empecinado, fuerte y valiente. Pero el joven Hippo es muy distinto. Es frágil, torpe y ajeno, pero a su modo se sueña héroe de los suyos. En una de sus aventuras solitarias, con un disparo clandestino consigue herir a un dragón Furia Nocturna, algo que ningún vikingo había conseguido antes. Va en su búsqueda, lo encuentra en el bosque y allí descubre que no se atreve a matarlo. Pero además, descubre que puede ser amigo del dragón, domesticarlo (crear lazos, así definió el zorro domesticar en su encuentro con el pequeño príncipe). Allí empieza la lucha de Hippo para que el resto del pueblo entienda que no tiene más sentido la pelea interminable contra los dragones. En medio de esa historia el hombre pensó en los muchachos que se metieron en su casa y en el miedo. Toda la vida se había preguntado como reaccionaría frente a alguien que lo amenazara con un arma. Nunca imaginó que la responsabilidad de superar la situación le daría una tranquilidad en la que no hubo demasiado espacio para espantarse. Que haya pensado en eso mientras veía la película no quiere decir que sea lo mismo enfrentarse a un atacante armado que domesticar dragones. Pero atacar, domesticar y matar son comportamientos que llevan milenios. Tal vez el robo volvió a encenderse en su cabeza frente a la pantalla porque demasiadas personas piensan en soluciones vikingas para terminar con los dragones que se meten en casas ajenas a punta de pistola. Él y los suyos no se quemaron, pero sufrieron. El ataque no lo paralizó de temor, tampoco lo volvió rencoroso. Claro que los que entraron en su casa eran dragones menores, nada parecidos a un Furia Nocturna. No fue tan difícil evitar que vomitaran fuego, aunque hubo que permitir que se llevaran unas cuantas ovejas del pueblo. Lazos módicos y efímeros. El día del robo, durante la mañana, el hombre se encontró con Isabel. A ella le mataron un hijo. No se cansa de repetir que piensa en cualquier cosa menos en venganza. Está preocupada por los pibes del barrio. Muchachos como los que entraron a la casa del hombre. Perder un hijo es un fuego que quema por siempre. Tal vez sea el peor de los ardores. Pero ella no odia. En el cine, cuando apareció desde el corazón de un volcán el más feroz de los dragones, el niño se escondió detrás de las butacas. Durante el robo, no se perdió detalle de lo que sucedía, conmovido en su silencio. El hombre se cree muy distinto al jefe vikingo, pero de todos modos confía en que su niño sabrá actuar mucho mejor que él cada vez que le toque cruzarse con alguien que eche fuego por la boca.
-¡Chau, hablamos la semana que viene- se despide el hombre al bajar del auto.
-Chau, campeón- saluda el compañero dirigiéndose al niño.
Ya en la vereda, el hombre le pone la mochila y lo levanta en brazos.
-¿Se fue?- pregunta el niño con su media voz.
-Sí.
-¿Y Carmen?
-También, se fue a su casa.
-¿Y quién está?
-¿En casa? Mamá y Juanita.
Se para sobre el cordón, mira hacia ambos lados y se dispone a cruzar la carretera.
-¿Mamá y Juanita?-Insiste el niño mientras cruza.
“Sí, mamá y Juanita. Ni el dragón ni los muchachos”, piensa el hombre. Una vez del otro lado, lo para sobre la vereda y le dice que corra hasta la casa. Pero el niño le pide ir de la mano. Caminan. El hombre mira hacia enfrente, tras el cerco de la casa en venta en la que tal vez se escondieron los ladrones. El niño se decide a soltarse y corre. La cuadra es otra vez sólo para ellos dos.
-Esto recién empieza- dice el hombre mientras a sus espaldas van y vienen autos por la carretera.

sábado, 20 de marzo de 2010

DILEANDO CON UN ALMA


Charly toca menos. Es el frontman de la banda y extraño que en un mismo recital demuestre que es increíble con los teclados, el bajo o la viola. Monitor, el plomo que se comía los microfonazos en los días de locura, dice que aquella locura nunca llegó a opacar su genio. Y yo, cuando leo al típico TN Mariano del Mazo elogiándolo en Clarín, me asusto, temo que ese genio se haya doblegado al Charly que le exigían: el karaoke ordenado de sus grandes éxitos. Con egoísmo extraño el talento frágil e infinito del Charly que pasa la lengua entre sus dos manos abiertas como una vagina en el video de Influencia, el que resucita haciendo rockear a Mercedes en Cerca de la Revolución, el que canta trepado al piano bajo la lluvia fría en un Quilmes Rock, el genio que dilea con un alma que no puede entender. Pero es un instante de temor apenas, que se esfuma porque soy parte de la locura que desata la banda a mil pero también porque sigue en el centro, domina la situación, es una forma de reposo del guerrero en la que se prueba en su nueva comprensión."Y aunque no pierdo la esperanza/a veces con vivir no alcanza/voy a tomar un poquito más/De aquella medicina del doctor", dice la nueva canción que, por supuesto, Del Mazo entiende mal. Salvarse tiene su lado desangelado y también sus raras medicinas. "El hombre del oído absoluto se había quedado absolutamente sordo", dice su manager que Charly le dijo. Desde esa nueva comprensión dilea con su alma. Por un instante deja volar los dedos sobre el teclado. Se me estremece la respiración. Estoy frente a él en el Luna Park. Aliado de su talento.

jueves, 18 de marzo de 2010

SANTA CATALINA RESERVA NATURAL YA


Ayer dimos un paso muy importante para conseguir que el predio de Santa Catalina (más de setecientas hectáreas en el partido de Lomas de Zamora, cada vez más despojado de espacios verdes) sea declarado Reserva Natural y se inicie un camino de protección y recuperación que lo ponga a salvo de desmanes ambientales y despropósitos inmobiliarios.Los grandes protagonistas de esta lucha son centenares de vecinos que organizados de manera diversa han tomado esa lucha como propia y llevan años defendiendo el predio donde se asienta la laguna de Santa Catalina.Al conseguir que en el Concejo Deliberante hayamos aprobado por unanimidad que la creación de la reserva es de Interés Municipal y le reclamemos al gobernador y a la Legislatura su creación, se dio un paso que vale no sólo por la decisión tomada, sino por haber tenido la paciencia, la firmeza y el entusiasmo de superar las dificultades, los desencuentros y las diferencias para encontrar un camino común por el que pudieron y pueden transitar todas las expresiones políticas y comunitarias de Lomas de Zamora. Ayer fue un placer escuchar la pasión y el conocimiento conque el licenciado De Magistris y los vecinos hablaban de la Reserva y ver que oficialistas y opositores nos uníamos en esa lucha que ahora debe seguir adelante con màs fuerza. Los aplausos sostenidos que coronaron las votaciones fueron un símbolo de lo que podemos conseguir con firmeza de voluntad, inteligencia y pasión. Pocas veces me fui tan feliz de una sesión del Concejo. Sé que Santa Catalina será reserva natural, porque ya lo es en el alma de cada persona que día a día se suma a esta lucha.

miércoles, 10 de marzo de 2010

ELOGIO DE LA DESMESURA


¿Tienen conciencia los jueces de la Corte al firmar un comunicado que la opinión que emiten lleva todo el peso de su investidura? Al opinar por esa vía, no sólo se apartan de su función específica, sino que además asumen el riesgo de desmerecer su autoridad y sembrar dudas respecto de su compromiso real con libertades esenciales para nuestro sistema democrático.
No fue una simple chicana que la presidenta Cristina Kirchner asociara el pedido de mesura a la palabra censura. Si para muchos la libertad de expresión es la piedra de toque de la democracia tal cual está concebida en constituciones como la norteamericana o la nuestra, preocupa y asombra que los jueces del máximo tribunal emitan comunicados con sugerencias acerca de cómo deben expresarse los ciudadanos, sean estos legisladores, vendedores ambulantes o la propia presidenta.
Día a día los habitantes tenemos la posibilidad de evaluar si la presidenta es mesurada o desmesurada, razonable o arbitraria, inteligente o torpe, corajuda o temerosa, temeraria o prudente, solidaria o egoísta, defensora de los humildes o de los poderosos, democrática o corporativista.
No necesitamos ni constituye un aporte valioso que la Suprema Corte emita comunicados que, dada la función específica y la responsabilidad institucional de sus integrantes, establecen una limitación difusa a la libertad de expresión de los integrantes de los otros poderes. En todo caso, si existiera alguna cuestión judiciable que afectara a alguno de ellos, podrán opinar al momento de emitir sentencia.
Pero además, pareciera que algunos de sus miembros se sienten obligados a responder al imperativo que algunos integrantes de la corporación judicial pretenden imponerles. Si la Corte se suma a esa lógica, si se siente obligada a asumir funciones que en todo caso competen a los colegios y a las asociaciones, será difícil seguir avanzando en la lucha por la independencia del ejercicio de la función judicial y su jerarquización.
Con esa reacción, se pretende negar una realidad que viven y comentan con habitualidad abogados, imputados, familiares de imputados y hasta funcionarios judiciales, en referencia a situaciones de corrupción que suelen verificarse en el otorgamiento de las excarcelaciones. ¿Pretende la Corte con ese comunicado que nosotros creamos que el pedido a los familiares de suculentas sumas de dinero para obtener la liberación de imputados desde ámbitos policiales o judiciales es un delirio de la presidenta?
¿Qué se hace desde la administración de justicia, incluida la propia Corte, para combatir prácticas corruptas que muchos ciudadanos sospechamos han adquirido habitualidad alarmante?
Uno de los grandes logros de esta etapa es la conformación de una Corte Suprema cuya independencia del poder político de turno es ampliamente reconocida. Pero que sea independiente no quiere decir que sea infalible, ni tampoco, que los ciudadanos y sus representantes no puedan apuntar su mirada crítica a los problemas y las deficiencias de nuestra administración de justicia. Es nuestro derecho. Ojalá sepan disculparnos esta desmesura.

lunes, 8 de marzo de 2010

Soneto para Mariana




Ay mi respiración, encrucijada
de tus ojos silente pasajera
tras tus piernas alpinista agitada
Vacila sincopada en su quimera.

Cuando mi voz quedó atascada
tu sonrisa de gioconda casi nena
me ayudó a intuir la madrugada
de mis palabras meciéndote las penas.

Hoy, tan madre aquella niña espera
se llamen a luna los saltos y la risa
para tenderme la tibieza de su mano

clandestina en la calma pasajera
ciertos de que no nos corre la prisa
si el amor late lejos del miedo vano.

sábado, 23 de enero de 2010

Enredrados


Es cierto que la mayoría de quienes enfrentan a este gobierno lo hacen molestos y preocupados por sus aciertos y no por sus errores.
Pero con nuestros errores nos hemos puesto en la riesgosa situación de quedar condenados a una irreparable situación de aislamiento y derrota.
Sabemos lo difícil que es intentar recomponer nuestra imagen y nuestras chances político electorales luego de los efectos del conflicto con el campo y del durísimo enfrentamiento que sostenemos para que el poder político democrático deje de ser rehén de los grandes grupos mediáticos y sus negocios.
Por eso, cuando uno repasa lo sucedido con el DNU de afectación de reservas para el pago de deuda y la destitución de Redrado al frente del Banco Central, no puede quedarse en silencio frente a la facilidad con que nos damos la cabeza contra la pared.
Ahora hemos descubierto el escenario hostil que significan el mayor peso parlamentario de la oposición y el hostigamiento de sectores de la justicia frente al recorte de nuestro poder.
Es algo que debimos evaluar antes de elegir el camino con que íbamos a intentar poner en marcha la reapertura del Canje de deuda.
Porque nos equivocamos tanto que hasta le hemos dado la posibilidad a jueces que probablemente sean hostiles a nosotros de redactar un fallo cuya razonabilidad es difícil de cuestionar.
Que no existía necesidad y urgencia de dictar el DNU es tan notorio, que hasta la propia reacción de los funcionarios del gobierno, minimizando los efectos negativos del fallo y la existencia de alternativas para sostener la reapertura del Canje, lo terminan de comprobar.
Pero más allá de esa discusión jurídica, el DNU fue un desacierto político en el que aparecimos como unilaterales e irrazonables y dimos la oportunidad a quienes efectivamente conspiran en nuestra contra de presentarse como víctimas y asistidos por la razón.
A su vez, empujamos a nuestros potenciales aliados de centroizquierda a refugiarse en posturas abstractas respecto de la deuda para evitar plegarse al frente opositor.
Porque si es tan claro y ventajoso utilizar reservas para reabrir el canje y salir definitivamente del default en términos económicos y políticos y si de ese modo terminábamos de completar el ciclo histórico que permitió que el país saliera del infierno, nuestra necesidad y nuestra obligación era instalar ese debate en el Parlamento con un proyecto de ley, dándole amplias facultades a nuestros líderes parlamentarios para construir mayorías en torno a la iniciativa.
El error ya está cometido. Sería bueno que paremos de buscar atajos para superar la situación. Creo que apelar el fallo ante la Corte sería un nuevo desacierto.
El Parlamento debe asumir la responsabilidad de debatir el camino para salir del default. Debe hacerlo no a partir de un DNU, sino de un proyecto de ley de nuestra presidente.
Involucremos a la oposición, obliguémosla a hacerse cargo de la responsabilidad que significa la cuota de poder que detentan, desnudemos su ausencia de propuestas.
Y para el camino que resta, recuperemos la sencillez y la humildad, seamos menos pretensiosos y “fundacionales”, dejemos que las contradicciones de nuestros rivales vayan ganando peso, ahora que hay varios entre ellos que creen que tienen chances de sucedernos.
Tenemos en el haber que el país salió del infierno a partir de nuestro proyecto de Nación, tenemos un gran candidato, tenemos una situación económica que mejora y un piso más que interesante para comenzar a revertir el rechazo.
Está claro que no será fácil. Al menos, tengamos el tino de no seguir complicándolo.