viernes, 28 de septiembre de 2012

Árboles como gigantes grises


Del otro lado de la estación, las sombras eran largas y pálidas. De este lado no había rincón que pudiera sustraerse a los rayos de sol, que estallaban al paso de las miradas sobre los rieles.
— ¿Querés galletas? — preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre el piso del vagón.
— Hace calor — dijo el hombre.
— Tomemos cerveza.
— ¿Qué cerveza?  
— La muchacha rió y sacó de su bolsa una cantimplora.
— ¿Tiene cerveza?
La extendió hacia el hombre, que le quitó el tapón y bebió dos largos tragos de agua aun fresca. La muchacha miraba la hilera de árboles detrás de la estación. El sol pulverizaba la mañana con tal fuerza que todos los colores parecían ser el mismo.
— Parecen gigantes — dijo.
— Parecen árboles- dijo el hombre luego de volverse casi sin mirar.
— Son árboles. Pero parecen gigantes grises.
—Son gigantes y es cerveza.
La muchacha bajó la vista y rio.
—Son barcos piratas y es anís- dijo él sacando una petaca del bolsillo interior de su saco raído.
—¿En serio?
—En serio.
— ¿Puedo probarla?
— Sólo un sorbo, o los piratas vendrán por vos.
Echó un trago.
-No está mal- dijo disimulando el desagrado.
— Está pésimo.
— Me han dado ganas.
— ¿De qué?
— De hablar.
— Así pasa con todo.
— No- dijo la muchacha— Hay cosas que te dejan en silencio.
— Uh, basta ya.
— Vos empezaste — dijo la muchacha— . Yo me divertía. Pasaba un buen rato.
— Bien, tratemos de pasar un buen rato.
— De acuerdo. Yo trataba. Dije que los árboles parecían montañas. ¿No fue ocurrente?
— No mucho.
— Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que podemos hacer, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?
— Y comer galletas.
La muchacha contempló la arboleda.
— Estuve bajo esos árboles — dijo— . En realidad no parecen montañas. Fue apenas por un instante que tuve esa sensación.
— ¿Querés otro trago?
— Sí.
Ella bebió de la petaca, él de la cantimplora.
— Buena y fresca — dijo el hombre.
— Es de la bomba de mi casa — dijo la muchacha.
— En realidad se trata de una despedida sencilla — dijo el hombre—. Bah, no es una despedida.
—No digas— dijo la muchacha y se miró los pies enfundados en las sandalias livianas,  balanceándose a medio metro del piso.
— Yo sé que lo vas a superar. En realidad soy nadie. En tu vida entrará más aire.
La muchacha no dijo nada.
—No estaremos más juntos, o estaré siempre contigo. Podés verlo de las dos maneras.
— ¿Y qué haré después?
— Estarás bien después. Sabrás qué hacer.
— ¿Qué te hace pensarlo?
— Lo único que nos molesta, que nos hace infelices, es que partiré y lo haré solo. Pero ahora somos mejores que cuando nos conocimos.
— Y pensás que estarás bien y seremos felices.
— Lo sé. No debés tener miedo.
— Yo también lo sé— dijo la muchacha— . Y es lo que me da miedo. ¿Cómo es que uno se acostumbra y vuelve a ser feliz?
— Bueno — dijo el hombre—,  no estás obligada. Pero sé que es perfectamente sencillo.
— ¿Y vos serás feliz?
— Mi felicidad es luchar. Pero sabés que hay muchas cosas de este mundo que me hacen infeliz.
— ¿Y sólo vos tenés derecho a indignarte? ¿Por qué no puedo indignarme junto a vos?
— Te quiero. Sabés que te quiero.
— Sí, pero me dejás aquí, sola.
—Ya sabés por qué elijo partir solo.
— Sí, y que los árboles son árboles.
— Con el tiempo me darás la razón. Será lo mejor para vos.
— ¿Lo mejor? ¿Sola en este pueblo?
— ¿Qué querés decir?
— Que ya aprendí cosas de vos.
— Lo sé.
— ¿Pero para qué las aprendí si tengo que quedarme? ¿Qué haré con mi indignación, aquí sola?
— No estás obligada a quedarte si te sentís así.
-¡Pero!
-Que no vengas conmigo no quiere decir que no busques un camino.
La muchacha se puso de pie y saltó al pie del vagón. Una nube cruzó bajo el sol y ella aprovechó para mirarlo sin entrecerrar los ojos.
— Y podríamos hacerlo juntos — dijo— . Podríamos hacerlo juntos y estás a punto de destruirlo.
— ¿Qué dijiste?
— Dije que podríamos hacerlo juntos.
— Vos podés hacerlo, yo puedo hacerlo.
— No, no podré.
— Tenés todo el mundo para elegir cómo hacerlo.
— No, envejeceré aquí.
— Podés ir adondequiera.
— Yo quería hacerlo con vos.
— Ya lo hiciste. Ahora te toca seguir sola.
— Me lo estás quitando. No lo recobraré.
— Nada te he quitado.
— Me lo diste y me lo quitás.
— Ya verás que no. Volvé a la sombra — dijo él— . No debés sentirte así.
— ¿Me das otro trago?
— Bueno. Pero tenés que darte cuenta…
— Me doy cuenta — dijo la muchacha. ¿No podríamos callarnos un poco?
Se sentaron uno junto al otro con las piernas asomadas fuera del vagón. La muchacha miró hacia los árboles y el hombre la miró a ella y ella se miró las piernas.
— Tenés que entender — dijo— que estoy en peligro y debo seguir solo.
— No temo al peligro. Hallaríamos manera.
— No quiero a nadie más que a vos, Eva. Y sé lo que puede suceder.
— Sí, vos sabés todo.
— Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.
— ¿Querrías hacer algo por mí?
— Yo haría cualquier cosa por ti.
— ¿Querrías por favor?
—¿Por favor qué?
— Por favor callarte la boca.
Él no dijo nada.
— ¿Por qué siempre huele así el aire si ahora no hay en marcha ningún tren?
— Se impregna.
— A veces siento que el mundo se volverá irrespirable.
— Es irrespirable para la mayoría de las personas. Mineros, ferroviarios...
— Mi madre, yo, que también me quedaré sola…
— Tu vida será distinta a la de tu madre.
Él tomó su pequeña valija y la llevó cruzando los rieles hacia el andén de la estación. Miró a la distancia.
— Ya viene mi tren — dijo.
— Sí, ya lo he visto- dijo ella y se pasó la mano por la frente.
— Vení.
Caminó hasta él y lo abrazó apoyando la cabeza en su pecho. Se quedó así varios segundos, como queriendo recordar por siempre sus latidos. Luego lo miró.
-Ahora me gusta tu bigote.
-¿Sí?
-La primera vez que te vi me pareció ridículo. Me sigue pareciendo lo mismo, pero ahora me gusta.
El sonrió. Ella volvió a apoyar la cabeza en su pecho, mirando hacia el lado opuesto al de donde venía el tren. Pero igual lo veía. La luz de la locomotora se encendió en sus ojos y el resto del mundo pareció ponerse en blanco y negro, como si su vida estuviera a punto de  quedarse sin luz.
Entonces miró a Damián, le acarició los labios bajo el bigote, respiró hondo y se preguntó cómo haría para seguir después del  adiós.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Eva y Adán



I

Soy distinto. Distinto a todos los animales. Los observo y me doy cuenta. Los veo hacer siempre lo mismo, día a día, se trate de pájaros o de jirafas. Ni siquiera los monos, que un poco se me parecen, pueden lo que yo: detenerse, mirar, tratar de entender cómo funciona la vida en este bosque. Y además está la voz. Esta voz que llevo dentro, que habla desde alguna parte que a veces parece afuera y otras dentro de mí. En algunos momentos parece mía, siento que podría abrir la boca y gritarles a todos en el bosque lo que ella me dice. En otros cambia de color, lleva otra fuerza, otra sonoridad. Como si alguien más estuviera viéndome desde alguna parte y diciéndome cosas. O como si hubiera más de una persona dentro de mí. Así las cosas con mis voces. Y sin embargo, aquí estoy, sobreviviendo entre bestias, intentando encontrar un lugar en este bosque. Solo, siempre solo.




II


Fue después que me caí del árbol. No sé cómo  sucedió. Hace tiempo ya que subo y bajo con destreza de los árboles, e incluso puedo caminar y correr en dos piernas por los claros del bosque. Quizá fue el exceso de confianza. O puede que me haya distraído de tanto pensar, confundido entre mis voces. Lo cierto es que resbale y quise colgarme con las manos, pero no pude. Me faltó fuerza y caí.
Me dí un fuerte golpe a un costado de la espalda. Al principio no sentí un dolor muy fuerte. Pero después me di cuenta que me dolía al respirar, como si me hubieran arrancado un hueso de la espalda.
Allí fue que ella apareció. Estaba parada detrás de mí, mirándome. También era distinta. Pero dos veces distinta. Distinta de todas las otras bestias, como yo. Pero también distinta de mí. Me quedé mirándole las semejanzas y las diferencias. Ella también me miraba. Supongo que también percibía algo similar. No se acercaba ni se alejaba, pero  parecía no temerme. Me mantuve quieto, pero mi voz estaba ansiosa, no paraba un instante de decirme cosas de ella, se me subía desde el pecho hasta la garganta, desde la cabeza hasta las mandíbulas. Hasta que un suspiro me despegó la lengua del paladar y cuando el aire volvió hacia fuera mi voz escapó desde mis labios y me oí por primera vez.
-Eva-. Esa fue la palabra que dije. Desde entonces decidí llamarla siempre así.




III


Es raro. Tan parecidos y tan distintos. Anda siempre serio, preocupado, como si llevara varias personas dentro. Estamos en este bosque, donde ningún animal se muestra hostil a nosotros. Tenemos frutos de los colores más diversos y agua dulce y cristalina en el río. No hace demasiado calor de día ni demasiado frío de noche. Sin embargo, no tiene tranquilidad. Yo le hablo de todas las cosas que podríamos hacer. El me responde alertándome sobre las que están prohibidas.
No sé quién las ha prohibido. Me habla de una voz que no es su propia voz. Y que esa voz le ha dicho que podemos comer frutos de todos los árboles del bosque, menos de uno. Y justo es el árbol que más me gusta. “El árbol del bien y del mal”. Ese es el nombre que le puso la voz. Yo lo miro, le doy vueltas alrededor, y no le veo el mal por ninguna parte. Pero él me dice que si comemos alguno de sus frutos, moriremos.
La primera vez que me lo dijo, me estremecí. Pero luego sentí un gran alivio. Hice memoria y me di cuenta que, vaya a saber por qué razón, nunca había probado ninguno de los frutos del árbol. Pero el tema me siguió dando vueltas en la cabeza. ¿Para qué puede servir un fruto que mata? Sentía una gran curiosidad, pero no estaba dispuesta a correr el riesgo de averiguar la verdad a costa que mi vida. Así estuve hasta que, observando, me di cuenta de algo. Algunos de los frutos del árbol, los más maduros, tenían picotazos de pájaros. Una tarde vi a uno de esos pájaros atreviéndose a las frutas del árbol prohibido.. Lo reconocí porque tenía un nido en el tronco del árbol más alto del bosque, el pino que siembra de agujas el suelo y no deja crecer la hierba a su alrededor. Se lo veía bien, y así lo volví a ver dos tardes más. Si el fruto no le hacía daño a los pájaros, ¿por qué habría de matarnos a nosotros?
Pensaba en esto cuando una serpiente se me apareció en un claro del bosque. No sé por qué sentí temor, pero me quedé inmóvil al verla delante de mí. Ella se detuvo, abrió su boca como si pudiera devorarme entera y luego se alejó  subiéndose a un árbol pequeño. “Podría comerse un elefante con esa bocota”, pensé, y me reí sola de imaginar su cuerpo largo y delgado con un elefante adentro. La miré trepar por el tronco y vi que se enroscó en las ramas más cercanas a mí y se quedó observándome. Me miraba como si quisiera hablarme. Me acerqué a ella y me di cuenta que ya no sentía miedo. Entonces volví a pensar en el árbol del bien y del mal. Fue como si la serpiente se hubiera cruzado en mi camino para hacerme entender que no tenía buenas razones para temer a lo que pudiera sucederme si comiera esos frutos. No era cierto que fuera a morir. Así como presté atención a los temores de Adán, también fui capaz de observar el árbol, de ver qué sucedía con los pájaros que picoteaban sus frutos, de medir con cuidado los riesgos. Era muy poco probable que muriéramos por probar el fruto que la voz que resonaba en la cabeza de Adán nos había prohibido. “Si se lo explico, él me entenderá”, pensé, y me puse a caminar en su búsqueda.









IV


Lo que menos entiendo de todo lo que me explica es lo de la serpiente. No sé de donde ha sacado que una serpiente puede abrir la boca grande como un animal, ni cómo su mirada puede hacer que uno entienda mejor las cosas. Es como si la serpiente le hubiera hablado, como si a la cabeza de ella también llegaran otras voces además de la propia. Pero lo de los pájaros es cierto. También vi los frutos picoteados y no he visto pájaros muertos cerca del árbol. ¿Será que la voz que oigo sólo quiere asustarme? ¡Cómo saberlo! Por más que tenga razón, ¿qué necesidad tenemos de probar ese fruto, si en el bosque hay alimentos suficientes para que no pasemos hambre nunca? ¡Me confunde, me marea, altera todo! ¡Bastantes preocupaciones tengo que ella ni entiende para estar aquí esperando que baje de ese árbol! Es cierto que no le ha faltado gracia al treparse. Lo peor de todo es que no puedo dejar que sólo ella lo pruebe. No sería justo. Al fin y al cabo, si estamos juntos en este bosque, los dos debemos correr el riesgo. En realidad, debería probarlo sólo yo, que soy más fuerte. Pero sería imposible convencerla de eso.



V


Lo más curioso de probar la fruta prohibida no fue su sabor, que no está mal. Empezamos a comer sentados uno frente al otro, mirándonos felices, riéndonos, y en ningún momento sentimos temor. Fue como si al decidirnos a hacer algo juntos, fuera imposible pensar en que algo malo sucediera. Comimos hasta hartarnos, y después nos quedamos tirados panza arriba en el pasto, mirando como la luz de la tarde se esfumaba lentamente en el cielo. Luego le di la espalda para dormirme y ella se acurrucó detrás de mí y me abrazó. No protesté. Tomé su mano. Su tibieza era apenas diferente a la mía. Sentí que algo bullía dentro de mí. Quizá fue por ella. O quizá fue el atracón de fruta que nos dimos.





VI


No entiendo por qué despertó así. Nos habíamos animado a los frutos del árbol del bien y del mal, nos habíamos dormido juntos y felices. Pero al amanecer, ya era otro. Bah, el de antes. El temeroso, el preocupado.
“Hemos cometido un error”, me dijo cuando quise hablarle.
“Si hubiera sido un error no estaríamos vivos”, le dije.
“¡Todo se complicará, hay muchas formas de morirse!”, me gritó acercando su cara a la mía mientras me apretaba fuerte la muñeca. Me quedé en silencio. Preferí no decir más. No sé de dónde saca esas ideas, ni por qué se pone así de violento. Es como si la voz que le habla fuera la del mismísimo miedo.






VII


“¿Cómo pudiste ser tan tonto? ¿Para qué eres más inteligente y más fuerte si dejas que ella te engañe así? ¿Qué has obtenido comiendo esos frutos? Te lo diré: nada. Renunciaste al fruto más importante: él del árbol de la vida. Ya nunca podrás encontrarlo. Y tendrás que lidiar el resto de tus días con ella. No será la primera vez que intente convencerte de cosas que no te convienen. Si algo de carácter te queda, no deberías permitírselo. Es de esperar que sepas demostrarle quién manda.







VIII


Ahora quiere que elijamos un lugar para vivir. No la entiendo. Para qué quiere elegir un lugar si tenemos todo el bosque para nosotros. Todo por una simple lluvia. “No podemos dormir bajo la lluvia”, protestó. Como si no hubiera muchos árboles para protegerse. O como si uno fuera distinto al otro. Pero ella ya tiene un lugar en vista. “Ves, aquí estamos bien protegidos, la lluvia no ha llegado”, me dice. Retiró las piedras, arrancó algunas matas. “Me pregunto con qué podríamos abrigarnos por la noche”, pensó en voz alta. Se me ocurre una idea al respecto. Mientras tanto, sigue durmiendo acurrucada junto a mí cuando hace frío. Y cuando no hace frío también.




IX


Mi idea no había sido tan buena. Me dí cuenta apenas llegué al lugar donde había visto el animal muerto. Pensé en quitarle su piel para usarla como abrigo. Pero tenía un olor insoportable y estaba llena de bichos. Me alejé contrariado y en el camino de retorno junté algunas cortezas, hojas y ramas que podrían servirnos para el lecho. Cuando la vi sonreír me di cuenta que yo estaba haciendo lo que ella esperaba que hiciera. Solté las hojas y cortezas a sus pies y me fui a dar una vuelta por ahí.






X


Se va y desaparece por horas. Como si me evitara. Como si intentara descubrir algo sorprendente en el bosque. Ahora habla menos. Ya no me angustia con esos reproches que resuenan en su cabeza. Ahora le da por las ideas raras. Que podríamos abrigarnos con pieles de animales si encontráramos la manera de quitárselas antes que se pudran, o que podríamos quitarles las plumas a las aves y comernos su carne. ¿A quién se lo ocurre? Bastante mal ya saben los peces secados al sol. Su última locura es que podríamos quemar la carne. Se le ha ocurrido después del último fuego que se encendió en un árbol que cayó fulminado desde el cielo en medio del viento, los truenos y los rayos. “Si el sol seca la carne de los peces, el fuego podría secar la sangre de la carne de las aves”, me dijo. No le he dicho que no. Son ideas disparatadas, pero al menos no está protestando o creyendo que alguien nos castigará con la muerte por comernos unas cuantas frutas.





XI


Es la primera vez que el cielo se pone así de noche. Los relámpagos encienden las siluetas de los árboles, los truenos repiquetean en el aire y ella se aprieta con fuerza contra mi espalda. Está muy asustada. No es momento para reproches, pero es la primera vez que tenemos semejante tormenta de noche y me pregunto si no es parte del castigo por haber comido las frutas prohibidas. Alguien en el cielo parece estar muy enojado. Sin embargo, casi no nos hemos mojado. Debo reconocer que ella encontró un muy buen lugar para dormir y refugiarnos del mal tiempo. Y que dormir juntos es una de las buenas cosas de esta vida. Me siento bien cuando ella me abraza y por momentos, una cierta conmoción bulle en mi sangre.
Con ella prendida a mi espalda, me ha nacido una nueva voz. Es que cada noche me hace preguntas, me cuenta alguna cosa que le pasó durante el día, me interroga acerca de los ruidos de la noche. Todas las noches menos hoy. La tormenta la mantiene en silencio. Así hasta que por fin habla.
“Tú y yo somos diferentes”, dice.
“Mira que descubrimiento”.
“En serio”, insiste, y me toca entre las piernas.
“¿Qué haces?”, protesto.
“¿Qué haces tú?”, replica sin quitarme las manos de encima.
“Nada”.
“He visto a otros animales ponerse así!”.
“¿Así cómo?”
“¡Así!”
Me vuelvo hacia ella. Se me sube encima y me mira. Ya no se ríe. Un relámpago enciende el cielo. Le veo una expresión extraña. Con los ojos perdidos en la oscuridad de la tormenta, me descubro dentro de ella. Ya no habla. Sólo se mueve y jadea.




XII


Podría morir ahora. Estoy tan feliz… Nunca sentí esto antes. Estoy exactamente donde quiero estar. Me gustaría estar en la cabeza de él para saber qué siente.
El amanecer siguiente a la noche de la tormenta se largó otra vez por ahí apenas despertó. Casi no hablamos ese día. A la noche nos dormimos en silencio. La mañana siguiente fue igual. Pero volvió feliz de su excursión. Se apareció con unos huevos pequeños. Los encontró en el nido de un ave que había caído al suelo durante la tormenta. No sabían mal. Por la noche, fue él quien me buscó. Desde esa vez, fue como si perdiéramos la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos.






XIII


¡Me mordió la oreja! ¡Se ha vuelto loca! ¡Loca y enferma! No hice más que lo que veníamos haciendo todas las noches. Pero en seguida me rechazó.
“Hoy no”, me dijo. “No me siento bien”.
“¿Por qué no te sientes bien?”, le pregunté.
“Nada, me duele un poco la cabeza”.
Comencé a acariciarla. Pensé que no era más que un juego o un dolor menor y podría convencerla. Pero cuando mi mano pretendió acercarse a su entrepierna me volvió a rechazar.
“¡Te dije que no!”.
Me senté y me quedé en silencio. Me sentía humillado. ¿Acaso había cambiado de opinión respecto de mí? ¿Qué era este juego? ¿Siempre vendría con estas complicaciones? ¿Siempre pondría ella las reglas?
“No lo puedes permitir”. Creo que todas las voces que llevo dentro lo dijeron a coro. Me abalancé sobre ella, la tomé de los cabellos y le sacudí varias veces la cabeza. Estaba decidido a imponerme por la fuerza. Gritaba Separé sus piernas bajo las mías, sostuve con mis manos sus muñecas contra el piso y me dejé caer encima de ella. Pareció que se rendía. Fue entonces que sentí sus dientes queriendo arrancarme un pedazo de oreja. Me la quité de encima con un golpe seco y me incorporé sobre mis rodillas. Ella lloraba. Al bajar la vista, vi la sangre entre sus piernas. ¡Yo no había hecho eso! ¿Qué sucedía con esa mujer? Confundido, me puse de pie y me fui a caminar en la oscuridad de la noche por el bosque.





XIV


Se cree que me gusta estar así. Todavía no termina de aprender que soy diferente, que me pasan cosas que a él no le pasan. ¿Tan difícil es para su cabeza llena de voces? ¿Un simple rechazo basta para que se ponga violento? Pensó que le alcanzaría con ser más fuerte para obligarme a hacer algo. Pero se ha llevado una sorpresa. Se merecía que le arrancara la oreja con mis dientes. Espero que entienda, porque no será fácil vivir con alguien que no puede aceptar que le digan que no. La sangre fue mi aliada. Lo dejó perplejo, inmóvil por un instante. Ahora que se ha ido, recuerdo sus ojos llenos de asombro y miedo.
  




XV


Hoy por la tarde se apareció la voz en mi cabeza. Me doy cuenta que la escucho cuando algo me preocupa. Caminaba solo, no encontraba qué comer, me preguntaba qué sería de nosotros en este bosque, y casi sin darme cuenta estaba otra vez sumido en reproches. Pero logré quitármela de encima bastante rápido. Ya pasaron varias noches desde aquella en que me mordió. No hay más sangre entre sus piernas y ya nos hemos reconciliado. Mi vida es mejor desde que conocí a Eva. Anoche se lo dije en la oscuridad, subido a sus muslos. “Me haces feliz”. Luego me dejé caer a un costado, boca abajo. Podía sentir los latidos de mi corazón golpeando contra el suelo cubierto de agujas de pino.





XVI


La otra noche insistió con que nunca podríamos llegar al árbol de la vida.
“¿Y cómo se supone qué es ese árbol? ¿Qué obtendremos de él?”, le pregunté.
“¿No te das cuenta? ¡Vivir siempre! ¡Nos hemos perdido la vida eterna!”.
Así como lo decía, parecía terrible. Pero me costaba creer que un árbol tuviera frutas asesinas y otro te diera la vida eterna. Me sonaban disparatadas las cosas que le dictaba su voz, aunque no le faltaba imaginación.
De todos modos, lo importante es que no terminábamos peleándonos por el tema. Lo decía con un dejo de  amargura, pero no se arrepentía de la vida que habíamos elegido.
Por supuesto que yo tampoco. Los días se sucedían y éramos felices compartiéndolos juntos. Había empezado a hacer un poco más de calor y descubrimos un buen lugar donde podíamos bañarnos en el río.
El seguía con sus paseos solitarios, pero ya no me molestaban. Al fin y al cabo, era un momento en el que yo también estaba sola, y lo disfrutaba.
No volví a tener necesidad de morderlo. Y vaya a saber por qué milagro, la sangre entre mis piernas no volvió a aparecer. Aunque él se lamentara por lo del árbol, siento que la vida está dentro de mí y que no se apagará nunca.