domingo, 16 de junio de 2013

UN TANGUITO DE TORCUATO

 El taxi dejó atrás la tristeza sin domingos de la cancha de Huracán y esquivando camiones echados como reses, llegó por Amancio Alcorta hasta el playón sin luna de la embotelladora de Coca Cola, para abrirse hacia la izquierda y refugiarse en las medias sombras de la calle Beazley. Detrás de un árbol desnudo se alzaba el boliche de dos barrios, con los garabatos de sus paredes encendidos por la palidez de una esfera de luz a cuyos pies, parado sobre el umbral de mármol gastado, un pibe se despabilaba de una tarde aburrida para comenzar a ganarse sus propinas de sábado por la noche.
-Por acá, bienvenidos- dijo ceremonioso mientras abría la puerta y dejaba a la vista una mesa al pie del mostrador en la que tres hombres bebían y fumaban.
-Gracias- le dijo a Mario y se metió en el bolsillo del pantalón su primer peso de la noche.  Un  mulato calvo y oriental los invitó a acomodarse en la mesa reservada por Alfredo Carlino. Eran los primeros en llegar.
 Mariana y Paula se sentaron de espaldas a la pared y de cara al mostrador. Reclinada sobre su guitarra, Nelly Omar no dejaba de mirarlas.
-¿Qué es JG?- le preguntó Paula al mozo luego que Mario le pidiera un Cinzano.
-Jorge Garcés. Así se llamaba El Chino.
En realidad no era Garcés sino García. El Chino cambió porque el apellido que le dejó su viejo olía demasiado a almacén. Al fin y al cabo, también ese boliche había sido Almacén. Almacén y bar. Pero El Chino tenía más alma de cantor que de almacenero, aunque el cambio de nombre de mucho no sirvió, porque más que como cantante se ganó su lugarcito en la historia como anfitrión y hasta el bar se desentendió de García y de Garcés y eligió llamarse El Chino.
-Sentate, Alfre.
-Pará, Mari, estoy mirando. – Pepe Sacristán, Roberto Goyeneche, Leonor Benedetto, Leonardo Favio, Charlie Chaplin, Adolfo Aristarain, El Chino, Hugo del Carril, Anibal Troilo, Alfredo Carlino, Osvaldo Pugliese, Gardel y cien más habitaban el boliche desde las paredes en fotos, afiches y dibujos viñeteados de versos. No era curiosidad. Si sus mujeres esperaban que la velada creciera con ánimos de diversión, Mario y él la vivían como parte del trabajo. Esa noche  se cantaría por primera vez el tango de Torcuato.

*     *     *
Todo empezó casi por casualidad, en la mesa de mármol del comedor de la casa de Di Tella, el mediodía en que Gabriel Mariotto lo visitó acompañado por Alfredo Carlino, con la peregrina idea de que el poeta volviera a ocupar un cargo con que ya lo había homenajeado  Jorge Asís en su efímera gestión: director de cultura popular. El tiempo es veloz. Torcuato estaba cómodo en el mundo de sus libros, investigaciones, notas y gestos provocativos, y en unos pocos meses devino político, funcionario y populista. Retornado de  España, Gabriel Mariotto estaba otra vez en el ruedo como subsecretario de Medios de la Nación. ¿Y Carlino? Siempre igual, siempre fiel a la sed de sus ojos. Sed de decir,  de hacer, de dilapidar, de comer, de beber. Carman y Alfredo apenas comían,  preocupados porque todo saliera bien, midiendo posibilidades y riesgos, casi olvidados del plato, de la fuente, de la botella, del vaso, de la despreocupada hospitalidad del hombre que les ofrecía papas pequeñas del altiplano de las que el vicegobernador Daza le había obsequiado. Carlino derramaba a borbotones recuerdos, sentencias y uno que otro mendrugo que saltaba entre gesticulaciones del tenedor a su apretado chaleco de lana. Y Torcuato se recordó poeta. Fue hasta la computadora y volvió con la letra de un tango sin fuelle, la leyó sin rubor y lanzó el guante que Gabriel recogió por Carlino: el poeta encontraría las notas para el adiós que Torcuato tecleó para el siglo veinte.


*     *     *


 Aunque a Mario y Alfredo les pareció una eternidad, los tres o cuatro meses que tardó Carlino en anunciar la partitura fue un parto tan parte de lo veloz como la velocidad con que Delfina Muñoz, la mujer del Chino, volvió del almacén de enfrente –porque “El Chino” ya no era almacén- con una botella de Cinzano que empezó a vaciarse en el vaso que el mozo plantó sobre la mesa frente a Mario.
  Así comenzaron su noche en el bar los adelantados de la expedición. Mario bebiendo su Gancia, Paula tratando de averiguar el nombre del mozo, Alfredo por las paredes, Mariana descifrando los personajes de la mesa plantada frente a la barra.
 Salvo un efímero acercamiento adolescente a los jóvenes de los setenta, para  Mario también era nuevo eso de la política. Sus 45 años cargaban una vida de 90. No alcanzaba a explicarse su historia con lo que había andado por los arrabales del mundo al paso de los años mozos, ni con las diversas  destrezas con que se había ganado el sustento ni con las idas y venidas de su amor con Paula ni con las caras famosas y no tanto cargadas en la memoria de su alforja ni con las tardes de sábado recorriendo canchas inhóspitas siguiendo a Excursio ni con los caños que tiró ni con los años duros de Bariloche ni con su propensión a parar y llevar la pelota con cara externa ni con ningún otro retazo de su marcha. Tal vez, como a Alvar Núñez, lo que mejor definía a Mario era su condición de caminante. Ese caminante alguna vez se reencontró con su viejo amigo Jacobo Grossman y tuvo la oportunidad  de demostrar lo que sabía de organizar eventos ayudando a Eugenio Zaffaroni en el INADI. Allí empezó a mojarse los pies en la política, que hasta entonces había mirado de refilón a través de Alfredo, esposo de su cuñada Mariana, quien llevaba dos décadas de militancia. No tardó mucho en nadar a sus anchas en esas aguas, más propicias en esos raros tiempos nuevos que el país parecía haberse ganado luego de casi perderse en el hoyo de la miseria. Mario repartía sus esfuerzos para respaldar los pasos exhaustos pero sabios de Enrique Oteyza, la no tan imprevista nominación de Raúl Zaffaroni a la Corte -¿acaso no la habían soñado en el terreno de lo improbable?- y el desnudo desembarco  de Torcuato Di Tella al frente de la Secretaría de Cultura.
 Apuró el trago y por el fondo del vaso vio abrirse la puerta. Era otro Chino, no el del bar, sino Fernando Navarro,  el que lideraba el grupo político que había servido de nexo entre Torcuato y Kirchner. Con él llegó su esposa Silvia, Javier Ruiz, concejal de Lomas de Zamora, también con su esposa, y Gabriel Bruera, que acompañaba a su hermano en el  empecinamiento por llegar a la intendencia de  La Plata. Las esposas se sentaron del centro hacia la izquierda de la mesa y comenzaron a parlotear. El Chino se ubicó frente a Mario. Javier recorría las paredes cuando la puerta se abrió otra vez para dar paso a la figura de Alfredo Carlino. Se abrazó con Javier e intercambiaron amigables reproches. Uno debía una visita, el otro un libro. Una pareja entró y se acomodó en un rincón cercano al mostrador. Detrás de ellos, Gustavo Gordillo con sus dos hijos, Julia y Octavio.
-¿Y, quién se le animó al tango de Torcuato?- preguntó Javier.
-¡Uy, pibe, no me hablés! ¡Esa letra! Estos se creen que una música se hace en un rato. Pero lo tenemos. Costó pero está.


*     *     *


La noche ya tenía ruido de bar cuando Torcuato entró sonriendo, sus esbeltos 74 enfundados en un ambo gris que hubiera brillado mejor en Michelángelo que en las luces agrias del Bar El Chino. De su mano, Tamara, un traje color hueso encendido en su delgada palidez. Sus hijos, Carolina y Sebastián,  pasearon por las paredes sin terminar de acomodar la mirada de asombro en la paleta grasosa de  recuerdos ajados.  “Abierto de diez a diez”, leyó el novio de Carolina en  la pared contra la que se estiraba la mesa.
-Esas son las ecuatorianas-  dijo Mario.
 Alfredo no se había sentado durante la breve media hora que llevaba en el lugar. Torcuato le dio una palmada en el hombro, Tamara, un beso en la mejilla.
-Ellas son Isabel y Alcira.
Alta como Tamara, sonrisa de ex modelo, piernas largas en calzas  camouflage, brazos al aire, sonrisa con todos los dientes, Isabel. Distante, pequeña, redondeces esfumadas de tiempo, negros los pantalones negra la blusa más que los ojos,  Alcira.
Todos saludaron a casi todos y Carlino parecía ser parte de todos los saludos. El mozo no había terminado de acomodarlos en las mesas cuando el poeta arremetió con copias de una de sus creaciones. La poesía no era sólo escribir. A fuerza de desmesura y prepotencia, sus versos andaban de bar en bar, de reunión en reunión, noche tras noche, para que oyeran Perón, Manzi, Fermín Chávez o Di Tella. Sus fotocopias, sus viejos libros ajados o los no tan viejos eran tan efímeros como él. Él era su obra, llevaba los versos puestos como las manos o la saliva.
 ¿Importa el orden en que se sientan las personas en las mesas largas? Torcuato y Tamara ocuparon el centro de la fila de los que se sentaban de espaldas a la pared. A la izquierda de Tamara, una frente a otra, sus amigas ecuatorianas. Junto a ellas, las otras mujeres. Del lado de la pared, la hija de Tamara era el nexo con el último pelotón de hombres. Del otro lado, la esposa de Javier. Las únicas mujeres que habían quedado separadas de las otras eran la hija de Gustavo Gordillo y la esposa de Carman. A la derecha de Torcuato, el Chino. Frente a él, Octavio. Junto a Gustavo y frente a Tamara, Alfredo. Itinerantes, en todas partes y en ninguna, Mario y, por supuesto, Carlino.


*     *     *


Como una más, la reina del Pilates recibió con distinción su empanada y le hincó los dientes con delicadeza. Silvia soltó en el oído izquierdo de Alfredo sus dudas acerca de la edad de Tamara. El le hizo una rápida cuenta basada en que la hermana mayor de Tamara, Graciela, se marchó a estudiar a Estados Unidos sin poder iniciar la Universidad en nuestro país a causa de la Noche de los Bastones Largos.
-¡Está bárbara!
-Lo bueno es que se ve  bien y a la vez parece la edad que tiene.
-No, parece menos.
-No, miraste mal.
Tamara intentaba explicarle a su amiga ecuatoriana la importancia del Instituto Di Tella en los sesenta. Vio que la mirada de Alfredo entraba en la conversación y le abrió la puerta.
-Vos que sos político, podés explicarle...
Transgresión, creatividad, happennings, Nacha… Para que te des una idea de la importancia de la marca Di Tella, en aquellos  tiempos, la mayoría de los taxis de esta ciudad eran Siam Di Tella 1500, y otro tanto con las heladeras: aun hoy mi madre usa su heladera Siam. Era el esfuerzo de ese nombre volcado a promover la cultura en un momento explosivo. Haber pasado por allí sigue siendo hoy una gran carta de presentación que usan más de los que realmente estuvieron.
-Sebastián, mirá ese equipo de fútbol, tiene el auspicio de la empresa en la camiseta.- gritó Torcuato cruzando todas las conversaciones. El hijo de Torcuato se acercó a la foto y asintió con entusiasmo. Alfredo no llegó a distinguir si era un equipo barrial o una vieja formación de Huracán. Volvió de la pared a la mesa y a las palabras.
-¿Son de Quito?
-No, de Guayaquil.
-Dónde se encontraron San Martín y Bolívar.
-Ahí mismo.
La conversación navegó por el río Guayas, subió al malecón, saltó a la dolarización ecuatoriana –Cavallo incluido- y se quebró en un grito que Alfredo Carlino disparó a Torcuato desde el fondo de la mesa.
-¡Che, Torcuato, tus hijos son unos gorilas!
-Y, no sé a quién habrán salido- lo barajó Torcuato con una ironía propia de su sonrisa de corto de vista.


*     *     *


Javier fue testigo privilegiado del pre y el posludio del grito de Carlino. La discusión no surgió por accidente. Si Torcuato era un provocador mordaz, Carlino era un torbellino que en veinte segundos llegaba al nudo del despelote. El ya estaba curtido –y cansado-  de acercamientos racionales, progresistas y por izquierda al universo peronista. Tal vez cada una de sus noches atesoraba una mesa bien regada con una de esas discusiones. Y seguramente con más de una progre había terminado la discusión en la cama. Algunas personas se moderan y hasta se refinan con los años. Otras, sueltan cada vez más las riendas a Mr. Hyde. Por eso, a Carlino no le bastó con plantarle a los pibes la discusión en Perón, Evita y nuestras luchas populares. Nada de eso. Se los llevó sin escalas frente a los bigotes del mismísimo Saddam Husseim y desde allí plantó su nacionalismo antimperialista.
 Egresado del Buenos Aires, estudiante de Economía y adicto a las computadoras, Sebastián navegaba con cautela por las aguas en que los había metido la osadía de su padre. Con Carlino perdió la calma.
-Kissinger no es culpable de que no sepamos defender nuestros intereses- le soltó con hartazgo mirándolo de refilón para volver luego los ojos a su medio vaso de soda.
 El novio de la hija de Torcuato, que de política parecía entender poco, discutía con pasión de hincha de fútbol. Un hincha algo gorila, claro. Gritaba, gesticulaba, se indignaba a carcajadas con los comentarios desopilantes de Carlino. De vez en cuando, Javier lanzaba alguna afirmación que simulaba encaminar la discusión a aguas calmas, pero cuyo verdadero fin era detonar nuevas explosiones. Lejos de ellos, Gordillo no quitaba los ojos de encima de Carolina. Hasta que el grito de Carlino lo despabiló.


*     *     *


 Las paneras estaban vacías -migas hasta en las piernas de Tamara- y las empanadas hacían trabajar de más a los jugos gástricos cuando se inició la ronda de medios chorizos. Alfredo vio la grasa treparse al pinchazo del tenedor de Torcuato y buscó la mirada del Chino para compartir el recuerdo que le había subido con el reflujo de la empanada. Pero el Chino conversaba con Jorge Carman asuntos de la era K y Alfredo no pudo más que quedarse a solas con su evocación gastronómica mientras lamentaba no haber guardado un pedazo de pan para su medio chorizo.
 La vez primera que Torcuato Di Tella dio una charla para los muchachos de Lomas fue una noche muy fría en la quinta que el Chino tenía frente al centro logístico de Cotoen Esteban Echeverría. Aunque estaban en un quincho, aquella vez no sirvieron asado ni empanadas, sino bolitas de fraile. Sí, bolitas de fraile, ni siquiera churros. No recordaba bien como había surgido esa idea, pero sí estaba seguro que tenía mucho más que ver con la pobreza que con la extravagancia. Eran tiempos duros por dónde se los mirase. Y conseguir un mango era casi tan difícil como encontrar el rumbo. Derrotado el peronismo y el país a la deriva timoneada por la Alianza, semana por medio se reunían allí cincuenta o sesenta personas a escuchar y debatir con  alguien que pudiera arrimar algunas pistas para salir de la malaria. La vez anterior a esa primera de Torcuato, con Alejandro Horowicz siguieron parloteando hasta las cuatro de la mañana. Claro que en esa ocasión habían conseguido el asado y el vino. Pero Torcuato no tuvo problemas en llenarse los dedos de azúcar. Se apasionaba exponiendo su idea acerca de la evolución del sistema de partidos políticos en Argentina y poder hacerlo frente a un grupo de militantes en el corazón del peronismo bonaerense tenía hasta cierto sentido de aventura.
 La segunda vez, luego de oírlo en un curso de formación que habían organizado en la sede de un sindicato, lo llevaron a La Pinta, una vieja pizzería lomense que esquivaba los vientos de reciclaje que soplaban en su rubro. Dos grandes de muzzarella al molde, cerveza y todas las porciones de faina que hicieran falta fueron el menú. Allí no hablaron mucho de política, entre otras cosas porque Torcuato no le sacaba la vista a un televisor encendido en un programa que  casi nunca había visto: el de Marcelo Tinelli.
 Hubo una tercer comida, reciente y memorable, un dorado a la pizza en la casa de Dito Saliva en Paso de la Patria, que Torcuato visitó con la excusa de la fiesta Nacional del Dorado. A la  vuelta de ese viaje –en que anduvo en helicóptero, entregó premios a los pescadores y habló de política hasta el cansancio con correntinos y chaqueños- Torcuato portaba holter en lugar de celular y algunas instrucciones médicas estrictas.
“El está muy contento con todo esto, pero tienen que ayudarlo a que se cuide”, los reprendió amigablemente Víctor, el hijo de Torcuato que también andaba metido en la política y era dirigente rural en Santiago del Estero.
Azúcar de las bolas de fraile, aceite de la muzzarella, picantes de la salsa del dorado, grasa de los chorizos. Mate la primera vez, vino las otras tres. Esa noche, en el bar El Chino, un Carcassone de cinco pesos, el de etiqueta amarilla.. Torcuato bebió un trago cuando Alfredo y todos los de su fila torcieron el cuerpo y voltearon la cabeza. Una voz grave, apoyada en los rasguidos de una guitarra, se subió al barullo y le apagó los corcoveos para informar que el show iba a comenzar.


*     *     *


Saco azul, pantalón esforzándose por fingir ser del ambo, el forro asomándose a la altura de los bolsillos, el pelo canoso y lacio apretado en una trabajosa colita por una cinta roja contra la nuca, sonrisa pícara, Horacio Acosta. Era alto, apenas encorvado, apenas vencidas las piernas, a penas curtida la voz  que, como la de Rivero, se encendía de gracia en los tangos reos. El primero que cantó arrancaba con un bodegón como el del Chino, cerrado por la muerte del negrito Carmona, remanyao escabiador.

En el mistongo convoy donde el pobre era velao
varios curdas jubilados acariciando el cajón,
 lagrimeaban apenados... empinando un semillón.
 Una mosca que había entrao y rondaba indiferente
 se fue a parar justamente en la nariz del finao.
 Rocatagliata el pesao, rechupao como un faso,
 viendo a la mosca en el naso le pegó tal bofetón
 que hizo volar del zurdazo a Carmona del cajón.

 La gracia de Acosta encendió a todos. Su compañero le hacía un contrapunto de comentarios y gestos breves.

El "jonca" quedó forfait, y Grapini con un llanto
sentó al difunto en un banco pa' que descansara en paz.
A su lado El Bataraz empezó a contarle un cuento
mientras el taita Mamerto con un filoso puñal,
quería clavarlo al muerto... porque lo miraba mal.
El peluquero Calvete viendo el cadáver chivudo
se acordó de su laburo y le afeitó hasta el copete.
Cayó el punga Firulete con unas cuantas chiruzas;
venía de una garufa empuñando un bandoneón,
y entre curdas y papusas se armó una milonga flor.

Así de flor se puso la noche y nadie protestó ni se escandalizó porque Acosta, después de sobresaltar con un estornudo el punteo de guitarra, tuvo que ser asistido en la emergencia por la Delfina, que con velocidad maternal le quitó con un repasador los mocos que le colgaban de la nariz.

La milonguera Rene, apantallando al finao,
creyendo que era un mamao quería darle café.
Melena y El Yacaré estaban jugando al truco
y el goruta Benvenuto encargado del convoy
en camisón y confuso rajó pa´la "treintaidos".
De pronto en esa reunión se hizo presente la yuta
y la curdela batuta la fue arriando pal camión...
Garabito y Chicharrón se piantaron con el vino,
y el muerto... fue detenido pues un payuca botón
se lo llevó de testigo pa´prestar declaración!

Mientras el muerto prestaba declaración, el parteneire de Acosta se paró frente al escenario para presentar a su compañero: se llamaba Omar Lauría y Mariana recordó un viejo afiche pegado en una de las paredes que lo presentaba como cantante folclórico. Habló de los tiempos difíciles, cuando el Chino murió y se había corrido la voz de que el boliche nunca volvería a abrir. El coraje de la Delfina y el apoyo de los amigos –entre los que citó especialmente a Carlino- se ganaron un aplauso. Luego se fue a los tiempos viejos.
-Este boliche nació como un bar de hombres. Aquí nos juntábamos a tocar la guitarra y a cantar los viernes y los sábados hasta que se hiciera de madrugada y no siempre terminábamos volviendo a dormir a nuestras casas. Más de una vez el comisario nos mandaba a buscar, nos detenía cuidándose que lleváramos la guitarra, nos hacían cantar unos tangos  y luego teníamos que terminar la función baldeando la comisaría. Claro, eran otros tiempos, pero igual, cuando pasan, a uno le corre algo por el pecho.
 Ya sin mocos, Acosta atacó con el segundo tango reo, mientras los comensales engullían el vacío y el asado que el mozo sirvió mientras hablaba Lauría.
-¡Esta carne es un desastre!- protestó alguien.
-Es la onda del bar- bromeó Silvia.
Pero el hambre estaba allí. La carne para sacarse el hambre, el vino para que los pedazos mal masticados pasaran y para que la grasa no se quedara pegada al paladar. Si no, ensalada. Vaya a saber que pensaban las ecuatorianas de esas carnes argentinas. Pero masticaban sin culpa. Acosta seguía cantando con gracia, el Chino y Carman seguían conversando animadamente,  Torcuato matizaba el tango con algún comentario jocoso al oído de Tamara. Parecía que todo se presentaba para una gran noche. Pero el show recién comenzaba.

*     *     *

Cuando se apagaron los aplausos para Horacio Acosta, una pregunta cruzó la mesa como una estrella fugaz y se encendió en varias cabezas: ¿Cuándo cantan el tango de Torcuato?
 Las ecuatorianas, que hasta allí habían conversado animadamente con Tamara, Paula y Mariana, miraron el reloj un par de veces, llamaron al mozo, esperaron un par de minutos y se  marcharon con su gracia guayaquileña excusándose de no poder esperar ese momento.
-Carlino, ¿cuándo va el tango de Torcuato?-  preguntó Javier casi sin maldad.
-Falta, pibe, falta. Hay que respetar los tiempos del lugar.
En la otra punta, Carman había llamado a Mario para transmitirle similar preocupación.
-Mirá que Torcuato no puede estar  toda la noche. Además, ni lo presentaron.
A esas horas, el hijo de Carlino ya se había sumado a la mesa. Alguien había dicho por allí que era el autor de la música del tango. Con un charango a cuestas, tenía aspecto de músico latinoamericano deambulando por París.
 Hubo un postre que fluctuaba entre el flan y el budín de pan  que nadie rechazó.
 Omar Lauría presentó a otro cantante, un joven que junto a su esposa uruguaya y a una niña, ambas mulatas, aguardaba en una mesa mezclado entre la concurrencia. Se plantó con su sonrisa, dispensó los agradecimientos de rigor y cantó a mitad de camino entre Floreal y Maciel  cuatro o cinco tangos de los más conocidos.
 Carolina y su novio se besaban. Sebastián se debatía entre el aburrimiento y el mal humor. Carlino se acercó a la mesa con dos libros en sus manos. Uno era un incunable, una vieja edición de algunos de sus poemas que quería reeditar con respaldo de la Secretaría de Cultura. El otro, un ejemplar de una edición más reciente, se disponía a venderlo.
-Pasámelo, Carlino, así vemos lo de la edición- le dijo Mario quedándose con el incunable.
-¡Pero cuidalo, pibe, mirá que es el único que me queda!
-Tranquilo.
-Carlino, ¿me dejás ver el otro?- le dijo Paula mirándolo a los ojos y encendida en una sonrisa.
-Claro, piba. Lo traje porque el Chino lo quería comprar.
-Ah, prestámelo, yo se lo paso. ¿Cuánto vale?
-Doce pesos.
-Dejá que  me encargo.
Se acercó al Chino, le sacó los doce pesos, le pidió el libro prestado y volvió a su lugar para revisarlo con entusiasmo.
-Esta me gusta.
-Cuál?- preguntó Mariana tomando el libro con sorpresa.
-Está buena para recitarla. ¡Carlino!- gritó.
-Sí, piba...
-¿Vas a recitar ahora?
-Sí, algo voy a hacer. Después del pibe.
-Buenísimo... Esta me gusta mucho.
-¿En serio te gustó? Hoy no la voy a hacer.
-Me gustaría decirla.
-¿En serio?- Carlino soltó una carcajada amable y no le respondió. Mario se le acercó.
-Carlino, ¿después de esto va el tango de Torcuato?
-¡No! - se indignó el poeta- ¡Acá hay un programa que se tiene que cumplir. Este lugar tiene una tradición, hay que respetar a los artistas!
"Pero Torcuato no puede seguir esperando", pensó Mario, pensó y no lo dijo, porque Carlino había reaccionado de tal manera que no podía ni decírselo al oído. Omar Lauría oía de reojo la discusión.
Carlino fue hacia la habitación en la que hacían antesala los artistas, la misma que conducía al baño, la misma en la que aun estaba la cama del Chino. Mario lo siguió.
-Pero decime cuándo lo pensás mandar...
-Tranquilo, pibe, tranquilo. Que aprendan a esperar. Se creen que es fácil ponerle música a un tango. Lo leían y no me lo quería hacer nadie. Mi hijo me salvó. Además, el cantor que lo va a hacer todavía no llegó.
Mario volvió a la mesa y el rumor corrió a todos los oídos. Había que esperar al cantor.
Omar Lauría retomó el micrófono. La discusión de Mario y Carlino no quedó impune.
-Señores, hay que entender que este lugar tiene una historia y un estilo que tenemos que respetar. Cada cosa llegará en su momento, porque esto también es parte de la cultura. Y ahora, tengo el placer de presentar a uno de los mejores amigos de esta casa. Alguien que nos ayudó a salir en los momentos más difíciles y que supo visitarnos trayendo del brazo a personas como Leonardo Favio, José Sacristán y Adolfo Aristarain. ¡Nuestro poeta, Alfredo Carlino!
El de Paula fue el más entusiasta de los aplausos. Tal vez, para varios de la mesa, lo que disfrutaban en un relato de Bukowsky lo sufrían, si en vez de un bar de Los Ángeles el lugar era una cantina de Pompeya y el protagonista no era Henry Chinasky sino Alfredo Carlino. Peor aun si de por medio estaban la política y el inédito adiós al siglo XX. Tamara y Torcuato regalaban paciencia. Carman descargaba su indignación en el oído de su esposa.
Alfredo Carlino insistió en las palabras de agradecimiento, en el valor de la amistad en los tiempos duros, en la alegría de un reencuentro “que no termina nunca”.
 Alfredo y Mario se miraron. A esa altura, cualquier frase parecía un mensaje desalentador. “La entrada es gratis, la salida vemos”, pensó Alfredo.
Las orejas, la nariz, los bigotes, las cejas, las mejillas, las franjas de cabellos desaliñados y la mismísima calva que los separaba: todo a Carlino parecía nacerle de los ojos. Desde allí se alzaban sus brazos al declamar, se movían sus pasos breves y nerviosos, anticipando sus brotes de prepotencia o de júbilo. Tiró la nuca para atrás, alzó la panza y sostuvo el libro en lo alto como si en vez de leer fuera a revisar una radiografía.
-Voy a recitar una... no, hoy es una noche especial. Voy a recitar dos poesías...
-Yo recitaría una... –se ofreció Paula encendida de entusiasmo.
Carlino pestañeó hacia un costado, negó sacudiendo los pliegues de su cuello incómodo bajo la camisa y reafirmó sin mirarla.
-¡No, hoy voy a recitar dos porque están mis amigos! ¡Este es un lugar que tiene sus propios tiempos, acá hay que saber esperar!
El malentendido empeoró la situación. Silvia se tragó la carcajada y casi la escupe cuando se miró con Alfredo. Mariana escondía la cara en las palmas. Mario se preguntó si alguna vez llegaría el momento en que tocaran el tango de Torcuato. Carlino recitó.
 Recitó en tus ojos la ternura, la patria de todos, el latido que se fue, con la voz hacha trizas de desmesura. Recitó las nubes, el coro de las voces nacionales agitando como sierra, las llagas, cicatrices, las hierbas crecidas en los otoños y Torcuatita y su novio seguían besándose. Recitó en tus ojos la muchedumbre liberada convicta de amor y sin olvido en tus ojos Vallese, Retamar y Cogorno y los ojos de Omar Lauría rigurosos centinelas sin moverse recorrían las hileras de transversales. Recitó en tus ojos los sueños los fuegos lo cotidiano la vida que seguirá la doctrina la Patria ardiendo Libre, Justa y Soberana y los ojos de casi lágrimas fueron en busca de las palabras del final el brazo y el libro abandonaron las alturas y las caras  Gardel las fotos  el Polaco las manchas Troilo  los humos San Basilio las guitarras Favio las luces se rindieron a la voz cascada, a las piernas ahuecadas a la mirada tierna del cazador furtivo que se llevó las mejores minas en los relatos del Turco Asís que se bebió las mejores noches y madrugadas de Buenos Aires.
 Alfredo y Silvia seguían festejando por lo bajo el equívoco de Carlino y Paula. Mariana intentó sosegar el entusiasmo de su hermana. Le fue tan mal como a Mario con Carlino.
 La segunda poesía pasó y Paula insistió con su pedido de recitar. Nadie la respaldaba. Los del lugar, porque querían hacer respetar “el programa”. Los de la mesa, porque era otro retraso para el tango de Torcuato.


*     *     *


Al fin, el cantor del Tango de Torcuato llegó.
-Quedate tranquilo, pibe- le dijo Carlino a Gustavo. Este es el que va a cantar el tango.
 La llegada del cantante arrancó suspiros de alivio en la mesa de Torcuato.
-Es un ratito más- le dijo el Chino a Carman y luego se volvió a Di Tella para preguntarle por la letra del tango.
-Bueno, es una especie de despedida al siglo XX en tono de Cambalache. Aparece el Cabezón de los lomenses. Lo hice antes que empezara todo lo de Kirchner...
-Al borde del precipicio.
-Sí, más o menos. No creo mucho en los precipicios, pero siempre se puede caer otro poco.
Paula conversaba con Tamara. Alfredo miraba hacia la entrada de la habitación de los músicos, a la espera de la aparición del cantante.
-Le falta el guitarrista- le comentó Carlino a Javier.
-¿En serio?
-Hay que tener paciencia- dijo Alfredo y el pibe de la puerta lo premió abriéndole camino al muchacho de la guitarra.


*     *     *


Horacio Acosta y el joven guitarrista empuñaron las bordonas para acompañar a la máscara tragicómica que iba a convertir en voz los versos de Torcuato. Alfredo y Mariana se miraron.
-Me hace acordar al Bebe- dijo uno de los dos y el otro asintió.
Era un rostro difícil de explicar. Solitaria se estiraba con rictus de soprano la boca en medio de la planicie tosca de su cara ancha. La nariz pequeña y aplastada le hizo recordar una queja reiterada desu amigo Bebe: “Nunca recibí una piña en la vida, y tengo esta cara de botón y esta nariz de boxeador con el tabique partido”. La cabeza no terminaba de despegarse del encierro de los hombros y el nudo  de la corbata parecía más colgado del mentón que del cuello. A diferencia de Acosta, lucía un ambo impecable, que resaltaba aun más su fealdad. Pero claro, no se paraba frente a ellos por ser feo, sino por cantar bien. Conmovió con Naranjo en Flor, dijo cuando había que decir y cantó cuando había que cantar.
-Canta lindo- le dijo Gordillo al Chino.
-Sí. Pero no canta el tango de Torcuato.
De un lado, el olfato indio del Chino percibía que la paciencia de Torcuato estaba cerca del  límite. Del otro, las quejas de Carman ya eran una música de fondo. Lo oyó discutir duro con Mario y trató de tranquilizarlos, pero a esa altura Carman ya estaba obsesivo conque lo sucedido –en realidad aun no había terminado de suceder- era una falta de respeto a Torcuato y a su investidura. La incomodidad de casi todos parecía darle la  razón.
Mientras tanto, Carlino se había parado entre Javier Ruiz y Gabriel Bruera y conversaba animadamente.
-Carlino, te presento a Gabriel Bruera.
-Ah, mucho gusto-  saludó Carlino sin prestar demasiada atención.
-El compañero es de La Plata. El es hermano de Bruera, el peronista que fue por fuera en contra de Alak.
-¡Ah, sí, Bruera, sí, ya sé que Bruera es! ¡Qué boludo ese Bruera! –dijo sin mirar a Gabriel-. Esa gilada de “Bruera es agosto”. Eso no es peronismo.
-Bueno, puede ser, Carlino, pero con esa boludez no les fue tan mal. Metieron un senador, varios concejales...
-¿En serio? -Lo miró como a un cuadro raro- ¡Te felicito, pibe, mirá que bien! Che, cuando quieras, podemos ir por allá, hacer la presentación de mi libro. Estoy a tu disposición.
El hermano del ex boludo no terminaba de prepararse para responderle el exabrupto cuando ya debía sonreírle para agradecer el súbito ofrecimiento.
-Es el clásico respeto peronista por el poder- bromeó Javier.
 Otro tango se apagó cubierto de aplausos y el cantor anunció el final de su primer bloque de actuación. Carman pareció saltar en el asiento. A cada lado del cantor estaban parados Omar Lauría y Alfredo Carlino.
-¡Che, manden de una vez el tango de Torcuato!- protestó fastidiado Mario al oído de Carlino.
-¡Para, pibe, no te metas acá delante!- lo cortó Lauría.
El cantante parecía comprender la situación y se sintió obligado a anunciar lo que vendría luego.
-Ahora los voy a dejar en compañía de Omar Lauría, quien va a hacer algunas canciones folclóricas mientras el guitarrista y yo nos preparamos para el plato fuerte de la noche.
-¡Yo después quisiera recitar una poesía de Carlino!- gritó Paula desde su asiento. Tamara trataba de no encontrarse con los ojos de nadie. De las otras mesas asistían con asombro al principio de alboroto. Horacio Acosta le puso fin rasgueando sobre la guitarra y presentando con gracia a su amigo cantor. Luego de un par de zambas de las no muy famosas, logró que unos cuantos corearan Guitarrero, de Carlos Di Fulvio, su voz temblando corazón adentro de una farra que no todos estaban disfrutando. Lauría parecía confirmar que cada noche se lleva un pedacito de voz. Pero le sobraba buen gusto para andar entre zambas y cantar le quitó el malhumor del rostro.
 Agradeció los aplausos y tal vez haya sentido que algunas miradas lo empujaban a que diera paso al tango de Torcuato.
-Y ahora, antes de seguir con lo anunciado, me gustaría que todos escuchen a un amigo de la casa, que ha recorrido el mundo con su charango...
Estaba presentando al hijo de Carlino. Silencio primero, murmullos después. Torcuato dijo algo en el oído de  Tamara. Carman se puso de pie y alzando las cejas le señaló a Mario la puerta. Mario se le acercó.
-Esto es una barbaridad, una falta de respeto. Es un Secretario de la Nación, lo tenemos ahí sentado de rehén, y encima con Tamara y con sus hijos. Esto es dantesco, no puede ser que estemos todos presos de Carlino, yo lo quiero mucho, es un personaje, pero no le podemos permitir que haga lo que quiera.
 Los gestos y las voces de la discusión se veían ridículos bajo la música del altiplano que el hijo de Carlino ponía de fondo. Nadie parecía dispuesto a transportarse a los paisajes por las que viajaba, los de la mesa de Torcuato, porque esperaban el tango, los de las otras mesas, porque el conflicto se respiraba en el aire. De altiplano sólo había apunamiento.
Mariana y Silvia volvieron del baño.
Luego de permanecer toda la noche inmóvil en su silla, el Chino se puso de pie.
-Vení, Carlino.
-Sí, Chino... -. Estaba en el mejor de los mundos con la actuación de su hijo. El Chino le pasó una mano sobre el hombro y se inclinó hacia delante para hablarle al oído.
-Escuchame, ¿vos te acordás para que hicimos esto?
-¿Eh?
-Para qué hicimos esto, por qué estamos acá...
-Para presentar el tango y todo eso...
-Sí, y porque Mariotto le pidió a Torcuato que te nombre director de  cultura popular o alguna cosa por el estilo. ¿Te acordás?
-Sí, me acuerdo.
-¿Y qué esperás para hacer que presenten el tango? ¿No te das cuenta que esto ya es un desastre y hace como cinco horas que lo tenemos a Torcuato encerrado detrás de la mesa?
-Sí, Chino, pero no es fácil. No sabés lo que fue ponerle música.
-¿Tenés la música y al tipo que lo va a cantar?
-Sí, claro.
-Entonces mandalo de una vez.
-Sí, tenés razón.
El Chino volvió a su lugar, Carlino a buscar a los músicos. Mario se fue a fumar a la puerta.

*     *     *


-Esta es una noche especial porque hoy vamos a tener un estreno. Se trata del tango cuya letra escribió el Secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, aquí presente. No fue tarea fácil ponerle música y prepararse para interpretarlo en tan poco tiempo, pero fue un pedido de Alfredo Carlino y para nosotros es como una orden. Sepan disculpar si no salió del todo bien. Se hizo lo que se pudo.
-¡No se puede creer!
-¿Qué?
-Que no tuvieron tiempo. Hace como cinco meses que Carlino tiene la letra.
Con el papel en la mano, el cantante ensayó una disculpa preliminar que no tuvo el tono irónico de la presentación. Despreocupado, Torcuato escuchaba con más curiosidad que entusiasmo.
-... espero les  guste, entonces, “Ya llegó el dos mil”.

Siglo veinte, ya no sos,
vos perdiste la ocasión
de alcanzar reputación.
Ya llegó el año dos mil
y todo es igual,
nada es mejor...
Lo mismo da
ser radicha que peronio
conserveta o socialista...
¡Qué diría don Alberto Barceló!

La música no estaba mal. Peroael cantante le costaba entender la letra que le habían escrito en el papel.
-¡Yo no entiendo, si Torcuato se lo dio en computadora!- murmuró Alfredo.

Todos estamos revolcaos
en la misma farsa global.
Si hasta una grela se quiso anotar
pal sillón de la Rosada.
¡Cómo la junará la alegre muchachada
que la  vio vestida de percal
en aquel barrio del malvón y del parral...!


La música no era sencilla, requería pausas que la voz debía acortar o estirar con cada tropiezo que le provocaba la escritura. Mario fruncía la cara en cada badén, como si alguien rayara un pizarrón con una tiza dura.

...si esto es un disparate
de trastos en liquidación,
y a la Biblia la han tirao
hace tiempo con el calefón.
La guita se piantó
de este mundo del revés
y hasta los jailaifes se quejan del estrés...


Estrés había en la cara de Carman, que se consolaba pensando que no había venido ningún periodista y en los diarios solo saldría la síntesis que él había hecho circular. Tensa, inmóvil, Mariana parecía hacer fuerza para que la ilegibilidad no levantara ningún obstáculo insalvable.

...pendejas de meta y pon,
gaviones de gran chiqué,
otarios que parlan inglés,
laburantes con coche espor...
Y la buena muchachita
que la yuga por su nenín
llorando en el fondín
donde antes cantaba el tano.

El fondín. Allí estaban y la hoja temblaba en las manos del cantor, que cerca del final hasta tuvo placé para un par de floreos.

¡Vamos, que siga el bailongo,
que alguien va a mandar parar!
Ahí te quiero ver, siglo veinte
qué nuevo truco inventás,
vos que tenés el berretín
de ser el tiro del final.
Hacéme el favor, atorrante,
rajá, tomate el espiante,
ni me quiero acordar de vos.

El espiante quería tomarse Torcuato luego de la espera interminable.
-Estuvo  bastante bien- le respondió al cantor cuando las disculpas volvieron a reiterarse.
-¡Y ahora, quiero destacar y agradecer la presencia del Secretario de Cultura de la Nación, Torcuato Di Tella, para quien pido un fuerte aplauso!-exclamó Carlino.
Javier y el  Chino se cruzaron en una sonrisa. Torcuato agradecía al mismo  tiempo que pedía paso para salir. Mario apuraba al mozo para que trajera la cuenta. Lauría miraba con bronca porque la mesa principal iba a vaciarse y aun quedaban tangos para dos o tres horas más. Pero Paula no estaba dispuesta a aceptar que todo terminara allí.
-¡Carlino, quiero recitar!- gritó.
-Pará, piba, después. Hay que respetar el programa.
-¡Carlino, yo voy a recitar!- dijo poniéndose de pie. Pasó por debajo de la mesa y se plantó en el centro del bar. Mariana rogaba que se la tragaran las cucarachas. Torcuato la miraba desde su media sonrisa. Tamara, parada tras él, parecía suspendida en un trencito de fiesta de casamiento.
-¡Así no son las cosas, señora!- recriminó Lauría.
-¡Qué no ni no!- lo desafió Paula haciéndole dar un paso atrás. –Esta es una buena poesía y yo la quiero recitar. Después de que yo recite, hagan lo que quieran, pero yo ahora voy a recitar.
Omar Lauría se rindió y hasta pidió silencio.
Y Paula recitó. Y como aun quedaba lugar para el asombro, la sorpresa que se llevaron todos fue que recitó bien. Se ganó un aplauso y Mariana suspiró aliviada al ver que se contentaba con recitar esa sola. Torcuato se despidió a las apuradas de todos y partió junto a su chofer.


*     *     *


Las despedidas se sucedían en la vereda mientras adentro, el bar el Chino intentaba volver a su cadencia habitual. Alfredo veía a través del vidrio la silueta borrosa de Horacio Acosta tocando la guitarra.
-Negro, te agradezco. ¡Me has hecho participar de una noche inolvidable!-festejó Bruera.
-¿Cuándo presentás el libro de Carlino en La Plata?- bromeó Javier en medio del abrazo.
-Vamos, Alfre- pidió Mariana con cara cansancio. Saludaron a las apuradas, se subieron al auto y se escaparon por Amancio Alcorta hacia Parque  Patricios.
Paula, Mario, Carman y su esposa compartieron un  taxi. El Chino los vio alejarse parado junto a Silvia.
-No es buena idea que se vayan juntos- le dijo. Y tenía razón. Aunque Carman estaba más calmado, la discusión acerca de lo sucedido volvió. En el taxi, la esposa de Carman también quiso hacer oír sus opiniones.
-Vos decís eso porque sos muy joven- le dijo en algún momento a Paula en tono contemporizador.
-Ni soy tan joven ni la edad tiene nada que ver, yo digo lo que pienso- respondió Paula, y Mario agradeció que el taxi ya estuviera frente a su casa. Se bajaron, se saludaron con frialdad y el taxista se llevó la bronca de Carman para otra parte.


*     *     *


-¿Querés que ponga unos tanguitos?- bromeó Alfredo tirado en el sillón de su casa a poco de llegar.
-¡No jodas!-
 Mariana fue hasta la cocina y volvió con una taza de café temblándole en las manos. Había empezado a reírse sola y no podía parar.
-¿Qué?
-¡La cara de Carlino cuando Paula le dijo “Yo recitaría una”!
-¡Voy a recitar dos!, contestó todo enojado.
La noche en el bar el Chino empezaba a buscar su lugar más apropiado entre los recuerdos.
*     *     *

 No había sido la noche soñada. En algún momento lo ganó el fastidio, envuelto en rasguidos de charango. Ni el empecinamiento de Carlino ni la hostilidad de Lauría ni la comida ni la lucha del cantor con la hoja arrugada en la que alguien le había anotado con letra ilegible los versos de su tango lo contrariaron. No se fastidiaba porque no había cesado de estudiar las paredes las miradas los rincones los rencores los gestos las gentes. Ese era su trabajo sin horarios. De vuelta en su casa, parado frente al ventanal, miraba pasar los autos por Libertador. Enfrente, en el parque, una mujer trotaba al borde de la oscuridad. Tamara y los chicos ya se habían acostado. ¿Dónde había quedado su tango? Repasó los primeros versos intentando recuperar la melodía. Luego probó con el final. Pero era inútil. Recordó la cantina, los gestos del cantor, la hoja de papel atormentando su mirada, el silencio tenso, las miradas nerviosas, el aplauso final como un suspiro de alivio. Todo menos la música. Nadie había grabado ni filmado. Canción de un solo vuelo. Los versos se habían quedado desnudos. Casi tan rápido como el siglo al que quiso despedir, el tanguito de Torcuato se había esfumado sin más.

FIN



YA LLEGÓ EL DOS MIL

Siglo veinte, ya no sos,
vos perdiste la ocasión
de alcanzar reputación.
Ya llegó el año dos mil
y todo es igual,
nada es mejor...
Lo mismo da
ser radicha que peronio
conserveta o socialista...
¡Qué diría don Alberto Barceló!
Todos estamos revolcaos
en la misma farsa global.
Si hasta una grela se quiso anotar
pal sillón de la Rosada.
¡Cómo la junará la alegre muchachada
que la  vio vestida de percal
en aquel barrio del malvón y del parral...!
Todo viene confundido,
ya no se sabe quién es peor,
entre la Vieja y el Chupete,
Palito o el Cabezón...
Si esto es un disparate
de trastos en liquidación,
y a la Biblia la han tirao
hace tiempo con el calefón.
La guita se piantó
de este mundo del revés
y hasta los jailaifes se quejan del estrés.
Los bacanes nos han igualao,
a la moral se la han olvidao
en la milonga del Pálace Hotel.
¡Las cosas que hay que aguantar!
Pendejas de meta y pon,
gaviones de gran chiqué,
otarios que parlan inglés,
laburantes con coche espor...
Y la buena muchachita
que la yuga por su nenín
llorando en el fondín
donde antes cantaba el tano.

¡Vamos, que siga el bailongo,
que alguien va a mandar parar!
Ahí te quiero ver, siglo veinte
qué nuevo truco inventás,
vos que tenés el berretín
de ser el tiro del final.
Hacéme el favor, atorrante,
rajá, tomate el espiante,

ni me quiero acordar de vos.