domingo, 16 de febrero de 2014

TELVA



-¿No vas a llevar los caramelos?
La bolsa de papel madera que contiene el paquete de caramelos de miel está sobre la cama. La tomo y sonrío.
-Pensé que me los habías mostrado nomás.
-No, son para vos.
Compartimos dos horas en esa habitación. Contra la pared, a los pies de la cama, está la bandeja de madera que usa de apoyo para pintar. Sobre la cama quedó el sol que devino mariposa y llenó de cielo y jardines los bordes negros de las alas. El deseo y la incertidumbre encendidos en la hoja canson.
Apenas llegué y me mostró el dibujo, quise llevarme esa imagen en mi cámara. Pero no dije nada de fotografiarnos, porque imaginé que no querría.
Me senté a su lado. Acaricié su cabeza casi rapada. Tomé sus manos mientras recorría su delgadez. Por un instante percibí toda la fuerza de su fragilidad en su perfil de esfinge.
Hablamos. Habló más ella que yo. Hablaba y todos se esmeraban en traducirme. Pero la entendía bien, aunque hablar le quitara casi todas sus fuerzas.
Hablamos y me mostró como fue reinventado su mundo. Hace poco más de un mes me llamó diciéndome que quería obtener su licencia de conducir. La guié para que pudiera hacer el trámite.
-¿Y, pudiste manejar?
-Sí, una sola vez.
Sentí que era un gran logro. Pero ella subió la apuesta.
-Me quiero comprar un autito viejo.
No se da por vencida. Resiste. Entre sus acrílicos está el frasco de unas vitaminas que un primo le envió.
-Tomalas, así te ponés bien y salís a trabajar- la entusiasma su tía antes de irte.
-Si me pongo bien tengo mejores ideas que trabajar- responde ella sonriendo. Se resigna a no leer la letra chica y se toma una de esas cápsulas. Al fin y al cabo, en el peor de los casos será un remedio más. Hoy el médico le suprimió tres de los nueve medicamentos que tomaba. Y su hermana me cuenta que escupe los que no quiere tomar, en especial uno que es para aliviar los dolores, un sucedáneo de la morfina. Cuando Silvana me lo contó pensé que era un error no tomarlo. Ahora que la veo sentada en su cama, con su pintura a su lado, conciente y lúcida, me parece bien que lo haya escupido.
Tiene los pies hinchados. Le han levantado el colchón para que los tenga elevados y le baje la hinchazón. Pero está muy inquieta. Se acuesta y se sienta. Pide que nos ceben mates. Nos tomamos dos mates tibios cada uno. Se burla de su hermana por lo mal que los preparó. Luego se pone de pie y abre su ropero. Es un placard nuevo que seguramente compró con mucho esfuerzo.
Abre la puerta, empieza a revisar sus cajones y me muestra cosas. Un vestido pintado. Unas pulseras. Apenas llegué me había mostrado feliz la pulsera que le regaló su padre. Tiene escrito su nombre con strass.
Allí fue que encontró el paquete de caramelos y me lo extendió. Yo lo tuve en mis manos sin saber que decir y luego lo dejé sobre la cama. Después se volvió a acostar, al mismo tiempo que llegó su novio y se despertó su hija, que descansaba en otra habitación. La familia gira en torno a ella.  Una de las pocas ventajas de su enfermedad es que su voluntad es la que manda.
Pide que la acompañen al baño. Al volver se sienta en la cama.
-Sacame una foto con Alfredo- pide luego. Nos sacan las fotos, con mi cámara y con su teléfono. Allí está a mi lado, como esos pichones que aún no vuelan, mirando la lluvia desde un alfeizar.
No recuerdo bien cuántos años hace que la conocí, pero sí recuerdo que tenía el pelo corto como ahora. Militaba en el Frente Transversal y le estaba dando su  primera pelea al cáncer. Todos estos años militó y luchó. La hirieron los cacerolazos y la vuelta de la enfermedad. En algunos momentos tuvo ganas de abandonar los tratamientos pero siguió adelante. Mejor o peor de salud, para nosotros fue siempre la referencia de su organización entre los promotores de salud. Lo sigue siendo, ahora que no puede ir a las reuniones pero dibuja y postea esporádicamente en Facebook mientras lucha por recuperar sus fuerzas.
Además de un auto viejo, se quiere comprar una cómoda, para poner frente a la cama y apoyar sus elementos de dibujo.
Me voy y no lo siento como una despedida. Me voy con deseos de volver a verla. Me subo auto y apenas arranco veo que tengo al sol de frente. Bajo la ventanilla y escupo, como si alguien me hubiera dado uno de esos remedios piadosos. En el asiento del acompañante está mi cámara con las fotos y la bolsita de caramelos. Piso el acelerador y mirando al sol veo el dibujo de Telva.

Mil flores y una mariposa que quiere volar por siempre.