lunes, 21 de diciembre de 2015

AZÚCAR Y SAL


Azúcar y sal
Eneldo y lima
se írán
a fuerza de grifo
rumbo al mar
a buscar
un salmón
para marinar.
Pasajero del mar
conquistador del río
se endulza en el frío
tu alma de sal.

lunes, 7 de diciembre de 2015

LAS AVENTURAS DE GECKO


EL ENCUENTRO

-¡Por favor, vení!- gritó ella desde nuestra habitación.
Subí las escaleras de prisa, preocupado, pensando que quizá había sucedido algo malo.
-¡Está debajo de la escalera, fíjate, yo no sé qué es!
-¿Qué cosa?
-¡Cuando entré, salió corriendo!
-¿Quién?
-¡Es así!- dijo mostrándome el índice y el pulgar en forma de C.
-Pero, ¿qué es?
-¡No sé! Una laucha, un alacrán, un escorpión, una lagartija. No sé qué es. Se metió debajo de la escalera, detrás de los canastos de juguetes. Moví con el secador y tiré Raid, pero no salió.
Tomé el secador y le pedí que me trajera un cepillo. Uno a uno fui sacando los juegos y los canastos para despejar el lugar. Lo hacía con cautela extrema, como si el riesgo de una picadura letal fuera inminente. Cuando quité el tercer canasto la vi. Hizo una carrera corta y se ocultó detrás de la cocinita de plástico con la que Juana nunca volvió a jugar.
-Es una lagartija.
-¿Y cómo llegó hasta ahí?
-Caminando, desde el jardín. En el Caribe andan por las casas y los jardines y nadie se preocupa. Son inofensivas.
-¡No, pero sacala, no puede estar acá! No es una mascota.
-Para algunos, puede ser una buena mascota.
-En otros países, acá no. Eso crece, no podemos tener un lagarto gigante en el jardín.
Mi primera táctica fue abrirle la puerta del garaje y empujarla a salir. Pero ella me pedía que la atrapara y la llevara lejos. Así que tomé un tupper grande de plástico y retiré el último canasto que quedaba junto a la pared. Allí estaba, junto a un disco playero de Ben 10. Le acerqué el secador para que se moviera otro poco y corrió junto al zócalo hasta quedarse inmóvil al pie de la escalera. Me acerqué un paso, me incliné hacia delante y la atrapé cubriéndola con el tupper. Luego traje una bandeja de madera terciada de la cocina y la deslicé por debajo.
-Ya está. ¿La suelto en el jardín?
-¿Y si vuelve? No, soltala en la calle.
Tomé las llaves, abrí las puertas y salí a la calle como un mozo que lleva una bandeja con una campana de sándwiches encima. Ya le había tomado unas fotos bajo la escalera, pero llevé la cámara para tomarle algunas más al soltarla. Caminé hacia la esquina, hasta la vereda ancha y bien iluminada de la casa de fuegos artificiales. Apoyé la bandeja, retiré el tupper y comencé a disparar.
Se quedó quieta, sin saber qué hacer, con temor a que cualquier movimiento pudiera empeorar las cosas. Pero cuando sacudí la madera, se alejó con una carrera veloz hasta perderse en la oscuridad.
Di media vuelta y volví a casa, lamentando que los niños estuvieran dormidos y no hubieran podido verla. Pero al menos podría mostrarles las fotos.
Me senté a la PC y puse “pequeña lagartija” en el buscador. Tomé la cámara de fotos y amplifiqué su imagen. Allí estaban sus patas con ventosas y los mismos ojos que me miraron como si buscaran dentro de mí cuando quité el tupper y me agaché para fotografiarla.
En la búsqueda por imágenes de google, la de la segunda foto era igual a ella. Entre en el sitio y celebré que alguien hubiera subido en Wilkipedia esa información.
“Gekkonidae”, era la palabra que definía a esos pequeños lagartos.
“Los gecónidos, guecos, gecos, gembas, tuqueques, tutecas, lagartijas, salamanquesas y cuijas (Gekkonidae) son una familia de saurópsidos (reptiles) escamosos, que incluye especies de tamaño pequeño a mediano que se encuentran en climas templados y tropicales de todo el mundo”.
Allí estaba ella. ¿O quizá era él?
Me puse a averiguar cómo distinguir su sexo. La base de la cola de los machos es más gruesa que la de las hembras. Con ese dato busqué fotos y llegué a la conclusión que la lagartija que había soltado en la esquina era un pequeño lagarto.
Amplié la imagen de una de sus manos, vi los cinco dedos ensanchados y redondos en sus extremos, como si tuvieran una almohadilla. Seguí investigando y aprendí acerca de las “fuerzas de Van der Waals”.
El tal Van der Waals pensó en los gecos bastante más que yo y se dedicó a observarlos e investigar cómo hacían para treparse por distintas superficies. No tienen ventosas, tampoco necesitan que la pared sea irregular. El científico que ganaría el Nobel descubrió que existen fuerzas de atracción a nivel de átomos y moléculas que tienen su origen en las cargas eléctricas de los átomos, esto es, electrones con carga negativa dando vueltas alrededor de un núcleo positivo. Son fuerzas mucho más débiles que las que mantienen a la materia unida, pero esos pequeños lagartos han desarrollado en la palma de sus patas unas estructuras microscópicas en forma de pelillos o fibras, que al ponerse en contacto con cualquier superficie interaccionan con las moléculas de las mismas mediante esas fuerzas, y aunque son muy débiles, como hay miles de estas estructuras, la suma de todas ellas proporciona una gran adhesión por atracción. Como era de la Universidad de Salamanca y los pequeños lagartos tienen parentesco con las salamandras, también los llamaron salamanquesas.
Les gusta vivir en las casas y prefieren la oscuridad a la luz. Se alimentan de cucarachas, grillos y otros insectos. Recordé que al mover los canastos para dar con él había una cucaracha muerta bajo la escalera. Me pregunté si había sido una casualidad o si regresamos a casa para arruinarle el banquete.
Suspiré algo arrepentido de haberlo dejado ir tan rápido y miré por la ventana hacia el lado en que lo solté. Era una noche calurosa y las hojas de los liquid ámbar estaban inmóviles. Por momentos se oían las voces de cuatro muchachos que conversaban sentados en la vereda. Mariana también se había dormido. Conecté el cable de descarga de la cámara a la computadora y bajé las fotos de mi efímero amigo. Allí quedaron sus ojos escrutadores en el centro del monitor.
Me dio hambre y bajé a buscar algo en la cocina. Comí una pera inclinado sobre la pileta para no salpicarme con el jugo. Me sequé con un repasador y volví a subir.
Hice pis en el baño de los chicos y me dejé caer en el sillón de la PC deslizándome hacia atrás. Luego lo acerqué a la máquina apretando los talones contra el piso.
Mis ojos se detuvieron en los de la imagen del pequeño lagarto. Era como si estuviéramos en la vereda, mirándonos frente a frente. Así hasta que oí un rasguido suave sobre el escritorio y el pequeño lagarto apareció desde detrás del monitor. Parado sobre el estuche de la cámara, miró primero su foto y luego giró la cabeza hacia mí.
-Gecko- exclamé. Me respondió con un chillido agudo.
Al oírme, comprendí que a partir de ese instante, ése sería su nombre.


GECKO HABLA

Gecko habla.
La otra tarde sentí que me hablaba, y después me reí solo.
“Lo único que falta”, pensé.
Pero al día siguiente, Felipe se me acercó con actitud confidente.
-Papi…
-¿Qué?
-Te diste cuenta…
-De qué…- Alzó las cejas al tiempo que giraba la cabeza hacia el jardín. –¿Qué, Feli?
-Dale, Alfre, ¿no te diste cuenta?
-¡No!
-Gecko…
-Qué le pasa…
-Habla - me susurró haciendo bocina con las manos en mi oído izquierdo.
-¿Cómo que habla?
-Habla, como las personas.
-No, te pareció, pero no habla.
-Vení, mirá
-Dejalo tranquilo, es de día, está durmiendo.
-No, alcánzame el Ipad de arriba del hogar.
-Tomá.
Encendió el aparato y abrió un archivo de video.
-Esperá que pongo el volumen al máximo. Mirá.
En la imagen, Gecko estaba en primer plano.
“¿Querés un grillo?”, se oyó preguntar a Felipe. Su mano apareció en el cuadro acercando un grillo muerto a la boca de Gecko.
“Sí” pareció decir el lagarto con un chirrido, antes de comerse el grillo.
“¿Te gustó?
“Sí”, respondió con otro gemido agudo.
Hasta allí no parecía más que una gracia, una casualidad fonética, no más destacada que la de un perro dando la patita. Hasta que la boca de Gecko se movió y se le oyó decir con claridad:
“¿No tenés otro?”
“No, pero te puedo traer una cucaracha muerta que vi afuera”, respondió Felipe.
“Dale” dijo Gecko y la filmación se interrumpió.
Felipe apagó el Ipad y se quedó mirándome con una sonrisa.
-¡Es increíble! – le dije. -¿Seguro que no es ningún truco? Yo leí que los geckos son los únicos lagartos que tienen lenguaje, pero nunca nadie escuchó algo así.
-No, papi. Te dije que habla.
-No sé cómo lo hace, pero una noticia así sería una revolución en nuestras vidas.
-Papá, ¿nosotros también podríamos ganar el premio Nobel?
-¿Qué?
-Como ese señor que me contaste, Van…
-Van der Wall
-Si, el que descubrió que tienen imán en las patitas. Si por eso le dieron un premio, a nosotros, que descubrimos que habla….
-Yo no lo puedo creer
-Papi, y que premio te dan en el Nobel.
-Una medalla, una estatuilla y mucha plata.
-Pero, ¿sería para nosotros o para Gekko?
-Esos premios son para las personas.
-Pero Gekko habla. Es como una persona.
-Pero es un lagarto.
-Bueno, pero la medalla, ¿se la podemos dar a él?
Me quedé en silencio, imaginándonos de smoking, con Gecko subido en un atril, recibiendo la premiación. La escena que me inventé parecía más propia del Oscar que del Nobel, como si le dieran una mención especial a la rana René o algo así. Es más, el que nos entregaba el premio era muy parecido a Billy Cristal.
-Papi
-¿Qué?
-Nada, te quedaste callado.
-Estaba pensando…
-¿En qué?
-¿Le dijiste a alguien que Gecko habla?
-A vos.
-¿A nadie más?
-No.
-Por ahora, no se lo vamos a decir a nadie.
-¿Por qué?
-Porque todo el mundo va a querer verlo.
-Y oírlo.
-Sí, y lo van a querer estudiar y un montón de cosas más. No nos dejarían vivir tranquilos. Es mejor que nadie sepa.
-Igual, él sólo habla delante de mí.
-¿Qué?
-Claro, por eso ustedes nunca lo oyeron. Confía en mí nada más. Por eso lo filmé. Si te lo contaba no me lo hubieras creído.
-Sí, es probable. Pero estoy preocupado, tenemos que pensar bien esta situación, o vamos a terminar como los Tanner.
-¿Quiénes son los Tanner?
No le alcanzó mi explicación. Esa noche, Gecko y él, sentados en el sillón, vieron capítulos de Alf hasta dormirse.
Alcé a Felipe como cada noche y lo llevé hasta su habitación. Juanita y Mariana miraban TV en nuestra cama. Bajé a apagar todas las luces y llevé a Gecko a su terrario.
-Buenas noches- le dije.

Pero no me respondió.
Continuará

jueves, 19 de noviembre de 2015

MAGDALENA Y LUPERCA


Magdalena amamantó a Rómulo y Remo.
Y Luperca lavó los pies de Jesús
Fue por amor, no por dinero
La vida fluyendo en un río de luz.

jueves, 5 de noviembre de 2015

EL NIÑO QUE NO PARABA DE CORRER


Carreras y caricias. Las piernas que no pararon de correr, las manos ávidas por acariciar. La vida también está en las cosas, en lo que significan. Quizá por eso acaricié sus lentes. Fue una forma de tomar dimensión de su presencia. Antes, al entrar en la quinta, mis piernas bajaron torpes del auto y se irguieron vacilantes frente a él, después de haber corrido sin parar toda la vida. ¿Qué le dijé y qué me dije? Ambas voces se me mezclaron, se cruzaron, se confundieron. ¿Le dije que desde la niñez pensaba que no hay que parar de correr para que no nos atrape la muerte, o sólo lo pensé? ¿Llegué a contarle la anécdota de la que nació esa idea? Seguro que no. No le hablé del callejón Ortiz ni de Marina, la nena de la casa de enfrente, la hija del policía, la que me llevaba al baldío de al lado y me tironeaba la pistolita. Ella me enseñó qué es el amor y qué es la muerte. Cuando se murió una chica judía que vivía en la casa de la esquina, yo no sabía qué era morirse. ‘Es un señor todo quieto que se muere’, me dijo Marina. ‘Entonces, te morís si te quedás quieto -le dije-. Si te vas corriendo a una plaza, no te morís’. ‘Claro’, me contestó. Durante años viví convencido que si corría, la muerte no me iba a alcanzar”. En fin, no sé bien que dije. Si estoy seguro de las excusas tontas que di por haber llegado tarde a Puerta De Hierro, de la pícara preocupación con que el General me hizo notar mi impuntualidad. Luego, la caminata hasta la casa. Como el maratonista que acaba de llegar a la meta, caminé junto a él. Caminé de piernas temblorosas. Caminamos y le hablé de cómo capar chanchos. ¿Fue en la caminata en el porche? ¿Cómo empezamos a hablar de eso? Quizá porque aprendí a caparlos en una de las escuelas agrícolas que él creo. Habían venido al teatro a invitarme Isabel y López Rega, el día anterior. Los acompañaba Carlitos Acuña, amigo del General, del Generalísimo, y tal parece que mío también. Cuando llegamos tarde, quiso embarullar a Perón con explicaciones de tránsito por nuestra demora, pero no le prestó demasiada atención porque ya nos había señalado el detalle. También hablamos de gallinas en la caminata. “Yo siempre le digo a la gente que tenga su gallinerito”, sentenció el General cuando pasamos de las Plymouth a las Leghorn, que parecen más rústicas pero son más ponedoras, bien peronistas. Hablando de gallinas con el más sabio. ¿De qué le iba a hablar, de mis películas? Sospechaba que no las había visto. Además, no me gustaba incomodar a los políticos con mis películas. Sentía que no eran para ellos, que se aburrirían. Aun recuerdo a Cámpora en el estreno de Juan Moreira. Las luces se apagaron y apenas comenzó a rodar la película se durmió y empezó a roncar. Lo desperté, porque era un papelón que se durmiera así el tipo que iba a ser presidente de la Nación. Pero lo importante no era de qué hablaba con el General. Andando a su lado se me fueron pasando los temblores. Me sentía comprendido, la serenidad de su sabiduría me fue sosegando la agitación. El cantante, el general y los caniches. Daban vueltas alrededor nuestro, saltaban, ponían a prueba nuestra estabilidad. Parecíamos dos artistas de circo guiando su rutina. Era una tarde templada y de sol en un parque enorme y arbolado. “Parecen la oligarquía, no nos dejan avanzar”, dijo Perón y me hizo un guiño. Era un gesto recurrente en él. Cada que lo veo en algún material de archivo guiñar el ojo recuerdo aquella tarde en que el guiño del mito fue para mí. Apenas se agachó y una perrita le saltó en los brazos. Lo besuqueaba, lo lamía y él se dejaba. Yo soy así también con los perros. “Esa raza es muy inteligente”, le dije recordando lo que había leído días atrás en una revista acerca de esos perros. “Claro, por eso la usan mucho en los circos”, respondió. “Tienen inteligencia superior. ¿Ve? Acá murió el Gaucho. Está bajo ese montículo cubierto de flores azules. El Gaucho y ésta son los únicos que nos quedaron de los que trajimos de Argentina. Todos los demás son hijos de aquellos”. Así que el Gaucho murió en el exilio. Y la perrita es la única sobreviviente. O sea que cada “Luche y vuelve” pintado en una pared la incluía también a ella. Gallinas, perros, chanchos. Los animales me sostuvieron en pie para poder conversar con Perón. Un poco le gustó mi conversación, un poco me siguió la corriente. Sabía volar más o menos a la misma altura que su interlocutor. La casa estaba casi en el centro del parque y era de gran austeridad. Su escritorio estaba en la planta baja. Nos sentamos en el porche. Mate y té con leche. Y el mito, paciente y cálido. Estuvimos como cuatro horas hablando. Fue un acierto no hablarle de política. Como a mí no me gustaba que me hablaran de cine en las reuniones, acerté al no sofocarlo de política. Si hasta le hablé de mi infancia, aunque no me acuerdo si yo fui a ese tema o me llevó él. Le conté que había estado internado en la Casa del Niño. Me preguntó por el trato en el lugar. Le dije que ningún celador me levantó la mano, aunque yo era bastante difícil. Pero que cuando nos poníamos muy bravos, de vez en cuando se venía una rapada. También le conté de mi colegio, el Miguel Pouget. Se puso contento. Estaba orgulloso de las escuelas granjas. No recuerdo si los animales nos llevaron a mi infancia o mi infancia a los animales. Lo cierto es que me dijo que las escuelas granjas eran su orgullo. Pensar que aquella vez hablamos de la devastación de las selvas de Brasil. ¿Cómo vería la cuestión ahora? Así era él: tenía la dimensión exacta para preocuparse por el adecuado capado de un chancho, la necesidad que la gente tenga gallineritos o la devastación de una selva y los problemas ecológicos. ¡Si hasta se sabía los nombres científicos de las plantas! En cualquier otro hubiera sonado a sanata. Pero él era un sabio. Y descubrí que también había hablado del tema con Hugo del Carril. “Sabe mucho de eso”, me dijo, y me los imaginé intercambiando nombres de plantas en latín. ¡Ja! Ahora me acuerdo cómo definió a Hugo después de preguntarme cómo andaba. “Hugo es un gran señor, a cualquier hora que se levante”. Le robé más de una vez esa frase al General para referirme a buenas personas. ¿Por qué pasamos de Hugo a Rucci? No recuerdo bien, pero me di cuenta en la mirada y en la voz de Perón que lo quería. Parecía que hablaba de un hijo. De allí pareció inevitable que habláramos de Silvio Frondizi. Hacía uno o dos días que habían asesinado al pibe. De pronto giré la cabeza y sentí un mar de tristeza en los ojos del General. Guardo una foto que nos tomaron ese día justo cuando hablábamos de ese crimen. Pocas veces fue atrapada en una imagen una expresión de tristeza tan profunda. El no se permitió que ese brillo durara más que un breve instante. “¿Usted es Jury, no?”, me preguntó cambiando de tema. ¡El mito conocía mi verdadero apellido! ¡Había cantado para multitudes, había recibido elogios impensados para mis películas, pero creo que nunca antes me había inflado tanto de orgullo. “Sí, sí”, tatamudeé, como si no estuviera tan seguro como él de mi apellido. "Usted es de ascendencia árabe. Su papá, ¿de dónde era?" “De Siria -le dije yo-. De Damasco". "Ah, de la Siria palestina. Allí nació Jesús". Oírlo decir eso fue como si Dios hubiera enviado a Magdalena a lavarme los pies. Volví a mi infancia. Se aparecieron en el porche de Puerta de Hierro el Negro Cacerola, Cacho Tamís y todos los amigos de Luján. Me los traje a ellos y por eso tuve coraje de tocar sus anteojos. Los acaricié y sentí que estaba junto a un hombre tierno, como si en ellos se hubiera quedado para siempre el braile de sus ojos achinados. Después no me resultó difícil acariciarle la mano. No me dijo nada. Se dejaba porque era sabio y percibía lo que significaba para mí. Seguía charlando tranquilo, mientras yo le acariciaba la mano como a mi abuelo, respiraba en su piel. ¿Cuántas veces me preguntaron si lo encontré muy viejo? Sí, los años estaban, pero él era el mismo, el del mito. No había diferencia entre su voz hablándome de capar chanchos y la que en mi niñez salía de los parlantes en la plaza de mi pueblo. Tampoco hubo diferencia en mí: si entonces era un niño de fiesta, ¿cómo no serlo allí, sentado frente a él? Ahora, cuando alguien me viene a ver, le veo la misma pregunta en los ojos. ¿Cómo está de viejo, cuánto más vivirá? Supongo que no mucho, quizá ni consiga volver a filmar. ¿Se atreverá alguien a mi mantel de hule? Lo cierto es que lo ven. Claro que ven que estoy viejo y enfermo. Pero sé que también ven, al menos los que saben mirar, que sigo siendo el niño. El niño que corrió y corrió hasta tocar las manos de aquel viejo.

sábado, 24 de octubre de 2015

ÁNIMA


Ánimo. Ánimo tu ánima. Sopla. 
Que lata en la noche tu soplo. 
Ánimo tu ánima en desambiguación. 
Ánimo ante el frío de la desolación. 
No te desanimes, no te desalmes. 
No temas a la marea de la pena. 
Déjala mecerse a la luz de la luna. 
Respira hondo, enciende tus velas, 
desvela a la pena y devela la brisa 
con que encenderás el mundo. 
Devélanos la magia de tu animación. 
El milagro de un nuevo día  
vive en tu respiración.

martes, 13 de octubre de 2015

UNA MUJER CAMINANDO EN MARTE


Vi una foto de una mujer caminando en Marte
Y se me dio por llamarte, pero no estabas.
Y recordé los días que caminábamos juntos
Y hablábamos de los planetas, y mirabas
El cielo como si se pudiera volar a cualquier parte
Y yo te hablaba de los amores cobardes
por temor a que te marcharas.

Quizá porque aprendiste a volar
En tu huella naufragó mi mar
Y ya no me queda otro arte
Que soñar con ir a buscarte.

viernes, 2 de octubre de 2015

ATRÁS QUEDÓ LA LUNA DE SAN JOSÉ DEL RINCÓN





Por fin me encontré con Ro Ferraris en San José del Rincón.

Fue encontrarme con su casa de arena y piedra. Con sus compañeras y compañeros de lucha, sus hijas y su jardín en una tarde de sol, la dicha de la hospitalidad en un pueblo que se hizo ciudad agazapado a un costado de Santa Fé.
Fue dar de frente a la cancha de Unión, tan pequeña como imponente, y encender un sinfín de recuerdos futboleros hilvanados en la voz de Víctor Hugo, desde los tiempos de Luque y el Toto Lorenzo hasta este presente de sorprender a los grandes.
Fue llenarme de voces en la tarde que hablaron de los alfajores tatengues y de sabaleros, de las cloacas, los sábalos, los frigoríficos y las cuotas de pesca, de los pescadores y de sus mujeres animándose a los botes y al río, de la laguna Setúbal, el Paraná, los arroyos y el recuerdo vivo de la gran inundación, de las incomprensiones y distancias con los socialistas, de los gringos, el turismo sexual y una muchacha brasileña varada en un refugio y, claro está, de la solitaria lucha de las mujeres contra la violencia de género aun a pesar de la solidaridad, los dispositivos y las leyes.
Fue conocer a Elizabet, Fernando, Máximo, Diego y muchas otras compañeras y compañeros, tener sentido del presente y comprender desde la palabra de las mujeres víctimas de la cultura patriarcal que tenemos el desafío no sólo de comprometernos más y mejor con cada una de ellas, sino también de hacerlo mejor a cada paso en nuestras vidas con nuestros hijos y con todas las personas que queremos.
Ro Ferraris estuvo ahí para decirnos: "Yo pude y siento que todas podemos".
Me volví sintiéndome todas, mientras la luna se fugaba detrás de un camión en la noche húmeda y aun tibia de San José de Rincón.

martes, 29 de septiembre de 2015

AZÚCAR





                                                                    Él hizo su obligación:
                                                                    lo que desde veinte esferas
                                                                    instrumentos ordenaban,
                                                                    exactamente: soltarla
                                                                    al momento justo.
                                                                                         Nada.

                                                                                                          Pedro Salinas, España, 1891.



 Primero silencio. Hasta que comenzaron a desperezarse los ruidos. Es decir, estaban allí. Eran los oídos los que se asomaban, empezaban a descubrirlos desde el umbral del sueño. Carros lejanos. Una conversación en la calle. Una canilla vertiendo agua en una palangana. La respiración de Arelis. Así también, creciendo, la luz. O sea, los ojos aprendiendo en la penumbra tenue. Haces que se filtraban por la ventana de metal. Linterna en el polvo. ¿Tendrán crujidos y ecos esas partículas flotantes? Por un segundo sintió que no había gravedad. Nada cósmico.  Era bueno el colchón. Era un gran lugar esa habitación. Seguía un orden natural. Todo estaba a la altura que estaba simplemente porque ese era el lugar en que debía estar. Las partículas entrando y saliendo del haz, ellos en la cama, el televisor en silencio a sus pies, Sammy Sosa bateando en el almanaque de la pared, un rosario levitando sobre la cabecera de la cama. Ese amanecer no sería eterno. Pero aceptaría de buena gana que una voz misteriosa le susurrara que su vida había sido una excusa, un juego de laberintos para llegar a ese momento. Crecerían los sonidos y la luz, Arelis se levantaría a preparar el desayuno, Azúcar encendería la radio, Gustavo se afeitaría en el baño sin espejo apenas con una jarra de agua, saldrían para echar un primer vistazo. No la despertó. Se quedó mirándola. Jugó a copiarle el ritmo de la respiración. Siempre tibia la sombra del muro de su espalda.

domingo, 27 de septiembre de 2015

SAN JOSÉ DEL RINCÓN:MANOS CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO


"Hola Alfredo, gracias por etiquetarme. te cuento que yo solita en mi pueblo-San Jose del Rincón- camine las calles juntando las 260 firmas de hombres por las 260 victimas. tenemos que erradicar esta locura. Bendiciones !!!!". Así me escribía Ro Ferraris en abril de 2011 después que nosotros en Lomas de Zamora junto a Alex Freyre alzáramos los brazos por las 260 víctimas de violencia de género registradas periodísticamente ese año.
Desde entonces nos mantenemos en contacto por Facebook y cuando me contó del encuentro del 30 de setiembre, le dije que me gustaría conocer su pueblo y participar del encuentro.
Será un orgullo ir y sumar mis manos y mi voz para que sean más los que sepan que en San José del Rincón, Santa Fé, Ro y muchas otras personas militan contra la violencia de género.
Iré con mis libros y mis ganas de compartir el desafío. Creo que no hace falta más.

sábado, 26 de septiembre de 2015

23/3/76:RIVER-PORTUGUESA Y LA HUIDA DE CÁMPORA



Las crónicas deportivas también sirven para hilvanar el relato de la historia. La noche del 23 de marzo de 1976 Héctor Cámpora escapó por la puerta trasera de su casa de San Andrés de Giles. El relato televisivo del partido que disputaban River y Portuguesa por Copa Libertadores le sirvió de cortina sonora para que sus custodios no percibieran la huida.
Al día siguiente, el 24 de marzo, el único espectáculo cuya transmisión fue autorizada por la Junta Militar fue el partido que disputaron Polonia-Argentina en la gira Europea de la Selección. El equipo de Menotti empezaría a encontrar el rumbo futbolístico el mismo día que el país lo perdió. Cámpora terminó exiliándose en la embajada de México. En un breve lapso, pasó de ser presidente y acompañar a Perón en su retorno a ser expulsado del Partido Justicialista en 1975 y terminar exiliado en una embajada en su propio país luego de esquivar milagrosamente la detención o la muerte a mano de los golpistas.
A continuación, un fragmento de mi novela "24/3/76,Historia de un día" que evoca aquella huida de la noche del 23.

"Lali salió otra vez a la ruta mientras don Héctor se preparaba en su dormitorio. Luego de hacer las valijas, se quedó frente al jardín mirando el atardecer hasta que lo esfumó la penumbra. Se levantó con las piernas entumecidas, fue a la cocina y encendió la radio para escuchar algo de música, pero se encontró con la voz de Alende dando un mensaje desesperado.
Apagó la radio y terminó de oírlo por televisión. “Bien distinto al del Chino”, pensó. Luego empezó la transmisión de River-Portuguesa y su chofer se sentó a su lado. Al rato se asomó uno de los agentes, que espió unos minutos el partido y se alejó en un bostezo.
–Tanto no –dijo don Héctor y giró la perilla cinco minutos hacia la izquierda mientras veía rodar al diez de Portuguesa tras un cruce de Mostaza Merlo. Moya había subido el volumen y la voz del relator parecía más sola en el silencio mientras paseaba anodina entre apellidos y apodos de jugadores.
El compañero de Moya se les sumó con las valijas que habían preparado un rato antes. Lali volvió con malas noticias. No había podido contactarse con el Gordo. Pero don Héctor coincidió en que tenían que irse igual.
–Yo sabía que alguna vez la salida trasera iba a servir para algo –afirmó sobre su primera sonrisa del día.
–¿Y adónde vamos?
–A lo del Gordo, y que Dios decida. Lali, vos andá primero por adelante y esperanos en la ruta.
Moya y su compañero cargaron las valijas en el baúl del Fairlane azul y don Héctor se quedó mirándolos en la entradadel garaje.
–¿Qué pasa? –preguntó Moya sorprendido.
–Nada, que tenías razón en subir tanto el volumen. Esa cortina hace un ruido infernal.
–Vaya hasta la tele que yo la levanto. Oiga una cosa...
–¿Qué?
–¿Para qué se puso esos anteojos?
–Porque son oscuros. Nos estamos escapando, ¿no?
–Todo el país lo vio con esos lentes.
–Y con esta camisa. Tenés razón. Me estoy poniendo viejo. Esperá que me la cambio.
–Ya está, deje. Con sacarse los lentes alcanza.
La noche estaba allí, tendida inmóvil sobre la calle Avellaneda. El Fairlane salió intentando no importunarla y antes de llegar a la esquina se pegó al cordón para no molestar a un perro flaco que dormía en medio de la calle".

jueves, 24 de septiembre de 2015

SPAM


Spam
Mensaje no deseado
Troyano agazapado
Cadena del fracaso
Correo del mal paso
Vos sos spam.

Spam,
Te ganaste tu bandeja
Con viagras y pendejas
Con cartas de Mauricio
Cajón del desperdicio
Vos sos spam.

Spam
Cien mil destinatarios
En busca de un otario
El buzón donde elegiste
Llorar lo que no fuiste
Ya no estás más.

sábado, 19 de septiembre de 2015

AY














Ay, un diptongo en el alma
Un suspiro que perdió la calma
Una trémula desesperación.

Ay, dos letras encastradas,
Inseparables y atragantadas
A prueba de exhalación.

Ay, te veo hasta en la nada
te extraño en la madrugada
te nombra mi ensoñación.

Ay, un dolor que no duele
Que no impide que vuele
Un aura de inspiración.

Ay, en la dicha un pucherito
Congoja de un caprichito
Prefijo de admiración.

Ay, que te miro y te espero
Ay, que te extraño y te quiero
Ay, contraseña del amor.

miércoles, 26 de agosto de 2015

NADA


Es noche.
Nunca antes a esta hora
hubo tanto silencio
en mi cabeza.
Aquellas buenas palabras
se fueron de mí.
Lo que supe
se desdibuja en brumas.
Miro a ninguna parte.
No tengo idea
ni plan
ni corazonada.
Le pregunto a mi alma
y no acierta
a insinuarme
nada.

viernes, 21 de agosto de 2015

BUBY JUEGA BACKGAMMON


Buby juega backgammon sola en una habitación fría. En realidad, no sé si juega sola. Temo que juegue sola. No tiene tablero ni cubilete ni fichas ni dados. Buby juega backgammon por Internet.  Sé que juega porque me lo ha contado varias veces. Y temo que lo haga sola porque cuando me habla de sus rivales me pregunto si en realidad no está jugando contra un programa. Los identifica por su nacionalidad, como si participara de un campeonato mundial. Dice que el más difícil es un inglés. “A los demás les gano siempre, pero con el inglés es difícil. Me ganó dos veces y yo tres”. Cuando empezó con este pasatiempo, hace más de medio año, no sabía jugar al backgammon. Me contaba que ganaba siempre muy rápido, hasta el día que nos dimos cuenta que había entendido el juego al revés: la celeridad tenía que ver con que perdía. Pero aprendió. Ahora es una experta, que lleva acumuladas horas y más horas, sentada frente a la computadora en la habitación fría. Fría y húmeda. Sé que es fría y húmeda porque es el cuarto de adolescentes de mi hermano y mío. No es una particularidad de ese ambiente. Toda la casa es húmeda.
Buby vive sola en esa casa fría y húmeda. Es la casa que levantaron ella y Oscar hace casi cincuenta años, cuando Oscar hizo prevalecer su empecinamiento al razonamiento de Buby y en vez de comprar el terreno cerca del centro de Lomas terminaron eligiendo el barrio San José. La casa en la que crecí, sobre la calle La Pampa, que hoy como hace cuatro décadas se sigue inundando apenas la lluvia se lo propone. Buby vive sola desde que Oscar murió una tarde de hace más de cuatro años, cuando conversaba con ella y Horacio en su habitación del Hospital Naval y el aneurisma de aorta por el que aguardaba se decidieran a operarlo explotó. Horacio, el primo de Buby, fue quien los presentó en los tiempos de fútbol y bailes en el club Carcaraña de la Boca. Horacio, el hijo de José y Victoria, en el principio y en el fin de la historia de amor de Buby y Oscar. Una historia en la que nunca jugaron backgammon.
Buby y Oscar jugaban damas. Jugaban en la cama de su habitación, aun antes de que Omar naciera, cuando yo aun no podía entender el juego. Oscar ganaba más veces que Buby. Pero cuando ella lograba soprenderlo, se armaba la discusión. “Hablás tanto que me distraés”, o “me ponés nervioso”, eran algunas de las frases con que iba subiendo el tono. A Oscar no le gustaba perder a las damas con Buby.
Oscar jugaba ajedrez, Buby no. Ella siempre le reprochaba no haberle enseñado. Ni ajedrez ni a conducir. Buby siempre quiso jugar. Oscar se despidió de los juegos demasiado rápido. Nos enseñó a jugar ajedrez a Omar y a mí, pero era difícil convencerlo de sentarse frente al tablero. A los treinta y pico ya no jugaba al fútbol, a excepción de la media hora que corría en el asado de fin de año del taller donde trabajaba. Oscar, de buen oído para la música y las palabras y de buena lógica para pensar, siempre fue propenso a replegarse hacia un tiempo que no volvería nunca. Buby se moría de ganas por alimentar revoluciones, para Oscar era más que suficiente ayudar desde atrás a los muchachos. Ella tenía avidez por el mundo. El la prefería en casa. Allí está sentada, en la habitación fría y húmeda de la casa aun erguida en el lugar del mundo que Oscar prefirió. Sin salir, jugando backgammon.. Por la Internet, en su refugio de casi siempre.
Buby no solo juega backgammon cuando está sola. Fuma, corta el pasto, le da de comer a Clifford, reniega con los vecinos por la basura de la calle, va a la pileta con sus amigas, vela por las letras frágiles y pequeñas de Malena, baja de Ares temas de Calle 13, discute con Janá, chusmea con Beba, llora con Fagner o con el Polaco, se enciende con Miguel de Molina o Los Redondos, detecta hasta el último artículo que me menciona en Internet, habla con Felipe, camina con sus pasos ahora breves la cuadra que la separa de Omar, chequea la situación de alguna jubilación en la autopista informática de ANSES, le da una mamadera a Juanita, conversa vaya a saber de qué con Paula, desnuda a una persona mirando su letra, se banca los chuchos de frío cuando se le termina el Hart, relee El derecho penal del enemigo, prepara bandejas interminables de sambusa que poco después devoraremos en segundos o aguarda en silencio que el teléfono se apiade de su soledad y suene. Esas y muchas otras cosas.
Pero ahora, Buby juega backgammon sola en una habitación fría que aun tiene en sus paredes los posters de nuestra juventud: el afiche de Seru para la presentación de bicicleta, un Lennon herido de muerte que alguien dibujó para la revista Hurra, un afiche de la compañía de mimo de Angel Elizondo, una boleta de las elecciones para el centro de estudiantes en que fui candidato en el 84 y un afiche de Alende presidente, para que todo cambie.
Omar y yo ya no somos esa vida, aunque una vez por semana volvamos a entrar a esa pieza. Buby juega backgammon sola junto a los restos de una vida que ya no es. De madrugada se dormirá, se levantará despacio por la mañana. Le hablará a Clifford, encenderá la radio, se dirá algo, se oirá, mirará la cocina sin Oscar tomando mate y escuchando tangos, se lavará la cara en su casa sin agua caliente, se preparará un té y verá por donde entrarle ese día a la vida.

Me gusta verme parecido a Oscar, pero es por Buby que mi cabeza vive paseando por las palabras.  Escribir es mi actitud, pero seguiré sintiendo que no lo hago del todo bien si no logro contar como ella sigue adelante a pesar de todo, si no sé decir el ánimo que late en la mirada encendida de esa mujer que en la madrugada juega backgammon sola en una habitación fría. 

lunes, 17 de agosto de 2015

KLIMT


Me critican.
Pero los buscan.
Encuentran falos en mis pinturas
Hasta donde no los dibujé.
¿Qué les puedo explicar?
Lo que pinto me relata.
No me pidan autorretratos.
No hay nada demasiado interesante
para ser pintado en mí.
Pinto mujeres.
Si me buscan en mis cuadros
Quizá añore ser uno de esos niños
En los pechos de sus madres jóvenes.
Besé muchas veces.
Pero para mi mejor beso
Trabajé horas y días sin descanso
Hasta que encontró su luz
Y su piel.
“Emile”
Dije en mi lecho de muerte.
El beso póstumo que no fue.

domingo, 16 de agosto de 2015

PASAJERO FUGAZ



Intento elegir mirando hacia el cielo
un pequeño planeta pasajero en su giro
de una estrella en un millón de fuegos
multitud de soles en la noche respiro.

Callado en lo oscuro me vuelvo tan lento
Que veo como se mueve al oeste mi casa
como una manecilla de las horas al viento
La quietud no existe cuando la vida pasa.

Y aprendiendo el don de la lentitud extrema
Sonriente te evoco en la tarde ya ida
Respiro tan calmo que mis ojos en vigilia

Acuden veloces al lugar en que se quema
El milagro de tu entrepierna bien herida.
Se mece y me marea la luz por su mirilla.

Así iluminado desde que me hiciste reír
Ahora que tengo un jardín que  me tiene
Y desde cada brizna  me pide verlo morir
Como si yo no supiera que él verá mi muerte.
 
Pero quizá ignore que desperté en tu sueño
Abrazado a ti en medio del marrón del río
Y tu boca me cobijó con un beso pequeño
Para luego enseñarme a no morir de frío.

Ahora que la furia de una luz herida
Alumbra la fragilidad de nuestro abrazo
Hasta con los dedos puedo mirarte

Porque no hay otro viaje que el de ida
No habrá río que ignore estos pasos
que hallan su rumbo sólo con nombrarte.

EL LLANTO DE MI OJO DERECHO


Un día mi ojo derecho comenzó a llorar.
Pensé que era conjuntivitis o algo por el estilo y probé con todo tipo de colirios.
Pero no hubo caso. Su llanto no cesaba.
Pensé que quizá se trataba de alguna pena. Pasé revista a todos mis dolores. Eran tiempos difíciles. Aún vivía mi padre. Mi hermano había armado un club del trueque. Yo no tenía ni hijos ni casa. Recuerdo que pensé en todo tipo de quebrantos. Desde los más triviales hasta los más profundos. Hubiera podido llorar por cualquiera de ellos. De hecho, varias de esas penas alguna vez me habían arrancado el llanto. Pero nunca de un solo ojo. Ninguna explicaba que llorara sólo del ojo derecho.
¿Acaso la razón tenía que ver con el lado izquierdo del cerebro? Me hice experto en hemisferios cerebrales y por un momento creí estar cerca de la respuesta. Al parecer, el hemisferio izquierdo del cerebro controla el lado derecho del cuerpo y viceversa. A su vez, descubrí que el derecho es el de las imágenes y los sentimientos, mientras que el izquierdo se encarga del lenguaje y las matemáticas.
La búsqueda me puso cara a cara con una idea literaria. Pensé en un niño que lloraba todo el tiempo del ojo izquierdo. Algo en lo que le tocaba  ver en el mundo hacía que su hemisferio derecho hiciera llorar a su ojo izquierdo, mientras el otro hemisferio, comprendiendo cada paso de la vida con rigor lógico, nada le pedía al ojo derecho. No era mala la idea, pero nunca avancé en la escritura de esa historia, porque lloraba el ojo derecho y no el izquierdo, y su llanto permanente me sacaba las ganas de escribir.
Pasaron días, semanas, meses tal vez.
Hasta que al fin accedí a hacer algo a lo que me había negado a pesar de la insistencia machacona de varias personas.
Fui al oculista.
A la oculista. Porque era una oftalmóloga. Tenía el pelo negro, una sonrisa tranquilizadora y cuando cruzó el pasillo frente a la sala de espera diciendo mi nombre casi me enamoro. La saludé nervioso, me senté dónde me indicó y se sentó frente a mí, aparato oftalmológico de por medio.
Ella miraba mi ojo para averiguar por qué lloraba. Yo la miraba a ella y no podía creer que ante sus ojos el lado derecho de mi cerebro no hubiera hecho cesar el llanto al verla.
“Tenés astigmatismo”- me dijo.
Me agradó que me tuteara. Recordaba la palabra, aunque había olvidado la diferencia entre astigmatismo, miopía o presbicia.
“Ah”, respondí un poco abobado.
“Tu ojo derecho llora porque tiene que esforzarse cada vez más para compensar la visión borrosa de tu ojo izquierdo”.
Cerré el ojo derecho y la miré. Seguía siendo hermosa,  pero pequeñas brumas volaban en su nariz y no lograba percibir el énfasis de su mirada. Cerré el ojo izquierdo y abrí el derecho.
“Tenés que usar lentes”, dijo obsequiándome una sonrisa piadosa.
Comenzó a escribir las recetas y la imaginé sentada en su pupitre en la escuela secundaria.
“¿Ningunas gotas?”
“Ninguna. Hacete los lentes y no vas a llorar más”.
Le sonreí y me fui rápido, porque me di cuenta que me había emocionado un poco y estaba llorando de los dos ojos. Nunca más volví a verla. Y mi ojo derecho no volvió a llorar en soledad.