miércoles, 26 de agosto de 2015

NADA


Es noche.
Nunca antes a esta hora
hubo tanto silencio
en mi cabeza.
Aquellas buenas palabras
se fueron de mí.
Lo que supe
se desdibuja en brumas.
Miro a ninguna parte.
No tengo idea
ni plan
ni corazonada.
Le pregunto a mi alma
y no acierta
a insinuarme
nada.

viernes, 21 de agosto de 2015

BUBY JUEGA BACKGAMMON


Buby juega backgammon sola en una habitación fría. En realidad, no sé si juega sola. Temo que juegue sola. No tiene tablero ni cubilete ni fichas ni dados. Buby juega backgammon por Internet.  Sé que juega porque me lo ha contado varias veces. Y temo que lo haga sola porque cuando me habla de sus rivales me pregunto si en realidad no está jugando contra un programa. Los identifica por su nacionalidad, como si participara de un campeonato mundial. Dice que el más difícil es un inglés. “A los demás les gano siempre, pero con el inglés es difícil. Me ganó dos veces y yo tres”. Cuando empezó con este pasatiempo, hace más de medio año, no sabía jugar al backgammon. Me contaba que ganaba siempre muy rápido, hasta el día que nos dimos cuenta que había entendido el juego al revés: la celeridad tenía que ver con que perdía. Pero aprendió. Ahora es una experta, que lleva acumuladas horas y más horas, sentada frente a la computadora en la habitación fría. Fría y húmeda. Sé que es fría y húmeda porque es el cuarto de adolescentes de mi hermano y mío. No es una particularidad de ese ambiente. Toda la casa es húmeda.
Buby vive sola en esa casa fría y húmeda. Es la casa que levantaron ella y Oscar hace casi cincuenta años, cuando Oscar hizo prevalecer su empecinamiento al razonamiento de Buby y en vez de comprar el terreno cerca del centro de Lomas terminaron eligiendo el barrio San José. La casa en la que crecí, sobre la calle La Pampa, que hoy como hace cuatro décadas se sigue inundando apenas la lluvia se lo propone. Buby vive sola desde que Oscar murió una tarde de hace más de cuatro años, cuando conversaba con ella y Horacio en su habitación del Hospital Naval y el aneurisma de aorta por el que aguardaba se decidieran a operarlo explotó. Horacio, el primo de Buby, fue quien los presentó en los tiempos de fútbol y bailes en el club Carcaraña de la Boca. Horacio, el hijo de José y Victoria, en el principio y en el fin de la historia de amor de Buby y Oscar. Una historia en la que nunca jugaron backgammon.
Buby y Oscar jugaban damas. Jugaban en la cama de su habitación, aun antes de que Omar naciera, cuando yo aun no podía entender el juego. Oscar ganaba más veces que Buby. Pero cuando ella lograba soprenderlo, se armaba la discusión. “Hablás tanto que me distraés”, o “me ponés nervioso”, eran algunas de las frases con que iba subiendo el tono. A Oscar no le gustaba perder a las damas con Buby.
Oscar jugaba ajedrez, Buby no. Ella siempre le reprochaba no haberle enseñado. Ni ajedrez ni a conducir. Buby siempre quiso jugar. Oscar se despidió de los juegos demasiado rápido. Nos enseñó a jugar ajedrez a Omar y a mí, pero era difícil convencerlo de sentarse frente al tablero. A los treinta y pico ya no jugaba al fútbol, a excepción de la media hora que corría en el asado de fin de año del taller donde trabajaba. Oscar, de buen oído para la música y las palabras y de buena lógica para pensar, siempre fue propenso a replegarse hacia un tiempo que no volvería nunca. Buby se moría de ganas por alimentar revoluciones, para Oscar era más que suficiente ayudar desde atrás a los muchachos. Ella tenía avidez por el mundo. El la prefería en casa. Allí está sentada, en la habitación fría y húmeda de la casa aun erguida en el lugar del mundo que Oscar prefirió. Sin salir, jugando backgammon.. Por la Internet, en su refugio de casi siempre.
Buby no solo juega backgammon cuando está sola. Fuma, corta el pasto, le da de comer a Clifford, reniega con los vecinos por la basura de la calle, va a la pileta con sus amigas, vela por las letras frágiles y pequeñas de Malena, baja de Ares temas de Calle 13, discute con Janá, chusmea con Beba, llora con Fagner o con el Polaco, se enciende con Miguel de Molina o Los Redondos, detecta hasta el último artículo que me menciona en Internet, habla con Felipe, camina con sus pasos ahora breves la cuadra que la separa de Omar, chequea la situación de alguna jubilación en la autopista informática de ANSES, le da una mamadera a Juanita, conversa vaya a saber de qué con Paula, desnuda a una persona mirando su letra, se banca los chuchos de frío cuando se le termina el Hart, relee El derecho penal del enemigo, prepara bandejas interminables de sambusa que poco después devoraremos en segundos o aguarda en silencio que el teléfono se apiade de su soledad y suene. Esas y muchas otras cosas.
Pero ahora, Buby juega backgammon sola en una habitación fría que aun tiene en sus paredes los posters de nuestra juventud: el afiche de Seru para la presentación de bicicleta, un Lennon herido de muerte que alguien dibujó para la revista Hurra, un afiche de la compañía de mimo de Angel Elizondo, una boleta de las elecciones para el centro de estudiantes en que fui candidato en el 84 y un afiche de Alende presidente, para que todo cambie.
Omar y yo ya no somos esa vida, aunque una vez por semana volvamos a entrar a esa pieza. Buby juega backgammon sola junto a los restos de una vida que ya no es. De madrugada se dormirá, se levantará despacio por la mañana. Le hablará a Clifford, encenderá la radio, se dirá algo, se oirá, mirará la cocina sin Oscar tomando mate y escuchando tangos, se lavará la cara en su casa sin agua caliente, se preparará un té y verá por donde entrarle ese día a la vida.

Me gusta verme parecido a Oscar, pero es por Buby que mi cabeza vive paseando por las palabras.  Escribir es mi actitud, pero seguiré sintiendo que no lo hago del todo bien si no logro contar como ella sigue adelante a pesar de todo, si no sé decir el ánimo que late en la mirada encendida de esa mujer que en la madrugada juega backgammon sola en una habitación fría. 

lunes, 17 de agosto de 2015

KLIMT


Me critican.
Pero los buscan.
Encuentran falos en mis pinturas
Hasta donde no los dibujé.
¿Qué les puedo explicar?
Lo que pinto me relata.
No me pidan autorretratos.
No hay nada demasiado interesante
para ser pintado en mí.
Pinto mujeres.
Si me buscan en mis cuadros
Quizá añore ser uno de esos niños
En los pechos de sus madres jóvenes.
Besé muchas veces.
Pero para mi mejor beso
Trabajé horas y días sin descanso
Hasta que encontró su luz
Y su piel.
“Emile”
Dije en mi lecho de muerte.
El beso póstumo que no fue.

domingo, 16 de agosto de 2015

PASAJERO FUGAZ



Intento elegir mirando hacia el cielo
un pequeño planeta pasajero en su giro
de una estrella en un millón de fuegos
multitud de soles en la noche respiro.

Callado en lo oscuro me vuelvo tan lento
Que veo como se mueve al oeste mi casa
como una manecilla de las horas al viento
La quietud no existe cuando la vida pasa.

Y aprendiendo el don de la lentitud extrema
Sonriente te evoco en la tarde ya ida
Respiro tan calmo que mis ojos en vigilia

Acuden veloces al lugar en que se quema
El milagro de tu entrepierna bien herida.
Se mece y me marea la luz por su mirilla.

Así iluminado desde que me hiciste reír
Ahora que tengo un jardín que  me tiene
Y desde cada brizna  me pide verlo morir
Como si yo no supiera que él verá mi muerte.
 
Pero quizá ignore que desperté en tu sueño
Abrazado a ti en medio del marrón del río
Y tu boca me cobijó con un beso pequeño
Para luego enseñarme a no morir de frío.

Ahora que la furia de una luz herida
Alumbra la fragilidad de nuestro abrazo
Hasta con los dedos puedo mirarte

Porque no hay otro viaje que el de ida
No habrá río que ignore estos pasos
que hallan su rumbo sólo con nombrarte.

EL LLANTO DE MI OJO DERECHO


Un día mi ojo derecho comenzó a llorar.
Pensé que era conjuntivitis o algo por el estilo y probé con todo tipo de colirios.
Pero no hubo caso. Su llanto no cesaba.
Pensé que quizá se trataba de alguna pena. Pasé revista a todos mis dolores. Eran tiempos difíciles. Aún vivía mi padre. Mi hermano había armado un club del trueque. Yo no tenía ni hijos ni casa. Recuerdo que pensé en todo tipo de quebrantos. Desde los más triviales hasta los más profundos. Hubiera podido llorar por cualquiera de ellos. De hecho, varias de esas penas alguna vez me habían arrancado el llanto. Pero nunca de un solo ojo. Ninguna explicaba que llorara sólo del ojo derecho.
¿Acaso la razón tenía que ver con el lado izquierdo del cerebro? Me hice experto en hemisferios cerebrales y por un momento creí estar cerca de la respuesta. Al parecer, el hemisferio izquierdo del cerebro controla el lado derecho del cuerpo y viceversa. A su vez, descubrí que el derecho es el de las imágenes y los sentimientos, mientras que el izquierdo se encarga del lenguaje y las matemáticas.
La búsqueda me puso cara a cara con una idea literaria. Pensé en un niño que lloraba todo el tiempo del ojo izquierdo. Algo en lo que le tocaba  ver en el mundo hacía que su hemisferio derecho hiciera llorar a su ojo izquierdo, mientras el otro hemisferio, comprendiendo cada paso de la vida con rigor lógico, nada le pedía al ojo derecho. No era mala la idea, pero nunca avancé en la escritura de esa historia, porque lloraba el ojo derecho y no el izquierdo, y su llanto permanente me sacaba las ganas de escribir.
Pasaron días, semanas, meses tal vez.
Hasta que al fin accedí a hacer algo a lo que me había negado a pesar de la insistencia machacona de varias personas.
Fui al oculista.
A la oculista. Porque era una oftalmóloga. Tenía el pelo negro, una sonrisa tranquilizadora y cuando cruzó el pasillo frente a la sala de espera diciendo mi nombre casi me enamoro. La saludé nervioso, me senté dónde me indicó y se sentó frente a mí, aparato oftalmológico de por medio.
Ella miraba mi ojo para averiguar por qué lloraba. Yo la miraba a ella y no podía creer que ante sus ojos el lado derecho de mi cerebro no hubiera hecho cesar el llanto al verla.
“Tenés astigmatismo”- me dijo.
Me agradó que me tuteara. Recordaba la palabra, aunque había olvidado la diferencia entre astigmatismo, miopía o presbicia.
“Ah”, respondí un poco abobado.
“Tu ojo derecho llora porque tiene que esforzarse cada vez más para compensar la visión borrosa de tu ojo izquierdo”.
Cerré el ojo derecho y la miré. Seguía siendo hermosa,  pero pequeñas brumas volaban en su nariz y no lograba percibir el énfasis de su mirada. Cerré el ojo izquierdo y abrí el derecho.
“Tenés que usar lentes”, dijo obsequiándome una sonrisa piadosa.
Comenzó a escribir las recetas y la imaginé sentada en su pupitre en la escuela secundaria.
“¿Ningunas gotas?”
“Ninguna. Hacete los lentes y no vas a llorar más”.
Le sonreí y me fui rápido, porque me di cuenta que me había emocionado un poco y estaba llorando de los dos ojos. Nunca más volví a verla. Y mi ojo derecho no volvió a llorar en soledad.

sábado, 15 de agosto de 2015

LABOLITA, DURET Y NÉSTOR



La noticia informa que la justicia otorgó al genocida, Alejandro Guillermo Duret, permiso para salir del penal de Marcos Paz y asistir a un bautismo en el barrio porteño de Recoleta este domingo. No es descabellado pensar que se trate de una provocación deliberada. Alejandro Duret fue el responsable de la desaparición de Carlos "Chiche" Labolita, a quien atrapó utilizando como señuelo a su padre. En la madrugada que siguió al golpe del 24 de marzo de 1976, el teniente Duret, que había tomado el mando de las Flores, detuvo al padre de Labolita, con su militancia en la docencia gremial como excusa. Pero su verdadero objetivo era Chiche, quien junto a su compañera Gladys, ante la inminencia del golpe, había compartido pensión para refugiarse junto a Néstor y Cristina Kirchner.

Quienes otorgaron el permiso a Alejandro Duret no ignoran esta situación y no creo que se trate de una decisión estrictamente jurídica. La siento como una provocación, como una burla.
Por eso me animo a compartir dos fragmentos de mi novela "24/3/76, Historias de un día", que tienen que ver con cómo vivieron Carlos Labolita, su padre y el teniente Duret aquel día.

“Papá” se dice. Teme por él. Le habla a la distancia. Lo nombra. Le pide. “Andate, no te quedes allí” ¿Cuántas veces de niño lo invocó para que viniera en su ayuda? Sin embargo, ahora siente que es él quien debe acudir. Sabe que su padre no se irá. “Nadie me puede hacer nada porque nunca hice nada malo”. Ese es el razonamiento que mantiene al padre en el pueblo. No entiende que no alcanza, que estar libre de culpas no lo libra del peligro que se viene. Aunque no ha hecho más que abandonar la pensión y no tiene rumbo claro, Carlos camina hacia él. “No vayas a Las Flores”, es el consejo que el flaco le dio más de una vez. Pero irá. Aun ahora, que no tiene certeza de lo que hará en media hora, está decidido a ir.

El teniente y el docente marxista
“Ésta es la casa”, dijo uno de los policías frente al 676 de la calle Roca.
El teniente asintió. Hizo un gesto y los hombres uniformados bajaron y se prepararon para entrar. Una casa de pueblo. Reabrió en su memoria los papelitos de sus órdenes encriptadas. “Actividad docente y promoción de la teoría marxista”. Por eso buscaban al padre. También buscaban a su hijo, “vinculado a la actividad terrorista”.
Alejandro Duret tenía 23 años y había sido un estudiante brillante en la escuela de oficiales. Pero ahora, teniente con olor a subteniente, tenía un pueblo bajo su mando. Había estudiado una historia militar que muchas veces se magnifica, se llena de heroicidad, de horror o se mira desde las alturas como quien espía una partida de ajedrez. Pero su tarea parecía bastante más sencilla que la complejidad que trasuntaba el clima bélico que imperaba en esos días. Ya le había dejado en claro a los policías en la comisaría de Las Flores quién estaba al mando. Ahora sólo tenía que hacer salir al docente marxista de su casa y detenerlo. 
Eran casi las dos de la madrugada y hacía menos de tres horas que Carlos Labolita estaba en su hogar. Había terminado de dar clases en la escuela de Las Flores cerca de las once de la noche. Era un ferroviario que pudo estudiar gracias a la flexibilidad horaria que instauró Perón para los que se capacitaban. Así devino profesor de filosofía y navegaba con sus reflexiones acerca de la naturaleza humana en las turbulencias de aquellos días difíciles. “¿Aquí no hay sindicato?”, preguntó apenas empezó a dar clases en esa escuela. En el ferrocarril había sido miembro de La Fraternidad, y al ver que los docentes no tenían representación se puso a organizar el gremio. Así conoció a Alfredo Bravo, quien lo guió para armar un sindicato con un centenar de afiliados. Después todo empezó a complicarse. La noche anterior había escuchado el llamado de Oscar Alende a respetar las instituciones y aunque se sintió conmovido, no tenía demasiadas esperanzas en que lo oyeran. La alegría con que vivió en los primeros tiempos la militancia de su hijo fue convirtiéndose en preocupación. No es sobrenatural ni hace falta telepatía para que dos personas que se quieren se piensen. Aquella noche dio la clase respirando la intranquilidad de sentir a su hijo en peligro. A cientos de kilómetros, el muchacho también pensaba en él. Padre e hijo, unidos en la angustia del uno por el otro. A la madrugada, cuando golpearon la ventana, se ilusionó por un instante con que fuera él. Pero quienes llamaban eran efectivos del Ejército. Al abrir la puerta tenían frente a sí a cinco o seis militares, que le informaron que venían a buscarlo por averiguación de antecedentes y lo sacaron de la casa. Ya en la calle, Carlos advirtió que había más de treinta milicos en varios vehículos. Por un instante su mirada se cruzó con la de un oficial rubio que parecía estar al mando del operativo. En la esquina lo encapucharon, lo subieron a un camión del Ejército y lo llevaron a la comisaría.
“No”, respondió cortante cuando le preguntaron si su hijo era montonero. Siguió respirando olor a betún cuando terminó el interrogatorio y lo dejaron solo en el calabozo.

lunes, 10 de agosto de 2015

LA VACA DE HUMAHUACA Y LOS DOS VEGANOS


Una vaca lechera que venía de la quebrada de Humahuaca y había cruzado el mar con una tortuga de Pehuajó, se apareció en el desierto frente a dos beduinos veganos, que llevaban varios días sin comer ni beber.
-¡Mala leche!- dijo el de túnica.
-Sí…-respondió su compañero mientras perdía la mirada en los ojos inexpresivos de la vaca.
“¿Y si nos hacemos vegetarianos?”, pensaron ambos.
Por más de dos horas caminaron por el desierto la vaca de Humahuaca y los dos veganos.
-¿Aquél no es el Nilo?-dijo la vaca.
-Ni lo sueñes.
Pero esa pequeña ilusión les sirvió para seguir caminando.

lunes, 3 de agosto de 2015

LUNA DESVELADA


Se dio a la madrugada empecinado en extrañarla
Y la buscó en lugares donde sabía que no estaba.
Anduvo hasta la hora de las caras sin alma
Soñándola en una acequia de agua de montaña.

Renació sin morir y sus piernas empecinadas
Encontraron las veredas de una buena mañana
Y aunque borró los rastros de la noche de angustia
se dejó de olvido en el cielo una luna desvelada.