sábado, 13 de agosto de 2022

LA ÚLTIMA CARTA




El 2 de noviembre de 1848, con 70 años ya cumplidos, menguado en su vista, José de San Martín  escribe a Juan Manuel de Rosas con plena lucidez una carta en la que late su vida:

"Mi respetable general y amigo:
A pesar de la distancia que me separa de nuestra patria, usted me hará la justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo a mi achacosa vejez".

San Martín establece desde esas primeras líneas que comparte con Rosas patria y amistad, le exoresa su respeto como general y reivindica su triunfo militar como un consuelo para una vejez en el exilio y de mala salud.
Mal que pese a unitarios de entonces y de ahora, San Martín veía en Rosas capacidad para imponer autoridad y ser continuidad de su lucha y respaldaba su  defensa de  la independencia de la patria frente al bloqueo de las dos naciones más poderosas del planeta.

"Así es que he tenido una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país, no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario presenta a todos los nuevos Estados Americanos, un modelo que seguir y más cuando éste está apoyado en la justicia. No vaya usted a creer por lo que dejo expuesto, el que jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo usted a sus destinos; por el contrario, más bien he creído no tirase usted demasiado la cuerda de las negociaciones seguidas cuando se trataba del honor nacional. Esta opinión demostrará a usted, mi apreciable general, que al escribirle, lo hago con la franqueza de mi carácter y la que merece el que yo he formado del de usted. Por tales acontecimientos reciba usted y nuestra patria mis más sinceras enhorabuenas".

Esa franqueza de carácter encendía el odio de los unitarios, que luego de retacearle apoyo, difamarlo, perseguirlo y hasta intentar matarlo, sufrían como martirio el peso de su voz desde el exilio.
Tampoco se lo perdonaría Sarmiento. Había visitado a San Martín en Europa, y cuando comenzó a criticar a Rosas, el dueño de casa lo cortó con dureza:
“Ese tirano de Rosas que los unitarios odian tanto, no debe ser tan malo como lo pintan cuando en un pueblo tan viril se puede sostener veinte años...me inclino a creer que exageran un poco y que sus enemigos lo pintan mas arbitrario de lo que es...y si todos ellos y lo mejor del país, como ustedes dicen, no logran desmoronar a tan mal gobierno, es porque la mayoría convencida está de la necesidad de un gobierno fuerte y de mano firme, para que no vuelvan las bochornosas escenas del año 20 ni que cualquier comandante de cualquier batallón se levante a fusilar por su orden al Gobernador del Estado” .

Sarmiento quedó muy contrariado. Así se lo  comentaba en carta del 4 de septiembre de 1846 a su amigo Antonio Aberastain:
“...va Ud. a buscar la opinión de los americanos mismos (en Europa) y por todas partes encuentra la misma incapacidad de juzgar. San Martín es el ariete desmontado ya que sirvió a la destrucción de los españoles; hombre de una pieza; anciano batido y ajado por las revoluciones americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo noble se exalta y ofusca...San Martín era hombre viejo, con debilidades terrenales, con enfermedades de espíritu adquiridas en la vejez; habíamos vuelto a la época presente nombrando a Rosas y su sistema. Aquella inteligencia tan clara en otro tiempo, declina ahora; aquellos ojos tan penetrantes que de una mirada forjaban una página de la historia, estaban ahora turbios y allá en la lejana tierra veía fantasmas extranjeros, todas sus ideas se confundían, los españoles y las potencias extranjeras, la Patria, aquella Patria antigua, la estatua de piedra del antiguo héroe de la independencia, parecía enderezarse sobre el sarcófago para defender la América amenazada...” .

Los unitarios sufrían cada vez que San Martín daba a conocer su opinión. Cada uno a su modo, Sarmiento y Mitre compartían el objetivo de apropiarse de su gloria silenciando su visión acerca de la independencia y el gobierno de estas tierras.
Escribía Valentín Alsina en carta a Felix Frías el 9 de noviembre de 1850 desde Montevideo, refiriénse a San Martin: “...como militar fue intachable; pero en lo demás era muy mal mirado de los enemigos de Rosas. Ha hecho un gran daño a nuestra causa con sus prevenciones caso agrestes y cerriles contra el extranjero, copiando el estilo y la fraseología de aquel; prevenciones tanto más inexcusables, cuanto que era un hombre de discernimiento. Era de los que en la causa de América no ven más que la independencia del extranjero, sin importarle nada de la libertad y sus consecuencias...Nos ha dañado mucho fortificando allá y acá la causa de Rosas, con sus opiniones y con su nombre; y todavía lega a Rosas, tan luego su espada. Esto aturde, humilla e indigna y...pero mejor no hablar de esto. Por supuesto en el diario me he guardado de decir nada de esto...” 

Jorge Federico Dickson,  comerciante inglés que  se desempeñaba como cónsul general de la Confederación en Londres, había dirigido una carta al Libertador requiriendo su opinión sobre el bloqueo anglo francés. San Martín le respondió el 28 de diciembre de 1845:
“Señor de todo mi aprecio: se me ha hecho saber los deseos de Ud. relativos a conocer mi opinión sobre la actual intervención de Inglaterra y Francia en la República Argentina; no solo me presto gustoso a satisfacerlo sino que lo haré con la franqueza de mi carácter y la más absoluta imparcialidad.
No creo oportuno entrar a investigar la justicia o la injusticia de la citada intervención, como los perjuicios que de ello resultarán a los súbditos de ambas naciones con la paralización de las relaciones comerciales, igualmente de la alarma y desconfianza que habrá producido en los Estados Sudamericanos .., solo me ceñiré a demostrar si las dos naciones interventoras conseguirán por lo medios coercitivos que han empleado el objeto que se han propuesto, es decir , la pacificación de las riberas del Plata; según mi íntima convicción, desde ahora diré a Ud. no lo conseguirán; por el contrario, la marcha seguida...no hará otra cosa que prolongar por un tiempo indefinido, males que tratan de evitar...Me explicaré ... bien es sabida la firmeza del carácter del Jefe que preside la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la basta campaña y resto de las demás compañas de las provincias interiores y, aunque no dudo que en la capital tenga un gran número de enemigos personales, estoy convencido que, bien sea por orgullo nacional, o bien por la prevención de los españoles contra el extranjero...la totalidad se le unirá y tomarán parte activa en la contienda...Si las dos potencias en cuestión quieren llevar más adelante sus hostilidades, es decir declarar la guerra, yo no dudo que ...se apoderen de Buenos Aires (sin embargo, la toma de una ciudad de una ciudad decidida a defenderse, es una de las operaciones más difíciles de la guerra) pero aún en este caso estoy convencido que no podrán sostenerse por mucho tiempo en la capital...El primer alimento, o por mejor decir el único, es la carne, y es sabido con que facilidad pueden retirarse todos los ganados en pocos días a muchas leguas de distancia, igualmente que todas las caballadas y todo medio de transporte, en una palabra, formar un desierto dilatado imposible de ser atravesado por una fuerza europea, la que correría tanto más peligro cuanto mayor sea su número...En conclusión, con siete u ocho mil hombres de caballería...fuerza que con gran facilidad puede sostener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, sino también impedir que un ejercito europeo de veinte mil hombres salga a más de treita leguas de la capital sin exponerse a una ruina completa por la falta de recursos, tal es mi opinión y la experiencia lo demostrará a menos (como es de esperar) que el nuevo ministro inglés no cambie la política seguida por el precedente.” 
Esa carta  fue publicada en Europa el 12 de febrero de 1846 en el “Morning Chronicle” de Londres y causó  revuelo. Luego se publicó en Paris en el “La Presse”. En el exilio y con la salud maltrecha, San Martín seguía luchando con la pluma y tenía plena conciencia del peso de sus opiniones.

San Martín y la Revolución de 1948
En la última carta que San Martín  remite a Juan Manuel de Rosas, también relata como vivió la Revolución que estalló en París en febrero de 1848:

"Para evitar el que mi familia volviese a presenciar las trágicas escenas que desde la revolución de febrero se han sucedido en París, resolví transportarla a este punto, y esperar en él, no el término de una revolución cuyas consecuencias y duración no hay precisión humana capaz de calcular sus resultados, no sólo en Francia, sino en el resto de la Europa; en su consecuencia, mi resolución es el de ver si el gobierno que va a establecerse según la nueva constitución de este país ofrece algunas garantías de orden para regresar a mi retiro campestre, y en el caso contrario, es decir, el de una guerra civil (que es lo más probable), pasar a Inglaterra, y desde este punto tomar un partido definitivo".

Surge con claridad que San Martín valoraba el orden, no simpatizaba con quienes impulsaban las revueltas y consideraba subversiva la prédica de los "partidos socialistas", como también se lo manifestó al peruano Ramón Castilla en una carta del 11 de setiembre de 1848.
Pero a su vez, en esa carta a Rosas hacía un análisis preciso de la cuestión social y de la crisis económica en la que se desataba el conflicto:

"En cuanto a la situación de este viejo continente, es menester no hacerse la menor ilusión: la verdadera contienda que divide a su población es puramente social; en una palabra, la del que nada tiene, tratar de despojar al que le posee; calcule lo que arroja de sí un tal principio, infiltrado en la gran masa del bajo pueblo, por las predicaciones diarias de los clubs y la lectura de miles de panfletos; si a estas ideas se agrega la miseria espantosa de millones de proletarios, agravada en el día con la paralización de la industria, el retiro de los capitales en vista de un porvenir incierto, la probabilidad de una guerra civil por el choque de las ideas y partidos, y, en conclusión, la de una bancarrota nacional visto el déficit de cerca de 400 millones en este año, y otros tantos en el entrante: éste es el verdadero estado de la Francia y casi del resto de la Europa, con la excepción de Inglaterra, Rusia y Suecia, que hasta el día siguen manteniendo su orden interior".

Los "revoltosos"  de la Comuna parisina del ’48, predicaban el fin de la propiedad privada  y del estado nación en Europa. Pero, como observó Norberto Galasso, "los socialistas y comunistas europeos vieron “barbarie” y reacción en las guerras de la independencia de los países nuevos".
Bolívar havía muerto dos décadas antes. Pero San Martín, era testigo, en sus últimos años, de  las primeras manifestaciones del socialismo, que ponían en controversia el  mundo en que vivvió. En febrero de 1848, en Londres conocía la luz un folleto de 23 páginas redactado por Karl Marx y Friedrich Engels, el Manifiesto Comunista, al mismo tiempo que la oscuridad se apoderaba de sus ojos. Hostil a esas nuevas ideas en el Viejo Mundo, el Libertador seguía empecinadamente preocupado por  lo que sucedía en el continente que él y Bolívar liberaron.
Por eso agradecía a Rosas en esa  última carta  el reconocimiento que le había brindado la Legislatura de Buenos Aires:

"Un millar de agradecimientos, mi apreciable general, por la honrosa memoria que hace usted de este viejo patriota en su mensaje último a la Legislatura de la provincia; mi filosofía no llega al grado de ser indiferente a la aprobación de mi conducta por los hombres de bien".

Anciano y ciego
En la última parte de la carta, relata a Rosas  su situación personal.

"Esta es la última carta que será escrita de mi mano; atacado después de tres años de cataratas, en el día apenas puedo ver lo que escribo, y lo hago con indecible trabajo; me resta la esperanza de recuperar mi vista en el próximo verano en que pienso hacerme hacer la operación á los ojos. Si los resultados no corresponden a mis esperanzas, aun me resta el cuerpo de reserva, la resignación y los cuidados y esmeros de mi familia".

No existen registros de enfermedades de infancia. Pero desde el inicio de la gesta libertadora, su salud padeció distintos quebrantos a lo largo de su vida. Padeció úlcera gastroduodenal, tuberculosis, cólera, gota y  asma, que también lo aquejó en sus últimos años junto a la artrosis y los dolores reumáticos.
“Muchas goteras, como casa vieja”, afirmó alguna vez definiendo su estado de salud con amarga ironía. Pero el mayor padecimiento de esos últimos años fueron las cataratas que lo fueron sumiendo lentamente en penumbras. 
Leer y escribir había sido esencial para su vida en el exilio. Por eso, cuando el director de la Biblioteca Pública de Boulogne Sur Mer le ofreció alquilarle  su casa, que estaba en los altos de la Biblioteca Pública, San Martín aceptó con entusiasmo, no sólo por el bajo precio del alquiler, sino por la posibilidad de tener la biblioteca a disposición. 
Cuando la noche fue ganando sus ojos, depositó sus esperanzas en esa operación de cataratas que mencionaba en la carta a Rosas. Pero la intervención fracasó, quedó sumido en la ceguera y pasó a depender de manera absoluta de su hija Mercedes para asomarse a las voces de algunos libros  o enterarse de las noticias del mundo.

"Que goce usted la mejor salud, que el acierto presida en todo lo que emprenda, son los votos de este su apasionado amigo y compatriota".

El párrafo final de su última carta reafirma que hasta su último aliento San Martín mantuvo el compromiso con la revolución que protagonizó y su pleno respaldo al amigo y compatriota al que legaría su sable.