domingo, 26 de noviembre de 2023

GERMÁN Y CHANA

 


En esa foto eran tres. Germán, Chana y el pequeño Juampi. Germán lleva la pipa en la boca, una cámara fotográfica colgada del cuello, el mar con el bastidor de un muelle interminable a sus espaldas y la mirada atenta a la cuarta pared. Cobijados en sus abrigos, parecen los únicos habitantes de ese instante de mar. Ella de un brazo de Germán, la mirada en la arena, la sonrisa de alguna conversación cómplice. Algo comparten la mano de Germán y la del niño. Tal vez allí aún no sabían que serían cuatro. Mucho menos, que seis meses después de la llegada de Lucas, el 5 de agosto de 1971, viajarían rumbo a Mar del Plata en tren. Datos, recuerdos y suposiciones. Testimonios,  memoria e imaginación. ¿Cómo no intentar compartir ese viaje? 



Bajaron del taxi, subieron por las escaleras laterales y entraron al hall central de Constitución. Los ojos del bebé esquivaron el trajín de personas apuradas y volaron hacia los arcos, los ventanales y las claraboyas del techo de la estación. Chana empujaba el cochecito, Germán arrastraba la valija y el bolso grande. Juampi correteaba entusiasmado.

Exhibieron sus pasajes al guarda y avanzaron por el andén 14. ¿A qué tren subirían? Ocho formaciones brindaban ese servicio y sus nombres eran familiares para los usuarios: Estella Maris, Golondrina, Atlántico, Luciérnaga, Lobo de Mar, Neptuno, Costa Sur... Ninguno de ellos. Caminaban junto al último de los 12 vagones de acero inoxidable del Marplatense, que lujoso y confortable los esperaba en su quietud imponente. 

El gobierno de Perón había comprado esos vagones a la Chesapeake & Ohio Railway, una empresa que no llegó a usarlos en un frustrado servicio entre Washington y Cincinatti. Fueron dos furgones mixtos, dos coches cantina y ocho de pasajeros simples. Estos últimos, dotados de gran confort, contaban con apenas 36 asientos cada uno más ocho sillones de tipo lounge. En pocos años, el peronismo convirtió a Mar del Plata en emblema del acceso de los trabajadores al turismo y lo reafirmó desde 1951 con la puesta en marcha, de un servicio rápido y confortable. Para algunos, el único tren de lujo de nuestra historia ferroviaria. Perón aprovechó la oportunidad y pagó a buen precio esos coches que no habían sido utilizados. Tenían aire acondicionado, puertas neumáticas, iluminación fluorescente, pisos alfombrados, baños con agua fría y caliente y un sistema de audio con parlantes y luces individuales en cada asiento.

 El guarda tocó dos veces el silbato, la locomotora quebró la quietud y se oyó el quejido de fuelles y vagones. Un vendedor de alfajores saltó al andén, una muchacha arrojó un beso a la ventanilla de un soldado. Chana se quedó en los ojos de Juampi encendidos por el inicio del viaje. Germán vio esfumarse por la ventanilla la silueta de una mujer que hablaba sola sentada en el último banco del andén. El tren fue sumergiéndose en la nube gris del sur industrial. Playones de carga, moles brumosas, charcos en calles rotas de empedrado. “La fábrica parece un duende de hormigón”. Juampi protestó por el olor nauseabundo. Estaban a punto de cruzar el Riachuelo.


La onda expansiva de la gran ciudad desdibujaba el gesto inicial de las localidades hilvanadas por el ferrocarril y Germán se esmeraba en arrancar, desde la ventanilla del tren, instantáneas de pueblo a la gran ciudad: macetas y ropa tendida en una terraza, dos mujeres con el carrito de las compras conversando en una esquina, pibes pateando en una canchita o algún almacén de esquina con paredes de adobe y puerta en la ochava. Pero el tendido ferroviario, sus estaciones y la trama urbana inicial de aquellas localidades ya no alcanzaban para explicar ese mar difuso de casas, edificios, calles, cunetas, zanjas, cableados, chimeneas, pasillos, prefabricadas, plazas, basurales y ranchitos  que crecía por todas partes al influjo de una multitud de personas que habían elegido ese cauce para inventarse su lugar en el mundo. Así hasta las últimas esquirlas de los barrios más distantes que precedieron la llegada del tren al paisaje rural.

Brandsen quedó atrás. Chana y Lucas dormían. También Juampi. Germán Abrió la alforja y sacó el guión de su nueva obra. Revisó algunas dudas que había anotado en los márgenes respecto a la puesta y luego se perdió en la ventanilla. Miró el campo y pensó en el día de sol. 

“Pampa sin fin, viajero plateado de luz en el inmenso azul, sobre los huesos ya esfumados de los indios que alguna vez fueron, corriendo hacia el sur, siempre hacia el sur. Chana dormida con sus mejillas flotando en un recorte de luz. Siempre ella. Imposible entender mi viaje sin ella, imposible saber quién soy. El amor enfrentando al dogma. La voz insistente que me llevaba del brazo a mirar teatro hasta sacarme de la cerrazón. Me negaba al lenguaje del teatro y ahora me lo paso descubriendo lugares y personajes capaces de cobrar vida en un escenario. A Chana siempre. ¿Cómo no dedicarle cuanto escribo si repartimos juntos la primera edición de Cabecita Negra librería por librería? Ella me abrió la puerta de aquel café interminable con Augusto Fernandes después de Soledad para cuatro. Fueron gracias a ella esas noches interminables con Halac, Cossa y Jáuregui y gracias a ella también todo el teatro que escribí. Animarme a más también. ¿Por qué tenemos que mirarnos de reojo con los vanguardistas del Di Tella? ¿Acaso no podemos enriquecer nuestro realismo con el lenguaje de vanguardia que proponen? Acercar, hacer la síntesis, cruzar la pista por la cuerda floja como un equilibrista, aunque me puteen. Todavía me resuena la voz de Cipe aun más que la ovación del público cuando me increpó en el hall del teatro después del estreno de Réquiem. “Como judía, no puedo aceptarlo”. Así, como mi padre no aceptó que me casara con una cristiana. El escenario y la cuarta pared. Una estación vacía, casi abandonada en medio del campo, salida de vaya a saber que sueño, como aquella que soñé para que alguien sentara a sus camaradas sobre dos sillas en la sala de espera para ordenar allí que los fusilaran. ¿Será que me estoy durmiendo? ¿Dónde nos llevará este viaje? ¿Cuándo nos toque bajar del tren, será Villa Luro, Mar del Plata o Praga?”



- ¿Qué tenés ahí?

-La obra nueva. 

- ¿Puedo?

- ¡Claro! Es un primer borrador…Pasame a Lucas.

- ¡No, que se va a despertar! Puedo igual... ¿Sordos ruidos oír se dejan?

- ¿Está mal?

-No sé. Esperá que leo…

Chana se metió en el borrador y dejó a Germán a solas con Juampi, el rezongo del tren y la tibia monotonía del campo. “Venimos de estar pendientes de todo lo que sucede, de estar enterados de lo último y más novedoso y aquí, en esta pampa de vacas, alambrados y pueblos pequeños, parece suceder siempre lo mismo, minuto a minuto, día tras día”.

Una pareja de horneros cantó detrás del techo a dos aguas de la estación y el nido sobre la horqueta del poste de luz se estampó en la mirada de Germán antes que Sevigne se esfumara como un suspiro, Chana seguía leyendo como si el tren y el mundo se hubieran detenido. 

-Está bien el título…

- ¿Sí?

- ¿Se la mostraste a alguien?

-Sos la primera…

-¿Qué estás inventando, el realismo de vanguardia?

-¡Mala! Costumbrismo vanguardista también podría ser…

-Me gusta mucho. El riesgo es que te puteen desde las dos veredas…

-¿No se podría hacer para la tele también?

-¡Ja! Estás apurado… ¿Para cuándo un guión de cine?

-No sé… 

-Simón Brumelstein estaría muy bien para una película…

-Lo podría enlazar con El Gato Dorado…

-¡Y el romance de Félix y la mucama!

-¡Paremos acá! Se está poniendo peligroso este viaje.

- ¿Vamos a parar? Quiero ir al baño, papá…

-Vamos, yo también. ¿Hay olor a comida o me parece a mí?

-Vayan al comedor. Nos quedamos con Lucas leyéndote…

El bebé se retorció, forcejeó con brazos y piernas y comenzó a llorar.

-Vayan, vayan. Lucas también tiene hambre.

- ¿Te traemos algo?

-No, nada… El tipo que escribe en la pared de la Rosada…

-¿Qué?

-También podría estar en la peli con Simón y los gatos voladores…



Cuando volvieron del vagón comedor, Chana y el bebé dormían. Se sentaron con sigilo, tratando de no despertarles. Germán guardó el guion. Juampi miraba hacia el campo haciendo dibujos imaginarios en la ventanilla.

-Volvieron- dijo Chana al despertar.

-¿No querés ir a tomar algo vos ahora?

-Un café con leche podría ser, así me muevo un poco, que estoy entumecida. Te paso a Lucas…

-¿Puedo ir, mami?

-¡Vos ya fuiste!

-¡Dejalo! Dale, vení. Te cedo mis medialunas.

Germán acunó al bebé en su brazo izquierdo y se quedó mirándolo a través de los cristales de su miopía. Al verlo chupetear se metió la mano en el bolsillo, sacó su pipa y se la puso apagada en los labios. Chupete y pipa meciéndose al ritmo suave del traqueteo del tren.



Cuando Chana y Juampi regresaron del comedor, Germán caminaba por el pasillo con Lucas en brazos sin poder calmar el llanto. 

-Se despertó recién y no para de llorar. Chana lo recibió en sus brazos y tardó unos minutos en conseguir que se calmara.

-Parece molesto. ¿Tendrá fiebre? Le noto un poco caliente la frente…

-Una vez que nos instalemos buscamos una farmacia.

Chana asintió en silencio. No quiso preocuparlo, pero si seguía así tendrían que llevarlo a una guardia.

Atrás quedaron los techos a dos aguas con tres chimeneas de la estación Vivoratá. Faltaba media hora para llegar a Mar del Plata.



Con los mismos pies que pisaron Puerto Stanley o  la Isla de Pascua, Germán bajó del tren y comenzó a caminar junto a su familia por el andén. Hacía frío, querían llegar cuanto antes al departamento y no era momento para la ceremonia del café con leche enfrente de la estación ni  quedaban energías para viajar en colectivo. Chana propuso un taxi y se hizo su voluntad.

Germán se sentó en el asiento delantero del Siam Di Tella luego que el taxista guardara la valija y el bolso en el baúl y Chana se acomodara con los niños en el asiento trasero.

-Hubiera sido mejor un Falcon- le protestó al oído antes de subir.

-Atravesé la Patagonia de punta a punta en un Citroen.

Chana le devolvió una mueca que no llegó a ser sonrisa. Allí estaban, rodando por Luro en la ciudad desierta hacia un departamento cercano al centro de la ciudad. Al bajar del taxi, un viento azul les quemó de sal los labios congelándolos como intrusos. Juampi tiritaba arrinconado contra la puerta de entrada y Chana se acurrucaba sobre el bebé mientras Germán revisaba sus bolsillos una y otra vez en busca de las llaves.

- ¿No te las di?

- No quisiste. Te ofrecí guardarlas. Buscá con calma.

Germán se permitió respirar y exploró más allá de un agujero del bolsillo de su abrigo. Las llaves se habían deslizado hacia el fondo del forro. Cuando lograron entrar en el departamento Germán se dejó caer en un sillón como si acabara de sobrevivir a una odisea. Juampi exploró hasta el último rincón del departamento mientras Chana mecía al bebé.

-Ger…

- ¿Qué?

- Es muy frío este departamento.

- Un minuto, ya me fijo.

-Papi…

- ¿Qué?

- ¿Dónde está el mar?

Se sacudió la somnolencia y se puso de pie. Buscó una estufa sin éxito y encendió las hornallas de la cocina.

-Así, hasta que se caliente.

Chana lo miró llevándose un dedo a los labios y acomodó al bebé en la cuna.

- ¡Por fin! Ahora me siento yo.

“En una obra de teatro, sería una habitación de tres paredes sobre el escenario. La ventana sería la pared que falta. Pero ésta da al hueco del edificio, no hay demasiado mundo para mirar acá”.

-¿Qué flor es esa?- preguntó Juampi parándose a su lado frente a la ventana y señalando una maceta que colgaba de una ventana.

-Un malvón.

Trató de asomar la cabeza para ver el pedacito de cielo que le tocaba a la planta y sólo pudo ver cemento.

-Tenés razón, Juampi. Desde acá no se ve el mar – dijo Germán al oído del niño luego de asomarse a las ventanas. Vení, ponete la campera que te lo voy a mostrar.

Fueron en ascensor hasta el último piso y luego siguieron por las escaleras hasta la terraza. Germán miró en 360 y luego trepó a la escalerita del tanque de agua.

-Vení, subite acá conmigo… ¿Ves?  Allá está el mar.




Germán y Juampi salieron a  comprar comida arropados y hambrientos. Cuando volvieron al departamento, Chana los recibió al borde del llanto: mecía desconsolada al bebé que no parara de llorar.

-¡Estoy asustada! Recién hizo unas convulsiones…

-¿Tendrá hambre?

-No, no es hambre, algo tiene y no tenemos a nadie cerca para consultar. Lo mejor va a ser llevarlo a una guardia.

-¿Le damos algo de comer a Juampi antes?

-Vámonos ya. No sabemos qué tiene. Seguro no es nada grave, pero necesitamos que lo vea un médico.

Lucas lloró aún más fuerte, como si quisiera reafirmar los argumentos de su mamá. Chana cargó su bolso, Germán metió una milanesa dentro de un pan para Juampi y diez minutos después estaban los cuatro otra vez subidos a un taxi, viajando rumbo a la guardia del hospital.

En la guardia los atendieron de inmediato. Después que la enfermera le tomara la fiebre, el médico auscultó a Lucas, le revisó la garganta y la nariz, buscó dolores e inflamaciones explorando con los dedos su pancita blancuzca y luego de unas cuantas preguntas, decidió que lo mejor era que el bebé quedara internado junto a su madre en observación.

-Lo probable es que no sea nada, pero va a ser mejor que se quede hasta mañana para que veamos cómo evoluciona.

Germán y Chana se miraron y no hizo falta que hablaran demasiado. Ella tenía que estar sí o sí junto al bebé y no tenía sentido que Juampi se pasara la madrugada dormitando en una silla del hospital.

-Lo mejor es que te vayas ya al departamento con Juampi y mañana vuelvan bien descansados a buscarnos.

-No me gusta, pero es lo mejor. Molestaríamos si nos quedamos. Pero mañana nos levantamos bien tempranito y a las nueve ya nos tenés acá. 




Volvieron al departamento, hombre y niño en silencio, como si alguien hubiera abierto una pausa en la vida en la que no se puede hacer otra cosa que dejar pasar el tiempo. Estaban cansados y se acostaron apenas llegaron al departamento.

-Pa, yo me quería quedar con mami… -protestó Juampi desde la cama por primera vez quebrando el silencio en la oscuridad de la noche.

-No se puede, el hospital no es un hotel. Sólo Lucas y mami se pueden quedar. Ahí van a estar bien cuidados. Te prometo que mañana nos levantamos tempranito y los vamos a buscar. 

-¿Mañana Lucas ya  va a estar bien?

-Sí, claro, seguro le darán el alta.

-¿Mañana temprano?

-Mañana temprano. Ahora dormí.

Germán apagó la luz y se quedó con los ojos abiertos, boca arriba en la oscuridad de la habitación. Había transferido al niño la poca tranquilidad  que le quedaba. En su pecho  los temores aprovechaban la quietud y el silencio para hacer oír sus voces.

“¿Cómo puede ser que nosotros estemos aquí, abrigados y cómodos en el departamento, mientras Chana y Lucas pasan la noche en el hospital sin saber qué tiene el bebé?” 

Pensó si acaso no había sido un error llevar al bebé a un viaje tan largo. La intranquilidad se le había quedado metida en los pulmones, le daba vueltas por la cabeza, le tensaba la respiración, aunque sabía que descansar y volver al otro día era lo razonable. No había algo mejor para hacer. Pensó en las historias que un escritor inventa y las que vive y se preguntó si tendría el talento para poner en palabras ese momento: Juampi y él en el departamento, Chana y Lucas en el hospital, una familia en dos lugares distantes de la misma ciudad, tratando de pasar la misma noche, mecidos por el mismo mar, cobijándose del mismo frío, respirando la incertidumbre de lo que pudiera depararles en unas horas el nuevo día. Por un instante tuvo el impulso de prender la luz y ponerse a escribir. Pero no. Siguió en la oscuridad deshojando pensamientos y preocupaciones. El campo, los horneros, el traqueteo del tren suavizado en la somnolencia. “Mi cabeza sigue viajando. Pero quiero volar al hospital y escribirla a ella, despierta boca arriba, pendiente del sueño del bebé, cansada y sin poder dormir. La enfermera que pasa, el paciente que llama desde otra sala. Ya no hace frío aquí. Hace rato que no se oye el ascensor y el silencio parece la voz de la oscuridad. Aquí no hay aullido ni voz dulce ni lápidas de cementerio judío iluminadas por el resplandor de la zona de los sueños. No me espía un Rabino ni aparecerá la bove con su pañuelito de campesina rusa. Pero recuerdo la canción. En las ramas de los árboles, hay hojitas verdes, y los vientos las arrancan, dormite mi amor. Pero aquí adentro está tibio, aquí el viento no entrará, porque aquí están mis brazos, que su furia pararán´.Juampi se durmió con mi promesa en el umbral de los párpados: mañana temprano. No escribiré ahora. Me duele un poco la  cabeza. Sólo Chana sigue en vigilia. Me dormiré y seguiré viajando en el tren”.





-¿Cómo durmieron la mami y su bebé?

-Lucas como un ángel. Yo casi no dormí.

-Vigilia de madre. Las mías ya son grandes, pero me acuerdo.

-¿Nenas?

-Tres. La menor va a cumplir quince.

-¡Y yo sola con tres varones! Los otros dos vendrán en un rato.

-Acá te dejo el desayuno. Lo importante es que el bebé está bien y cuando pase el doctor seguro les da el alta.

Té con leche. Después de tanto café, volvía a tomar té con leche. Dio un sorbo y no entendió por qué le daba asco de niña. Abrió el paquete de galletitas de agua, las hizo crujir usando sus manos de mortero y tiró los pedacitos en la taza. Después comió y bebió su menjunje con la cucharita. Apenas amanecía y la ventana le sugería una Mar del Plata aún en brumas. “¿Tendremos sol por la tarde? ¿Podremos ir a caminar un rato por la playa con el bebé bien arropado? A Germán le gusta el mar fuera de temporada. Cruzar apurados la rambla, que el viento te sale los labios, algún caballo con o sin jinete en la playa. Él siempre mirando lo que otros no ven”.

¿Qué más dicha que descansar, disfrutar de tu bebé y saber que todo no ha sido más que un susto? Sin embargo, pasaban los minutos y Chana comenzaba a intranquilizarse. “¿Por qué Germán y Juampi aún no vinieron? Quizá se quedaron dormidos. ¿Se habrá quedado escribiendo hasta tarde? Pero me dijo a las 9. Él es muy puntual y más conmigo”.

Cuando el médico llegó a verla, aún no habían llegado. Entró de buen humor para confirmarle que el bebé había evolucionado bien y que pronto les darían el alta.

-Doctor, estoy muy preocupada. Mi marido me dijo que venía a las 9 sin falta, y son casi las once. Quisiera ir ya a ver qué pasa… 

El médico la escuchó y le cambió la cara. Se quedó en silencio unos segundos, repasando la película de lo sucedido, con los síntomas confusos, los llantos, las convulsiones, la mejoría, las palabras de la mujer…

-Yo voy con usted. Lo mejor va a ser que la acompañe.

La prisa del viaje les aceleró la angustia. Al entrar al departamento junto a Chana, el temor que se encendió en la cabeza del médico al escuchar las palabras de la mujer, se convirtió en certeza. La razón del malestar  del bebé estaba en el departamento. Germán y Juampi estaban muertos. Se acostaron a dormir y la mala combustión los mató durante el sueño sin que ninguno de los dos llegara a despertarse y reaccionar.

Allí, ante sus ojos,  yacían los cuerpos del niño y del hombre que había llegado hasta los lugares más lejanos del país a bordo de un Citroen y siempre había regresado encendido de testimonios, preguntas e inquietudes. El tren de Constitución a Mar del Plata con la breve ida y vuelta al hospital había sido su último viaje y no había llanto, grito, súplica o silencio de Chana que pudiera traer de vuelta a Germán y Juampi. Nada cambiaba por abrir las ventanas y ventilar el departamento. Nada podía hacer por ellos el vagamente dorado sol invernal.