lunes, 20 de abril de 2020

VOLVER A VER EL HIMALAYA


-¡ Anahul!
-Sí, abuelo...
-Ven aquí. Mira hacia el horizonte.
Se paró junto al anciano, alzó la cabeza y entrecerró los ojos, como si no distinguiera bien lo que veía.
-¿Nubes?
- No, no son nubes.
-¡Montañas! ¡Es tu cordillera!
El abuelo le había contado más de una vez a misma historia que también había contado a su padre desde la infancia.
-Mira los picos nevados. Es la cordillera más alta del mundo.
El niño se aferró al brazo del abuelo mientras contemplaba con asombro. Por un instante giró la vista hacia el anciano y vio que lagrimeaba.
El viejo percibió la mirada del niño y le pasó la mano por la cabeza.
-Tu padre no me creía. Suponía que era una fantasía de mi niñez. Pero nunca dudé de ese recuerdo. Eran los tiempos de la Segunda Guerra y desde aquí se veía la cordillera. Luego se esfumó  para siempre en las brumas, pero quedó en mi memoria. Y ahora, la misma epidemia que se llevó a tu padre, nos ha devuelto las montañas nevadas.
-¿Por eso lloras?
-Lloro porque puedo verlas contigo. Y también lloro porque él no pudo verlas.
El niño se quedó pensando con ojos de cielo y nieve.
- Las está viendo, abuelo. Yo sé que las está viendo.

VELLO PÚBICO



Un pelo negro enrulado. El motivo de la discordia.
Un pelo negro pegado al jabón amarillo que está tirado en el fondo de la bañera.
Me inclino, tomo el jabón, quito el cabello con una uña y lo dejo caer en el cesto de los papeles.
Los espejos del baño aún están empañados. Huellas de pies mojados se desdibujan hacia la habitación. Recién fueron gritos, pero ahora es peor. Laura lllora desconsolada. Está sentada desnuda sobre la cama de dos plazas. En la pendiente de sus mejillas rojas, gotas que caen desde la cabellera empapada se deslizan junto a sus lágrimas.
La miro. No sé si irme a la cocina o intentar consolarla. No hago ni una cosa ni otra. Sólo la miro.
-¡No aguanto más!
"No es para tanto", pienso. Sé cuánto le molestan esos detalles y siempre trato de quitar de todas partes los cabellos que se desprenden de mi pubis. De los jabones, del borde del inodoro, del bidet, de donde sea. Secar las gotas de orín, no dormir con la camisa del día, no responder con monosílabos, no mirar el celular mientras comemos.
Lo intento, aunque el esmero que le pongo sólo parece confirmar que no lo lograré. En la prisa de los días anteriores a la pandemia, con pocas horas en común, esos detalles se diluían en el vértigo o la rutina, eran apenas una canilla que gotea y sólo de vez en cuando decidíamos oír.
Pero ahora, ella llora en la cama, yo sigo ahí parado y siento que ya no hay nada que pueda hacer. Ni siquiera puedo hacerle el obsequio de irme. Estamos en cuarentena y es en este departamento donde amaneceré.
Me asomo y miro al hueco del edificio. Son casi las dos y aún hay muchas ventanas con luces. No sé cuántas horas pasaron desde que se oyó el Himno. Ni siquiera un balcón a la calle tenemos. Pero aquí estoy, de pie junto al malvón que vive asomado al vacío y al cielo en su maceta colgante.
No tenemos dónde ir. Ni el malvón ni yo.
"No aguanto más", dijo ella.
¿Qué me queda por hacer si ya no aguanta más? Mañana se levantará, se maquillará como si fuera a salir y dará sus clases virtuales. Allí estarán sus estudiantes, con sus madres y sus padres ayudando, escondidos de la cámara, dirigiendo cada respuesta. Sucedió así desde la primera clase virtual. Al principio le hizo gracia. Ahora la incomoda.
"¿Por qué te molesta? Al menos con la cuarentena se involucran más que antes".
"¡Es como si en el aula estuvieran parados detrás de sus hijos, mirándome fijo!"
Quizá por eso se arregla más que cuando iba a la escuela. Y yo ahí, sin nada para hacer, esperando poder cobrar mis diez mil pesos. Todo un pelo el del jabón.


"¡Te dije que te desconectes de una vez!", grita una mujer desde alguno de los departamentos. Al menos aquí no nos gritamos de pabellón a pabellón como en las prisiones.
Tomo un pocillo y riego el malvón. Vacilo un instante y vuelvo al baño, donde todo empezó.
Me desnudo. Hago correr el agua de la ducha. Tomo una tijera. Voy recortando mis cabellos y arrojando los mechones en el cesto.
Primero la cabeza. Luego los enrulados pelos del pubis. Me meto a la bañera, me unto con el jabón de la discordia y me rasuro.
Lo hago con cuidado y esmero. Cierro el grifo, tomo el toallón y me seco. Luego quito hasta el último vestigio de mi tarea. Salgo del baño desnudo, sin mirarme al espejo. Allí estoy otra vez, de pie frente a ella. Ya no llora. Está entretenida en su teléfono. De pronto, alza la cabeza y me mira.
-¡Sos un pelotudo!- dice sin poder contener la risa.

martes, 7 de abril de 2020

COMO UN ÁRBOL


Aquí respiro.
El aire es más frío.
No sabe a encierro, como el de mi departamento.
Tampoco a muerte.
En esta calle no hay cadáveres.
Tampoco mal olor.
Es más, Ahora que no pasan autos, huele mejor que antes.
Y sin embargo, cuesta. No consigo quitarme la tensión, ni del pecho ni de la frente.
Estoy en una mañana fresca en esta calle limpia, y sin embargo me pregunto para qué estoy aquí, parada como uno de estos árboles, abrigada pero más desnuda que ellos, haciendo la fila para comprar alimentos, tan asustada que me angustia respirar.
El mercado aún no abrió, la fila no se mueve y aquí estamos, quietos, indefensos, distantes.
Acaso no debí venir.
Quizá podíamos aguantar un tiempo más con lo que teníamos.
Pero no quiero alimentos en lata para mi niño.
Leche fresca, queso para untar, pan de hoy, un zapallo, tomates, espinacas, carne y algo de fruta.
No me parece pretencioso.
No puedo creer que tenga que arriesgar la vida por unos buenos alimentos.
Espero mirando hacia adelante. No quiero meterme en la pantalla del celular.
No quiero que en está cuadra tranquila, fresca y despejada, se me llenen de cadáveres las manos y los ojos.
No quiero leer y descubrir que hay personas muriendo a algunas pocas calles de acá.
No quiero leer de despidos y suspensiones, yo que cuido mi empleo enseñando a mis estudiantes matemáticas desde el aula virtual.
No quiero más coeficientes ni gráficos ni tendencias ni curvas que casi nadie consigue aplanar.
Preferiría enseñar poesía, o alguna lengua extraña, o contarles de la vida de las golondrinas, que migran en estos días y vuelan sin que nadie les reproche.
Soy una mujer sola. La única persona en el mundo conque puede contar mi niño.
Esperaré a que la fila se mueva, avanzaré guardando la distancia, volveré a desinfectanme las manos al entrar, e iré por nuestros alimentos.
También compraré un jugo, una gaseosa de dieta y una cerveza.
Quizá un chocolate de Pascuas y no mucho más.
Esperaré mi turno en la caja, abonaré distante y temerosa, cargaré mis bolsas, me desinfectaré otra vez las manos al salir y volveré por esta calle, caminando por el asfalto o por la vereda de enfrente, para no cruzarme con quienes estén en la fila aguardando su turno.
Al llegar, dejaré el calzado afuera, me quitaré la ropa y la pondré para lavar. Me daré una ducha, me pondré algo liviano, despertaré a mi niño y desayunaremos.
Es extraño. Lleva varios días encerrado y nunca me pide salir ni me pregunta qué sucede afuera.
Confía en mí y en que tarde o temprano todo esto terminará.
Chatearé con mis alumnos, o con sus madres o sus padres y despejaré sus dudas. Luego revisaré la tarea de mi hijo.
No sé qué más haremos hoy. Quizá un poco de gimnasia, mirar una peli o tal vez cantemos. Quizá él quiera patearme unos penales y yo deba ser su arquera. Haré lo que sea, o lo que pueda para verlo bien, porque él confía en mí.
Y a la noche, después que se duerma, me sentaré en la cocina y me tomaré esa lata de cerveza. Recordaré la calle, los árboles, el aire fresco y me quedaré en silencio pensando que en mi vida no hay espacio para ningún puto virus, que mi hijo me necesita y seré su árbol, sin otra chance que seguir de pie.