martes, 7 de abril de 2020

COMO UN ÁRBOL


Aquí respiro.
El aire es más frío.
No sabe a encierro, como el de mi departamento.
Tampoco a muerte.
En esta calle no hay cadáveres.
Tampoco mal olor.
Es más, Ahora que no pasan autos, huele mejor que antes.
Y sin embargo, cuesta. No consigo quitarme la tensión, ni del pecho ni de la frente.
Estoy en una mañana fresca en esta calle limpia, y sin embargo me pregunto para qué estoy aquí, parada como uno de estos árboles, abrigada pero más desnuda que ellos, haciendo la fila para comprar alimentos, tan asustada que me angustia respirar.
El mercado aún no abrió, la fila no se mueve y aquí estamos, quietos, indefensos, distantes.
Acaso no debí venir.
Quizá podíamos aguantar un tiempo más con lo que teníamos.
Pero no quiero alimentos en lata para mi niño.
Leche fresca, queso para untar, pan de hoy, un zapallo, tomates, espinacas, carne y algo de fruta.
No me parece pretencioso.
No puedo creer que tenga que arriesgar la vida por unos buenos alimentos.
Espero mirando hacia adelante. No quiero meterme en la pantalla del celular.
No quiero que en está cuadra tranquila, fresca y despejada, se me llenen de cadáveres las manos y los ojos.
No quiero leer y descubrir que hay personas muriendo a algunas pocas calles de acá.
No quiero leer de despidos y suspensiones, yo que cuido mi empleo enseñando a mis estudiantes matemáticas desde el aula virtual.
No quiero más coeficientes ni gráficos ni tendencias ni curvas que casi nadie consigue aplanar.
Preferiría enseñar poesía, o alguna lengua extraña, o contarles de la vida de las golondrinas, que migran en estos días y vuelan sin que nadie les reproche.
Soy una mujer sola. La única persona en el mundo conque puede contar mi niño.
Esperaré a que la fila se mueva, avanzaré guardando la distancia, volveré a desinfectanme las manos al entrar, e iré por nuestros alimentos.
También compraré un jugo, una gaseosa de dieta y una cerveza.
Quizá un chocolate de Pascuas y no mucho más.
Esperaré mi turno en la caja, abonaré distante y temerosa, cargaré mis bolsas, me desinfectaré otra vez las manos al salir y volveré por esta calle, caminando por el asfalto o por la vereda de enfrente, para no cruzarme con quienes estén en la fila aguardando su turno.
Al llegar, dejaré el calzado afuera, me quitaré la ropa y la pondré para lavar. Me daré una ducha, me pondré algo liviano, despertaré a mi niño y desayunaremos.
Es extraño. Lleva varios días encerrado y nunca me pide salir ni me pregunta qué sucede afuera.
Confía en mí y en que tarde o temprano todo esto terminará.
Chatearé con mis alumnos, o con sus madres o sus padres y despejaré sus dudas. Luego revisaré la tarea de mi hijo.
No sé qué más haremos hoy. Quizá un poco de gimnasia, mirar una peli o tal vez cantemos. Quizá él quiera patearme unos penales y yo deba ser su arquera. Haré lo que sea, o lo que pueda para verlo bien, porque él confía en mí.
Y a la noche, después que se duerma, me sentaré en la cocina y me tomaré esa lata de cerveza. Recordaré la calle, los árboles, el aire fresco y me quedaré en silencio pensando que en mi vida no hay espacio para ningún puto virus, que mi hijo me necesita y seré su árbol, sin otra chance que seguir de pie.

No hay comentarios:

Publicar un comentario