jueves, 2 de abril de 2015

AXOLOTL (2)


No sé cuánto tiempo estuve con la nariz contra el vidrio. Un minuto, un día, una vida. Mi alma seguía adelante pero tenía la sensación que una parte de mí se había quedado en la pecera mirando el mundo desde los ojos del axolotl, atrapado en el paisaje de la habitación, tratando de adivinar las formas de los autos, las voces y los pasos por la manera en que durante el amanecer podían hacer flamear los resplandores del cuarto.
Algo de mí miraba incrédulo, atónito, expectante, como si hubieran colocado una de esas nuevas cámaras de seguridad dentro de la pecera y transmitiera todo el tiempo en mi cabeza.
Fuera donde fuera, yo era estos dos ojos, esta voz, estos brazos, pero también esa otra mirada que sostenía su vigilia sin darme pista alguna de qué buscaba.
Así hasta que la vimos a ella. Caminaba y la levedad de sus pasos parecía encenderle de discreción los ojos, la sonrisa, las pocas palabras. Pasaba, nos saludaba, y seguía hacia su rincón. La veíamos alejarse y aunque mi huésped la mirada de atrás del vidrio, tratando de entenderle el alma, yo no conseguía evitar que mis ojos la persiguieran debajo de la cintura.
Esa chica me gustaba. Fuera de eso, nada parecía haber cambiado demasiado en el mundo, para mí. Pero todo se volvió diferente para mi otra mirada. Yo percibía que su vigilia era distinta. Por momentos se distraía, o se quedaba con los ojos cerrados, como si intentara inventarse un recuerdo o tomar prestada alguna parte de mi memoria. Empezó a pedirme cosas, a hacerme entender sus necesidades de ver. Y a fuerza de hacerle caso comprendí que se dedicaba a llevarme a los lugares que habitaba la muchacha.
La buscaba, se preguntaba si vendría, la esperaba y cuando la veía, la miraba de tal modo que me daba vergüenza mirarla yo también.
Así hasta aquel día. No me quedaba demasiado tiempo en ese lugar. La muchacha entró y de pronto me oí diciéndole que quería hablar con ella.
Vino a mi oficina, conversamos, primero del trabajo, luego de algunos rincones de nuestras vidas.
En algún momento nos pusimos de pie. No consigo recordar qué le dije ni qué me respondió. Pero sí sé que sentí  deseos de besarla y que ella estaba dispuesta a que la bese. La miré y acerqué mis labios a los suyos. Nos besamos con los ojos cerrados. Cuando volví a abrirlos, la pecera ya no me habitaba. La vigilia había terminado. Había vuelto a tener una sola mirada.

Al volver a casa, busqué aquel viejo libro. Entre las páginas 127 y 128, apretado como la primera vez, descansaba el axolotl con los ojos cerrados. Sonreí. Cerré el libro y me sentí  feliz.

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