martes 31 de enero de 2012

Saltar

Es muy fácil matarse en este rancho. Esa soga y el coraje. Es todo lo que necesito. Ataré la soga a la base de la baranda del altillo y saltaré hacia la planta baja. Así de sencillo. Si todo pudiera cambiar. No, nada cambiará. Sucederá que me pondré cada vez peor. De pronto puedo verlo con mucha claridad. Hace tiempo que no conseguía pensar tan bien. Como si la furia de anoche me hubiese despejado de brumas. Ahora que no tengo documento ni trabajo ni dinero ni mujer. Ahora que ella se ha ido llevándose todo. Si supiera el favor que me ha hecho. Solo frente a mi realidad. Soy la evidencia de lo irreversible.
Subo a la planta alta. Esquivo las prendas revueltas. Ato la soga a la madera. El mismo nudo que me enseñó de niño mi padre para atar los anzuelos de pesca. Calculo la distancia y preparo el lazo en el otro extremo. Lo suelto y bajo la escalera. Me paro bajo el lazo. Está treinta centímetros encima de mi cabeza. Me invade una gran tranquilidad. Nunca hubiera imaginado que la idea de mi muerte pudiera concederme esta calma.
Salgo. Camino por la calle unos metros alejándome del mar y me quedo parado mirando hacia el campo. Veo un monitor encendido por la ventana pequeña de  un rancho que solitario se entrega dócil al avance de las penumbras. Lejos y detrás, poco antes del horizonte, un pequeño bosque de árboles esbeltos. Entre los troncos delgados, nubes rojizas esfuman la caída del sol. Tras los árboles,  el agua del mar viaja por el arroyo hacia la laguna. Recuerdo otro rancho, inclinado sobre el mar, hendido por el agua y en su mitad partido, a punto de naufragar, como la tarde. Las nubes se han puesto casi negras. Cuando ya daba por iniciada la noche, vuelve la luz. El sol es una gran bola naranja que se asoma por una hendija de la persiana americana de nubes que se abre sobre el filo del horizonte, y la tarde renace como si fuera un amanecer, el más breve de los amaneceres, rodando a plena luz por la ribera de la noche. El saludo de una niña en bicicleta que pasa frente a mí me distrae. No sé quién es y puede que ella tampoco sepa quien soy. Saludar al desconocido, darse por enterado de su presencia, no pasar frente a él indiferente u hostil. ¡Si yo fuera capaz de una vida así! Hacer mi trabajo, ir a por esto o aquello, saludar a los que conozco y a los que no, sentarme en una galería a esperar que el sol se esfume, adivinar en la noche las risas lejanas, ser una de las voces de mi pueblo pequeño, oír mi nombre y alzar la sonrisa para corresponder  el detalle, abrir los ojos por la mañana, espiar al cielo y saber qué hacer. La niña de la bicicleta se perdió en el camino. El rancho en medio del campo es una sombra sin contornos. Una lámpara enciende una de las ventanas.  Le hendija  de la persiana americana se cierra del todo. Solo en medio de la noche, sé que el rumbo de la niña me llevaría a encontrarme con otras voces, tomar un trago con alguien, escuchar alguna conversación ajena o encontrar alguna mirada conocida. Pero no tiene sentido, no iré al encuentro de nadie. No tengo otro camino que volver sobre mis pasos, entrar en mi rancho, subir al altillo y saltar.

lunes 28 de noviembre de 2011

Cristina, Moyano y la sintonía fina


Nota mía publicada en Página 12 el domingo 27 de noviembre
Apenas se confirmó la histórica victoria de Cristina Kirchner, distintos sectores salieron a marcarle la cancha sin pudor. La Presidenta, parada en el centro de la escena desde el poder que le brindó la voluntad del pueblo, respondió. Dejó en claro que no es neutral al situarse desde los perdedores de Caseros y precisar que “la competitividad sólo es sustentable con inclusión social”, diferenciándose de quienes creen que “se hace a costa de los salarios o con exenciones fiscales, bajas de impuestos y subsidios”. Estableció la supremacía de la voluntad popular sobre los mercados en momentos en que los grupos monopólicos de siempre buscan resquicios para instalar especulaciones en torno del dólar y debilitar su poder. Fue lapidaria con el fracaso de las recetas neoliberales que signan la actual crisis internacional. Reafirmó la necesidad de ampliar nuestra capacidad productiva para fortalecer el mercado interno y “un potente mercado intrazonal de América del Sur”. Definió la etapa que se inicia como de “sintonía fina del modelo” y puso sobre la mesa los principales temas: inversiones, salarios, inflación, subsidios y utilidades.
Sin medias tintas, puso en evidencia comportamientos empresariales especulativos que encierran un perjuicio mucho mayor para el modelo que las diferencias en torno de la participación de las ganancias o las turbulencias que puedan surgir de un conflicto gremial. Así, exigió a las empresas que reinviertan sus utilidades en el país y reprochó que “se intenta la fórmula de no tocar utilidades o preservarlas en lo que hace al sector financiero y que la crisis la paguen los que menos tienen”. Aunque aclaró que “ofenden la inteligencia quienes crean que se va a prohibir remitir ganancias”, reafirmó la decisión de controlar la fuga de divisas.
Puso en claro desde qué perspectiva convivimos con un nivel de inflación controlado: “Hay que tener timing de cómo se manejan las variables macroeconómicas; nuestro modelo es de crecimiento, trabajo e inclusión, y no de metas de inflación, que es el método del Consenso de Washington”.
La referencia a Hugo Moyano y la postura frente al reparto de las ganancias llaman a debate. Está claro que el derecho de los trabajadores a participar de las ganancias tiene jerarquía constitucional y como tal no debe reducirse a una instancia transaccional. Pero también es cierto que desde la Reforma del ’57 hasta el presente ha sido parte de la letra muerta de nuestra Constitución. En el actual proceso de recuperación de derechos, la lucha por su consagración debe enmarcarse en un esquema de prioridades y atender razones de oportunidad política. De nada serviría su establecimiento legal si no se compadece con la esencia dinamizadora de la actividad productiva que la participación de las ganancias debe tener. Aunque reivindiquemos su consagración legislativa, al momento de definir prioridades es acertada la valoración de la Presidenta: se avanzó más en esa participación por la vía tran-saccional. Pero además, nuestra hegemonía aún es muy volátil como para evitar que su instauración termine siendo una excusa para intentar meternos en zona de turbulencias.
Si de prioridades hablamos, parece más apropiado hacer eje en aquellos desafíos que tienen que ver más directamente con la ampliación de la base de sustentación del modelo, como la lucha contra las tercerizaciones y el trabajo en negro, la generación de oportunidades reales para los pibes que no trabajan ni estudian, o la necesidad de garantizar el acceso a la tierra y la vivienda a cada familia. Son de-safíos que escapan a la lógica desarrollista y están en el alma de la identidad peronista.
La gran mayoría del movimiento obrero ha transitado estos ocho años junto al Gobierno y hay responsabilidades e intereses comunes que debemos privilegiar. Existen muchos más puntos de afinidad y comunión con lo que expresa Hugo Moyano que con aquellos sectores del sindicalismo que en los ’90 se pusieron de los dos lados del mostrador y que frente a las tercerizaciones son parte del problema y no de la solución. Pero a su vez, no aportaremos a la consolidación de este proyecto si creemos que el poder de una parte reside en su capacidad de condicionar y debilitar a quien tiene la responsabilidad de conducir y expresar al conjunto.
Nuestro desafío es seguir fortaleciendo el sujeto de cambio, la base de sustentación de esta transformación que inició Néstor y profundiza Cristina, aportando a la unidad y fortaleciendo la movilización y organización de los que menos tienen. Sabemos bien que las cosas no se consiguen sentándose a esperar, sino luchando día a día por ellas.

martes 17 de mayo de 2011

Evita, una carta y las palabras



I

Una carta.
Una carta militante.
Una carta dictada a un niño, el hijo de una condenada a muerte.
Una carta que llegó a la persona indicada.
Hubo una mujer que sufrió a Evita tanto como nuestras damas de caridad.
Hubo otra mujer que por esa carta se salvó de ser fusilada en Carabanchel.
Mucho se ha escrito y dicho de la relación entre el peronismo y el franquismo. Para entenderla, son develadores los detalles del viaje que Eva Perón hizo a España como parte de una gira por Europa en 1947.
La Argentina neutral, absolutamente contraria a alinearse con Estados Unidos, desde el liderazgo de Juan Domingo Perón, reivindicó su hispanidad y brindó un salvataje decisivo a la España gobernada por Francisco Franco, sumida en el aislamiento internacional y ganada por el fantasma del hambre.
Sobre el final de su gobierno Perón reemplazaría el concepto de hispanidad por el de latinidad, en el marco de un deterioro progresivo de la relación con el gobierno franquista.
Pero en 1947, cuando Eva viaja a España, Perón probablemente era el principal aliado de Franco. Y tan decisiva fue la ayuda brindada por Argentina, que el agradecimiento no fue patrimonio exclusivo de los partidarios del Generalísimo: en toda España se encendió un sentimiento de gratitud cuyo recuerdo aun se mantiene vivo.
El viaje de Eva a España y la recepción que le brindara el régimen franquista es una de las “pruebas” que suelen ofrecer los detractores del peronismo al pretenderlo un régimen derechista alineado con los perdedores de la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, basta con revisar los testimonios y adentrarse en la historia de aquel viaje para advertir que esa es una conclusión que no se compadece con la realidad.
“La rabia que le va a dar al gringo Truman de vernos juntos”, dijo Eva Perón al llegar a Barajas. Cabe suponer que el Generalísimo y su esposa, Carmen Polo, sonrieron frente al comentario. Por más informes previos que les hubieran preparado acerca de Evita, puede que en ese momento no imaginaran que esa mujer los tendría en vilo durante toda su visita.
Aunque no simpatizaba con el comunismo, Evita era una convencida profunda de la necesidad de dignificar a los trabajadores. El fantasma comunista no era suficiente para que justificara el destrato que el franquismo dispensaba a las obreras y obreros españoles. Cabe recordar que en la transformación del movimiento obrero alumbrada por el peronismo también participaron dirigentes sindicales exiliados del franquismo y partidarios de la República, así como numerosos integrantes del gobierno peronista provenían del socialismo, el radicalismo y otras expresiones políticas, adversos a la dictadura franquista. Entre ellos, el propio canciller Juan Atilio Bramuglia, era un socialista que llegó al peronismo como abogado de la Unión Ferroviaria y que tendría una destacada gestión como presidente del Consejo de Seguridad de la ONU para solucionar la crisis de Berlín, una de las más graves de la posguerra. El periodista y escritor Armando Rubén Puente sostiene que “desde su juventud Evita había oído hablar de la guerra civil, primero por un anarquista español que despertó sus primeras ideas políticas, y luego por sindicalistas de la UGT y la CNT exiliados en Buenos Aires, que habían contribuido a crear la CGT y convertirla en la mas poderosa central obrera existente en América y columna vertebral del peronismo”. Numerosos artistas e intelectuales españoles contrarios al franquismo eligieron a nuestro país como lugar de exilio, en un etapa de florecimiento de la actividad artística y de las industrias culturales. Sabia algo de lo que sucedía en España Eva Perón cuando en 1946, al invitar a Miguel de Molina a actuar en nuestro país, lo liberó del calvario al que venia sometiéndolo el gobierno español.
Evita comprendía y reivindicaba el posicionamiento internacional que Perón procuraba con su hispanismo, pero daría claras muestras de sus diferencias con el régimen que gobernaba a los españoles.
Su desapego por el protocolo y su deseo de visitar hospitales y barrios obreros en vez de asistir a palacios y agasajos, la pusieron en cortocircuito con Carmen Polo, quien además temía ser abucheada o repudiada en los lugares que Evita prefería.
“A la mujer de Franco no le gustaban los obreros, y cada vez que podía los tildaba de “rojos” porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que no pude más, y le dije que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo sino por imposición de una victoria. ¡Ala gorda no le gustó nada!”.
El comentario deja de manifiesto que Eva Perón tenía con los Franco diferencias insalvables. Esos dos aspectos, el distingo entre llegar al poder por el voto del pueblo o por una victoria bélica y la valoración absolutamente opuesta respecto del rol de los obreros marcan distancias políticas e ideológicas que Eva Perón expresará desde su autenticidad en varias oportunidades durante el viaje.
El profesor Raanaan Rein, de la Universidad de Tel Aviv, experto en historia española y latinoamericana, señala con claridad estas diferencias profundas entre ambos regímenes: “Las cartas de Franco a Perón muestran ese aspecto de camaradería entre militares. Pero eso no alcanza para crear un real vínculo ideológico entre ambos. La forma de llegar al poder es completamente distinta. Franco lo obtiene después de una guerra civil terrible con cientos de miles de muertos y cientos de exiliados, un baño de sangre nunca visto. Perón llega al poder al ganar unas elecciones limpias, libres y democráticas. Y, sobre todo, la base de apoyo social de cada régimen es muy distinta. El régimen franquista se basó en las instituciones tradicionales de España, en la Iglesia, el ejército, los terratenientes, se enfrentó con los sindicatos, nunca tuvo una base popular. El peronismo es pueblo y burguesía nacional”.
En los discursos que pronunció Eva durante su visita a España –en los que se reconoce la pluma de su confesor, el jesuita Hernán Benítez- también afloraron esas diferencias.
“Trabajemos por la implantación de un orden de justicia social cual lo requieren los principios proclamados por el General Perón, en el que todos puedan llegar a la consecución de sus sueños y anhelos, y en el que todos puedan gozar de una retribución justa; en el que el obrero viva en condiciones dignas de trabajo y pueda preservar su salud, gozar de bienestar físico y espiritual, amparar su familia, elevar su estándar económico y desarrollar libremente las actividades lícitas en bien de los intereses profesionales. Unamos nuestros esfuerzos para que nadie padezca, para que nadie se vea envuelto por miserias enervantes. Unamos nuestros corazones para que los seres humanos, cualquiera que sean su nacionalidad, su fortuna, su ideario, puedan vivir en armonía, y para que termine la división de réprobos y elegidos, satisfechos y desheredados, de suerte que el mundo se trueque en una gran familia bendecida por Dios, en la que no resuene otro canto que el canto del trabajo y de la paz…”.
Su reivindicación del rol de la mujer tampoco caía en gracia a los anfitriones. Citemos a modo de ejemplo, un fragmento del discurso pronunciado el sábado 14 de junio y retransmitido por Radio Nacional:
“¡Mujeres de España” Nuestro siglo no pasará a la historia con el nombre de de ‘Siglo de las guerras mundiales’ ni acaso con el nombre de ‘Siglo de la desintegración económica’, sino con este otro mucho más significativo: ‘Siglo del feminismo victorioso’. La revolución social a la que asistimos alcanza no solo al obrero, quien reclama justamente que se le considere dentro de la sociedad como persona humana, formada por un alma trascendente y eterna, sino también a la mujer, la cual exige todos los derechos imprescindibles para el desarrollo de sus poderosas virtualidades. Por eso (...) no puedo guardarme en silencio un mensaje de la mujer argentina a la mujer española. Sobre todo a la mujer que lucha como héroe en la brega cotidiana de la vida...”.
Al visitar el Escorial alumbró otra de las frases que irritaron al Generalísimo y quedaron escritas en la historia:¿Por qué no dedican este enorme y sombrío edificio a algo útil? Por ejemplo, colonia para niños pobres. Se ven tantos…”.
A Eva no le agradaban buena parte de los compromisos que los Franco le habían agendado y el 15de junio, su último día en Madrid, se escapó al Rastro como una despreocupada turista. En La Enviada, Jorge Camarassa rescata lo que le contó a Vera Pichel, su amiga desde los tiempos en que era actriz de teatro.
“¿Te imaginás, una escapada sin avisar a nadie? Llegamos a media mañana y como yo jamás había estado en un mercado de pulgas, el rastro me impresionó. Allí se vendía todo y de todo. Un espectáculo completo y difícil de olvidar. Cuadras enteras con toda clase de cosas”. Por allí caminó Eva como una más hasta que la reconocieron y tuvo que marcharse. Quizá también vio carricoches de miga de pan y soldaditos de lata como los inmortalizados en la canción de Joaquín Sabina que décadas después también la menciona.
Pero si los desplantes, los comentarios sarcásticos, las salidas de protocolo y los discursos feministas y obreristas no eran suficientes para incomodar a los Franco, la llegada de una carta firmada por un niño desesperado por la vida de su madre sirvió para dejar aun más en claro las distancias y arrancar al Generalísimo la más incómoda de las concesiones: suspender la ejecución de una mujer que el régimen había condenado a muerte.



II


Meses antes de la llegada de Evita, entre octubre de 1946 y marzo de 1947, el régimen franquista desarticuló el aparato político y militar del PCE, que operaba en el centro de España. Sus principales dirigentes fueron sorprendidos por la guardia civil en una emboscada, primer hecho decisivo de una serie de allanamientos y detenciones que desarticularon la estructura clandestina madrileña que se comunicaba desde allí con la dirección partidaria establecida en Toulouse. Entre los catorce condenados a muerte de casi un centenar de detenidos, figuraba una mujer, Juana Doña, enlace entre la guerrilla y el Buro Politico. Nacida en Madrid en 1918, había ingresado en las Juventudes Comunistas a los 15 años y durante la guerra civil integró la dirección provincial de las JJCC y de la Agrupación de Mujeres Antifascistas. Terminada la guerra, fue detenida en diciembre de 1939 cuando trabajaba en la reorganización del partido en Madrid y amnistiada en 1941, volviendo a la clandestinidad e integrando el comité provincial de Madrid desde 1944.
"Señora Eva Perón, por favor, a mí me han fusilado a mi padre y ahora van a fusilar a mi madre". Así empezaba la carta escrita por Alexis, el hijo de Juana Doña, según ésta revelaría varias décadas después. Es que durante muchísimo tiempo, fue una incógnita cómo llegó a Evita el pedido de la militante condenada por Franco.
"En realidad –contaría Juana en su vejez-, quien le escribió a Evita fue mi hijo, Alexis. Yo ya estaba condenada, presa en Madrid, con visitas restringidas. Mi madre lloraba y a mi hermana Valla se le ocurrió que el niño escribiera un cablegrama a Eva pidiéndole por mi vida."
No se sabe quien hizo llegar la carta a mano de Eva. Valla dijo tener relación con algún familiar de Eva que se dedicaba al espectáculo. Juan Duarte fue parte del viaje y según se relata anduvo junto a Alberto Dodero recorriendo la Madrid que no aparecía en los actos oficiales, pero no hay certeza que él haya sido el nexo. Lo cierto es que en su desesperación, Valla tuvo la idea, dictó la carta a Alexis y consiguió que llegara a manos de Evita.
Juana había sido condenada tras juicio sumarísimo labrado por supuesta participación en la "explosión de un petardo" cerca de la embajada argentina en Madrid, cargo que siempre rechazó. "Ocurrió que, por entonces, llegó el nuevo embajador argentino, y dijo que España era un oasis. Mis compañeros reaccionaron: ¿Cómo? ¿Con esta dictadura y los miles de españoles que mueren, fusilados o por hambre?" Entonces, "para probar que el oasis no era tal", montaron el estallido cerca de la embajada”.
Un inofensivo petardo causó 103 detenciones, entre ellas Juana, que por entonces vivía escondida en Madrid. "Éramos tantos que nos hacían los juicios por grupos. A mí me tocó con otros 19 compañeros, entre ellos, un menor, llamado Eugenio Moya. Todos fuimos condenados, incluso el chaval".
Fue separada del grupo y trasladada a la cárcel de mujeres de Madrid. Cada madrugada ella se preguntaba si ése sería su último día mientras España vibraba en torno a la visita de Eva y su familia montaba las gestiones que terminarían salvándole la vida.
"Una mañana de agosto, viene un funcionario a verme a la cárcel. Y me dice: Le traigo una alegría. La han conmutado". Yo pregunté por mis otros compañeros. Y me dice que los habían fusilado esa misma mañana. A todos, menos al chaval, a quien también perdonaron. Recuerdo que dije: ¿de qué alegría me habla, entonces?".
Eva había llegado al corazón del pueblo español. Sabía el significado del respaldo que Perón brindaba a España en medio del aislamiento y era tan conciente de su poder como del desagrado que causaba a sus anfitriones. ¿Cómo no iba a pedirle por la vida de una mujer por la que le escribía un niño de ocho años con tono desesperado?
"Usted habla y actúa como La Pasionaria". Frente al pedido, Francisco Franco, el gordo petiso que Evita encontraba parecido al farmacéutico de su pueblo, no contuvo más el fastidio y soltó con bronca el reproche. Pero aunque le pareciera una solicitud propia de Dolores Ibárruri, no podía hacerla detener ni condenarla a muerte. No le quedaba más remedio que acceder a suspender la ejecución de la mujer por la que Evita intercedía. No la mató, pero la mantuvo presa dieciocho años más, como para que no quedaran dudas que había accedido de mala gana.
Juana tenía 29 años. Eva, 27. No llegarían a conocerse nunca. No hubo más cartas que aquella escrita por el niño.
En sus días de reclusión, aun cuando logró salvar su vida, Juana Doña no habrá siquiera soñado que viviría hasta los inicios del milenio siguiente. Eva Perón, aunque ya recibía algunas señales de la fragilidad de su salud, tampoco debió imaginar que le quedaba tan poco tiempo.
"Me habían trasladado a la cárcel de castigo de Guadalajara, un sitio del que no quiero ni acordarme. Franco había dispuesto una hoja informativa para las presas. Se llamaba "Redención" -¡fíjese el nombre!- y allí leí, con atraso, la noticia de su muerte". Juana Doña siempre tuvo una visión muy descarnada de la situación. No tenía una buena opinión del peronismo y sabía que esa mujer le había salvado la vida, pero lo entendía como una acción política que también le había sido de utilidad a ella. Pero en ese momento, al enterarse de la noticia de su muerte, por única vez sintió necesidad de expresar su gratitud.
“Me hubiera gustado enviar un telegrama, al menos. Al fin y al cabo, yo vivía por ella”.
Pero no podía. Sólo tenía una visita al mes de veinte minutos. Se le iban en estar con el niño o en preguntar por él, si no lo dejaban entrar. El penal de castigo de Guadalajara, donde se enteró de la muerte de Evita, ya no está. Una topadora derribó los peores calabozos del franquismo.”No me arrepiento de nada, pero sí lamento no haber podido criarlo. Cuando quedé en libertad, lo reencontré con 24 años, hecho todo un hombre”. Su hija de siete meses había muerto en la guerra civil y su marido, su gran amor, había sido fusilado.
Franco le había reprochado a Eva hablar y actuar como Dolores Ibárruri. Recuperada la libertad, Juana Doña, la segunda Pasionaria, seguiría militando hasta su último día.
“No vine para formar un eje, sino solo como un arco iris entre nuestros dos países”. La frase de Eva Perón resultó llamativa. Tanto, que el periplo terminó siendo denominado “el viaje del arco iris”. Está claro que no fue una afirmación inocente. Eva desmentía a quienes veían una relación con España una confirmación del parentesco con el corporativismo y el nazismo que atribuían al movimiento fundado por Perón. Y en la imagen del arco iris, definía una relación que tenía como protagonistas a cientos de miles de personas y que cruzaba a todas las identidades políticas de uno y otro país. Al fin y al cabo, su definición del arco iris fue mucho más rica y cierta que la forzada reivindicación de hispanidad que hacía Perón para distanciarse de las potencias triunfantes en la Segunda Guerra desde un perfil imposible de ser asociado al comunismo. Allí latían todos los lazos que cruzaban el océano, incluida la gratitud por esos barcos cargados de cereales que permitieron duplicar la ración alimenticia.
Aunque se desenvolvía con soltura y desparpajo para decir sin preámbulos lo que pensaba, Eva tenía plena conciencia de su origen y del peso de las responsabilidades que había asumido a partir de ser la compañera de Juan Domingo Perón. Toda la tensión contenida por llevar adelante ese viaje iniciático estalló el último día de su itinerario español, cuando le dijo llorando al padre Hernán Benítez en el Palacio de Pedralbes. "¡Que a mí, una india de Los Toldos, una bastarda, me hagan estos homenajes!". Con la pobreza como paisaje que los Franco no conseguían ocultarle y la obsesión por reafirmar la opción por los pobres del peronismo, el padre Hernán Benítez y Eva comenzaron a alumbrar la idea de la Fundación desde la que Eva dejaría hasta su última gota de energía en favor de los pobres y desamparados.
El jueves 26 de Junio, acompañada por Francisco Franco en un coche descapotable, Eva Perón llegó al aeropuerto del Prat en Barcelona y emprendió viaje rumbo Roma. “Dejo parte de mi corazón en España; lo dejo para vosotros, obreros madrileños, cigarreras sevillanas, agricultores, pescadores, trabajadores de Cataluña y del país todo. Lo dejo a vosotros.” El Generalísimo y su esposa suspiraron aliviados por su partida. Eva se había ganado el amor de los españoles. Aunque Juana Doña no lo haya visto por ventana alguna y Carmen Polo le diera la espalda, el arco iris cruzaba el cielo más encendido que nunca.



III

Al recordar la historia de aquel viaje resulta inevitable reflexionar acerca de la identidad peronista. Está claro que es imposible definir en abstracto sus componentes, que es necesario comprenderla no sólo en términos del discurso desde el que cada persona se relaciona con ella, sino también por la dinámica política y social que el movimiento peronista consigue expresar en las distintas etapas de su historia.
Hay quienes se definen evitistas y reniegan de Perón. Norberto Galasso y muchos otros pensadores nacionales han dejado en evidencia no sólo la falacia de esta disociación que ubica a Evita en el plano de la virtud y se guarda para Perón todos los reproches. sino también como ha sido alentada para hacer que Evita sea objeto de una “devoción Light” que al mismo tiempo procura vaciar de contenido al peronismo. “El evitismo, cuando va dirigido a denigrar a Perón, es la etapa superior del gorilismo”, es la frase con que Galasso ha graficado esta situación.
Desde su muerte, Evita pasa a la inmortalidad y Perón queda solo al frente de todo lo que sobreviene: los problemas del segundo gobierno, la fusiladora, el exilio, el luche y vuelve, Isabel, Paladino, Ezeiza, Cámpora presidente, la fórmula con Isabel, el enfrentamiento con Montoneros, López Rega y la Triple A, la salud minada y la música más maravillosa, la del pueblo, su único heredero.
Discusiones interminables acerca del General y sus decisiones jalonan no sólo la vida de los militantes nacionales y populares, sino de cientos de miles de personas que en nuestro país y en los lugares más diversos tratan de comprender el fenómeno del peronismo.
Para Francisco Franco y Carmen Polo, Evita actuaba y hablaba como la Pasionaria Para Juana Doña, era una populista. Lo decía con toda la carga despectiva que un militante de izquierda de un país europeo puede ponerle a ese término. Aunque vivió hasta los inicios del milenio, no asistió al replanteo del concepto de populismo que se ha fortalecido a partir del aporte de pensadores como Ernesto Laclau, pero fundamentalmente, del auge inédito que los movimientos populares han adquirido en Latinoamérica, en contraposición a la profunda crisis económica y política que atraviesan los países de Europa.
Una y otra vez podemos repasar y valorar cada una de las decisiones que tomó Juan Domingo Perón. Algunos reivindicarán su capacidad de renunciamiento expresada en su largo exilio, parangonándola con la de José de San Martín. De una manera u otra, todos los peronistas se manifestarán consustanciados en el Luche y Vuelve, más allá de cuestionamientos puntuales como el del cura Hernán Benítez, que le reprochará el modo en que digitó a unos y otros desde Puerta de Hierro. Su retorno al país como prenda de unidad de todos los argentinos estará tironeado por fuertes disputas políticas, ideológicas y militares que en su momento, en cierta medida, él mismo alentó, y que no pueden analizarse fuera del contexto de lo que sucedía en el mundo.
Desde el peronismo revolucionario algunos le reprocharán haberse inclinado por las expresiones más reaccionarias. Pero desde el movimiento obrero y desde el resto del peronismo se pondrá el énfasis en la muerte de José Ignacio Rucci como un error y una provocación que condicionó las posteriores decisiones del anciano líder de manera determinante. Unos y otros hablarán del peso del entorno, de lo que significaba la cercana y cotidiana presencia de Isabel y de López Rega junto a un hombre cuya salud se hacía más frágil día a día.
Es necesario el debate, no es vano trabajar para intentar develar las convicciones íntimas de los principales protagonistas de la historia. Pero no nos servirá de mucho si lo hacemos al margen de los procesos que se generan o desarrollan a partir de la acción de esos protagonistas. No siempre tendremos certeza acabada de esas íntimas convicciones y no siempre los protagonistas tendrán oportunidad o voluntad de desenvolverse de acuerdo a ellas.
Podemos imaginar el peor Perón. Podemos suponer arbitrariamente que prefería a Trujillo sobre Arbens. Podemos sostener que en él pesaban más sus afinidades con Franco que sus diferencias. Podemos entender que cuando declaró que había muerto el mejor de nosotros, en alusión al Che, era una afirmación no sentida. Podemos quedarnos con la peor de las impresiones de sus últimos años a partir de lo que significaban López Rega e Isabel a su lado y del nacimiento de la Triple A. Aun así, no podremos sustraernos a la realidad concreta de protagonismo popular, ampliación de ciudadanía, soberanía política, independencia económica y distribución más equitativa de la riqueza que el peronismo significó y significa como expresión política de los sectores más humildes y necesitados. No importa cuan bueno o malo consideremos a Perón en su intimidad. El peronismo, como movimiento popular, será un claro ejemplo de los populismos entendidos como procesos virtuosos en los que, en el contexto de una economía capitalista, se fortalecen los sectores asalariados y de menos recursos, se reduce la exclusión y se amplia la participación a partir de un rol activo del estado estableciendo prioridades y generando mecanismos que procuren reducir la indefensión de las personas frente a la lógica fría y corporativa de quienes ostentan posiciones de privilegio en la economía de mercado.
Así las cosas, serán procesos políticos como los liderados por Francisco Franco o, más recientemente, por Sarkozy o Berlusconi, los que no corresponderá encuadrar en esa categoría, toda vez que promueven la exclusión, limitan la participación y acentúan las desigualdades.
Es imposible, por más que se valore la figura de Evita y su rol en el nacimiento y el establecimiento del peronismo, negar el rol de Perón como arquitecto esencial de ese movimiento que proyecta su protagonismo y sus contradicciones hasta nuestros días.
Eva Perón era quizá quien más en claro tenía el rol esencial e irremplazable de Juan Domingo Perón como artífice y conductor, se pensaba como la primer peronista y a cada paso reafirmaba su lealtad inquebrantable a él.
“La verdad, la auténtica y pura verdad, es que la gran mayoría de los que no quisieron a Perón por mí tampoco lo quieren sin mí”, escribe Eva en Mi mensaje, poco antes de su muerte. “En cambio el pueblo, los descamisados, los obreros, las mujeres, que me quieren a mí más de lo que merezco, son fanáticos de Perón hasta la muerte”.
Así como Norberto Galasso deja en evidencia la falacia de rescatar la figura de Eva dotándola de un contenido desideologizado (haciendo eje en su sacrificio personal y su sensibilidad social por encima de las características políticas del peronismo y del propio Perón), Evita, poco antes de su muerte, dejaba en claro que quienes se habían dedicado a cuestionarla pretendiendo un Perón sin Eva, tendrían oportunidad de demostrar que en realidad no los querían a ninguno de los dos. A lo largo de la historia, distintas variantes se ensayaran respecto de las figuras de Eva Perón y Juan Domingo Perón, que siempre tuvieron por objetivo desdibujarlos a ambos y poner sus reformas en el banquillo de los acusados.
Algo parecido se da con Néstor Kirchner, quien fuera demonizado cada día por sus enemigos mediáticos y por la dirigencia opositora conducida por ellos. Después de su muerte, lo que empezó tímidamente hoy es un recurso cada vez más habitual: destacar que Néstor Kirchner era el único capacitado de manejar la coalición de gobierno y procurar el desgaste y el debilitamiento de Cristina Fernández de Kirchner.
Pero que Perón sea esencial, inherente a la naturaleza transformadora del peronismo y que Eva Perón le haya sido absolutamente leal, no quiere decir que su figura y su accionar carezcan de particularidades y características propias e inigualables.
Perón es el estratega que se para desde el pueblo para repensar y rehacer el todo.
Evita es el pueblo que viene por todo y está dispuesta a dar todo para luchar por lo que le retacearon, le ocultaron, le negaron, le robaron.
Existe un evitismo necesario, imprescindible, que es el que rescata el valor único e inextinguible de su pasión, de su talento, de la claridad de su compromiso. Es imposible entender la vigencia del peronismo en el alma del pueblo sin el testimonio y la fuerza conmovedores de la pasión de Eva.
Porque es cierto que los que alientan el evitismo sin Perón omiten su lealtad inquebrantable. Pero también es cierto que esa lealtad no se da desde ninguna parte, no es el seguidismo de quien se niega a sí mismo en su afán por ser leal. La lealtad de Eva se da desde una identidad de lucha clara y definida. La lealtad de Eva obliga y compromete, completa y enriquece. La lealtad de Eva viene a recordar día a día lo pendiente y necesario, la razón de ser de ese movimiento.
Sin Eva, Perón fue un hombre solo y le tocó transitar el camino hacia la vejez ejerciendo la conducción desde el exilio y construyendo con paciencia y astucia las condiciones para su retorno al tiempo que reconfiguraba su universo familiar y reelaboraba su visión de la sociedad prestando especial atención a la evolución de la sociedad de bienestar en los estados europeos.
Cuando al fin consiguió volver, había cumplido el objetivo de ser expresión de unidad de la inmensa mayoría de los argentinos. Sin embargo, no estaba en condiciones de conducir y contener conflictos que se enmarcaban en disputas de carácter mundial pero que exhibían en el seno del peronismo y del resto de las organizaciones populares características muy definidas.
Está claro que hay un conjunto de responsabilidades propias de cada uno de los protagonistas de ese tiempo. En “No habrá más penas ni olvido” Osvaldo Soriano tocó la cuerda de lo real, mostró como un conflicto que atraviesa a toda la sociedad puede terminar enfrentando unos contra otros a quienes tienen muchas más cosas en común que aquellas diferencias que circunstancialmente el conflicto impone. En más de una conversación entre militantes de sectores del peronismo enfrentados en aquellos años, queda en claro que muchas veces pertenecer al peronismo revolucionario o a algún agrupamiento opuesto, en la decisión inicial, tuvo más que ver con la unidad básica que se tenía más cerca que con una opción que diferenciara ideológicamente a los distintos sectores del movimiento. Unos se mantuvieron en la clandestinidad y se sintieron obligados a agudizar la confrontación terminando enfrentados a Perón. Otros se sintieron propietarios de la lealtad y fueron demasiado fácilmente motivados a perseguir a los infiltrados. No eran todos, pero impusieron la dinámica de ese conflicto. Aun se insiste en buscar al culpable de la película, en depositar en alguien la suma de todos los males. Está claro que cada cual tuvo su parte, incluido el líder. Ese fracaso también lo fue de Perón, en el desafío de conducir a todos, a los buenos y a los malos, en especial en un momento en que su figura reunía un amplísimo consenso.
Después vino lo peor.
Fue recién al sufrir lo peor que unos y otros comenzaron a tomar distancia de su pelea, empezaron a comprender cómo se la habían dejado picando a los verdaderos enemigos.
Y hubo que volver a empezar.
Cuando recuperamos la democracia, el mundo ya era bastante distinto. Nuestro país también. El peronismo también. No pretendo repasar aquí lo sucedido desde Luder y Herminio hasta el presente.
Apenas decir unas pocas cosas.
El lenguaje del peronismo se fue desdibujando desde la muerte de Perón hasta nuestros días. O quizá desde antes. Tal vez la astucia, la viveza, la picardía de Perón, terminaron conspirando contra la elocuencia de las palabras y voces que lo asociaban indisolublemente a nuestros días más felices.
Digo la astucia, la viveza y la picardía, porque en la adversidad se fue instalando que esos atributos eran los que distinguían al peronismo por encima de su doctrina y de la verdad hecha realidad que había construido.
Tal vez en ese apotegma también vivía la emboscada. Si la única verdad era la realidad y si esa realidad era tan adversa, sólo nos quedaba refugiarnos en la viveza, en la astucia, en la picardía. Pero no hablamos de astucia, viveza y picardía para transformar. En el mejor de los casos, apenas para sobrevivir a la adversidad. En la política, cada vez más, en atributos para mantenerse en la cresta de la ola suceda lo que suceda. Era un realismo resignado cuya picardía no distaba mucho de aquella que inmortalizó Hernández con el viejo Vizcacha.
Y se fue instalando en la percepción de la inmensa mayoría que el peronismo era una especie de máquina de acceso al poder, un espacio político habitado por aquellos dirigentes que comprendían la lógica y el manejo del poder por encima de cualquier diferencia ideológica.
Menem sería la expresión máxima de ese sentido común que predominaría en nuestra sociedad por demasiado tiempo. Tanto, que cuando llegó el año 2000, nos encontró tan dominados que acababa de asumir Fernando De la Rúa y estábamos en el umbral de ver la bandera flameando sobre las ruinas de la patria.
Al comentar Mi mensaje, Horacio González, a partir de saberse quien escribió La razón de mi vida para Evita, señala que ella “hablaba a la manera del libro que no había escrito, y esas frases no redactadas por ella eran las que correspondían a su lengua hablada real. No se debe esto a ningún esfuerzo de mimetismo o a determinadas técnicas de declamación –aunque aquí tengamos presente que estamos ante una actriz- sino a las características esenciales del mito. El mito circula sin autor, sin contornos y sin identificaciones individuales. El mito habla y escribe por nosotros, y esto es lo que sentimos ante todo el halo de escrituras y dichos en los que Eva está inmersa”.
Tal parece que algunos más, otros menos, algunos mucho, otros poco ( y otros nada), en algún lugar de nosotros, éramos Eva. El mito nos seguía habitando. Teníamos al menos algún jirón de ese lenguaje.
Creo que Eva fue la clave de nuestro renacimiento.
“Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus grandezas. Ahora conozco todas las verdades y todas las mentiras del mundo. Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los pueblos engañados de la humanidad”. A pesar de su testimonio y de su ejemplo conmovedor, volvimos al engaño, perdimos tiempo, felicidad y vidas en esas mentiras. Pero allí estaba el mensaje del corazón de Eva, en cada voz que se alzaba para volver a ser dignos. Digo Eva, porque como bien dice en Mi Mensaje, antes y sobre todo después de ella, Perón estuvo demasiado solo. Digo Eva, pero no con ánimo de alternativizar a Perón. Digo Eva como primera peronista. Al fin y al cabo era el tiempo del único heredero, y Eva Perón sigue siendo su abanderada.
Sí, la bandera flameaba sobre las ruinas.
Pero flameaba. El modelo neoliberal hizo crisis, la democracia y la propia Nación estuvieron al borde del precipicio, y recién ahí fue que se hizo carne con una convicción más profunda que había que echar mano a aquella bandera. El peronismo, aquel anacrónico peronismo populista, no había muerto. Eso significaba que a pesar de las proscripciones, los bombardeos, los fusilamientos, las desapariciones y del propio neoliberalismo metido en nuestro propio movimiento, estaba con vida. Estaba latente en algún lugar de nuestra memoria, en las pequeñas y grandes resistencias, en el recuerdo y los dientes apretados de cada hogar. Al fin y al cabo, después de todas las claudicaciones y todos los engaños, esa era la única balsa a la que amarrarnos. Ese era el lenguaje desde el cual empezar a hablar el nuevo presente. El del país que supimos hacer cuando fuimos protagonistas de la historia. Y fue reconstruyéndose y también construyendo prácticas nuevas a la luz de toda la historia vivida.
“Muchas veces los he oído disculparse ante mí agresividad irónica y mordaz. “No podemos hacer nada”, decían. Los he oído muchas veces; en todos los tonos de la mentira. ¡Mentira! ¡Sí! ¡Mil veces mentira! Hay una sola cosa invencible en la tierra: la voluntad de los pueblos. No hay ningún pueblo de la tierra que no pueda ser justo, libre y soberano. “No podemos hacer nada” es lo que dicen todos los gobiernos cobardes de las naciones sometidas”.
Veníamos del reino del egoísmo y la resignación. Los enemigos del pueblo habían convencido a demasiados de ese “no podemos hacer nada”. Desde 2003, hubo un hombre que fue decisivo para que nos animáramos, para que nos termináramos de dar cuenta que era mentira que no podíamos hacer nada. En la firmeza y la decisión de ese hombre, también hablaba con toda su energía la voz inagotable de Eva Perón. Y como lo hizo alguna vez con Juana Doña, seguía salvando vidas.

miércoles 16 de marzo de 2011

Trenes


Cuando me acuesto Mariana ya duerme. Levanto un poco la cortina, para dormirme mirando hacia la calle. A lo lejos, como cada noche, se oye un tren.
De niño me dormía viendo la luz de los cigarrillos de mis viejos apagarse y encenderse en la oscuridad con cada pitada. Vivía más lejos que ahora del ferrocarril, pero en la noche el sonido de la bocina del tren igual llegaba hasta mi cama.
Hace más de ciento cincuenta años que circulan trenes en nuestro país y casi doscientos en el mundo. Al asomarme a la adolescencia y ver las señales deslumbrantes del progreso, más de una vez me pregunté durante cuánto tiempo seguirían existiendo los trenes. Al fin y al cabo, en La Plata, mi padre me hizo viajar en uno de los últimos tranvías. ¿Llevaría acaso alguna vez en el bolsillo boletos para el último tren?
Hoy sé que no. Los trenes me sobrevivirán. Mi viejo tenía sobre la pileta del lavadero, la imagen de una vieja estación a la que le había pegado con paciencia inusual un cartelito que decía Atalaya. Tenía razón, aquella estación era muy parecida a la de Atalaya, en Magdalena, donde el tren no llegó nunca más por decisión de Onganía y donde me recuerdo una vez esperando en el andén la llegada del hielo con mi tío abuelo José. Pero seguirán los trenes, mal que pese a quienes se dedicaron a desmantelarlos, y eso me alegra.
También me provoca una extraña desazón. Los trenes seguirán y yo no. Cada noche intento ahuyentar con un suspiro ese pensamiento. No sobreviviré a los trenes como alguna vez imaginé, como tampoco ser adulto se parece a lo que yo suponía en aquellos tiempos. En mi último día, seguiré siendo ese niño que se duerme mirando la calle o algún destello en la oscuridad y oyendo el lejano sonido de las bocinas de los trenes.

martes 7 de diciembre de 2010

Calma pueblo (Néstor, nuestro residente)


( http://www.youtube.com/watch?v=lz8iKoQ8VSo )
Yo uso al enemigo a mi nadie me controla
Le tiro duro a los gringos y me auspicia coca cola
De la canasta de frutas soy la unica podrida
Adidas no me usa, yo estoy usando adidas

Mientras bregue diferente, por la salida entro
Me infiltro en el sistema y exploto desde adentro
Todo lo que les digo es como el Aikido
Uso a mi favor la fuerza del enemigo

Ahora quitate el traje falda y camiseta
Despojate de prendas marcas etiquetas
Pa' cambiar el mundo desnuda tu coraje
La honestidad no tiene ropa ni maquillaje

¿Cuántas veces y de cuántas maneras debatimos acerca de cómo han surgido, pueden o deben surgir las revoluciones?
Tanto corrieron, corren y seguirán corriendo la tinta, la sangre y las voces…
Pero esta tarde, cuando escuché por primera vez al Residente rapeando estas tres estrofas, sentí que nadie nunca antes había explicado mejor uno de los modos posibles de cambiar la historia, él que nos ha tocado vivir a nosotros en nuestra patria.
Apenas las escuché pensé en Néstor. Cierto es que su muerte me tiene muy sensible y pienso en él hasta en la sopa. Pero aquí lo pensé porque sentí que René Pérez relataba lo que él hizo para erigirse en el protagonista esencial de este renacimiento de nuestra patria.
“Yo uso al enemigo y nadie me controla”. Cuando lo critican por la guita que juntó, cuando nos refriegan por la cara su imagen junto a Menem, cuando recordamos cómo se subió a la candidatura presidencial de la mano de Duhalde, ¿cómo no verlo en la voz de René, entrando por la salida, explotando desde dentro, subiéndose al centro de la escena para demostrarles al instante que nadie lo controlaba, que no llevó piolines ni fue Chirolita, que cuando el enemigo entendió cómo y cuánto debía odiarlo ya era demasiado tarde y con ese odio lo fortalecerían?
Cada pueblo escribe su historia a su manera y comprenderla requiere entender un conjunto complejo de factores y procesos. Pero por más ciencia política que estudies, por más sociólogo, politólogo, semiólogo, historiador o filósofo que te vuelvas, siempre te faltará una pieza si no comprendes el valor de cada persona y a su vez, si no entiendes que a veces aparecen personas que se salen del molde, que hacen la diferencia, que saben dar su talento y su vida para ser determinantes.
Y así como en algún caso ese rol decisivo lo puede jugar un grupo con su comandante bajando desde la sierra, en otros son liderazgos que surgen de las entrañas mismas del poder, por personas que tienen el don de transitarlo, crecer día a día en él y explotar en el momento oportuno, estallar en el medio del culo del enemigo.
Así fue Néstor, así también Perón y Chávez.
Pero claro, no alcanza con ellos solos, no hay revolución sin único heredero. Por eso está la tercera estrofa que cito, la nuestra, la de los que una vez más hemos sido llamados a quitarnos las prendas y las etiquetas del cuerpo y del alma hasta lograr ser tan descamisados como alguna vez supimos y Eva nos amó.
Sony, tu disco en una mesita de la calle está cinco veces menos. Clarín, ahora sí que en serio te hemos perdido el miedo.

A mi no me cojen yo creo en lo que quiera
Creo en la gente, creo en mi bandera
Creo que los que me señalan con el dedo
Me tienen miedo porque yo no tengo miedo.

Disculpen. Esta estrofa me la había guardado para el final. En mi vida había conocido mejor material de formación política que este disco de Calle 13.

sábado 27 de noviembre de 2010

Néstor y nuestro renacimiento


Demasiado gramscianos. Para ser benévolos digamos que con los años y las derrotas muchos nos habíamos puesto demasiado gramscianos. Pero, ¿qué culpa tenía Gramsci? Nos llenábamos la boca de guerra de posiciones, pero no sólo retrocedíamos en el escenario. Día a día, íbamos para atrás en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestras convicciones.
Algunos se refugiaban en la resistencia, como presos en un campo de concentración. Otros, que mirábamos de reojo a los que sólo resistían, hablábamos de vocación de poder, procurábamos inventarnos nichos, refugios, atajos, excusas o, en el mejor de los casos, pequeñas realidades, de cuadra, de barrio, de ciudad, de aula, huérfanas de un proyecto común. Decíamos que era mentira que habían muerto las ideologías, pero nos moríamos de miedo a que fuera cierto.
Así fue hasta que llegó él. No sé si aun nos dimos cuenta del todo. Es cierto que lo del 2001 - 2003 fue la crisis de un modelo, se sintió tocar fondo, abrió el camino a la posibilidad de un cambio. Pero los análisis estructurales se quedan sin alma si no ponemos en su justa medida lo que hacen las personas.
Si fuimos entendiendo que podíamos y debíamos cambiar en serio, fue por él.
Teníamos el miedo trepado hasta en la lógica.
Ninguno de nosotros hubiera tenido la entereza, el coraje, la visión de llevar cada pelea hasta donde él la llevó. Cuando lo conocimos ya tenía esa convicción en la mirada. "Esto termina Menem contra mí": aun recuerdo la seguridad conque nos lo dijo. Éramos compañeras y compañeros saturados de intentar sacarle premios consuelo a un peronismo que con Menem primero y con Duhalde después, más allá de diferencias coyunturales, vivía de espaldas a la militancia y a la participación, carecía de sentido estratégico o su único sentido estratégico era mantenerse en la cresta de la ola del poder formal, resignando a cada paso más y más posiciones frente al poder real de los que mandaron casi siempre en estas tierras. Sumarnos a la Corriente que lideraba Néstor Kirchner era buscar un espacio de debate, de revalorización de la política, al que no le veíamos demasiadas chances de acceso al poder, al menos en el corto plazo. Pero ese día, en la casa de Santa Cruz, nos recibió, nos oyó y dijo la frase que nos hizo salir burbujeando, algo confundidos, algo preocupados, algo ilusionados. Aun no se habían bajado Reutemann y De la Sota y él medía apenas cinco puntos en las encuestas.
Y terminó Menem contra él. Y como Menem era el país que había estallado, los convencidos, los confundidos, los desesperados y los ilusionados no tuvimos más remedio que ilusionarnos conque pudiera hacernos transitar por un camino un poco más digno que sus antecesores.
Pero él no se conformaba con eso. Nos llevaba de emoción en emoción, pero también de susto en susto. Por supuesto que nos parecía bien enfrentar al FMI, descolgar el cuadro, transformar la Corte, anular los indultos, reabrir las paritarias, derogar la BANELCO, restablecer la jubilación como un derecho, dinamitar el ALCA, hermanarnos con nuestros vecinos a partir de nuestros intereses, reducir a un dígito la desocupación. Podemos llenar páginas de ejemplos. Pero lo cierto es que en varios de esos temas, en algún punto de la confrontación, nos encontrábamos preguntándonos por las formas o temiendo que él estuviera llegando demasiado lejos. ¡Era al revés que siempre! No teníamos que empujar al líder con nuestros planteos, sino que estábamos llenos de vacilaciones y chirridos cada vez que nos planteaba un desafío nuevo. Y con esa lógica se animó a enfrentar a Duhalde o se libró de Lavagna para que quedara en claro que así como era el presidente para comandar las Fuerzas Armadas, también lo era para comandar la política y la economía. Es como dice Luppi cuando relata lo del cuadro: fue el primero que no vaciló en ejercer a pleno sus facultades constitucionales y ser presidente en serio. O como dijo Dolina: él y otro señor en 1946. Y cuando nos tocó perder, como en la 125, nuestra Cancha Rayada, caminó junto a nosotros, se bancó la adversidad y en vez de retroceder, nos mostró que podíamos y debíamos ir por más.
Creo que cada uno de esos ejemplos se sintetizan o tributan en el más profundo y valioso de los cambios: recuperar la confianza y la fe en nosotros. Si fuimos capaces de derribar muros que parecían infranqueables, si Argentina pudo volver a ser pensada como Nación soberana en la cual sus habitantes podían proponerse recuperar la esperanza de crecer y construir una vida más digna, fue posible porque ese cambio le fue ganando al temor y se fue abriendo paso en el alma de millones de compatriotas.
Néstor Kirchner tuvo una responsabilidad decisiva para que esa transformación se haya dado en cada uno de nosotros. Es el padre de este renacimiento de nuestra patria. También, del cambio que me dio vuelta la cabeza y se me metió en el corazón.
Hoy me siento más digno. Y no habrá día que no se lo agradezca.

El mono disidente (de Alejandro Dolina)


El peronismo ha sido muchas veces actor principal de acuerdos y concertaciones políticas. Hay, por otra parte, un arsenal de pensamientos burgueses que garantizan la conveniencia de buscar coincidencias. Algunos llegan a decir que en realidad, todos deseamos lo mismo y que discrepamos acerca de las metodologías.
Se ha llegado a sostener que las ideologías habían muerto y que bastaba con elegir buenos administradores para que gobernaran. Todo esto viene acompañado con un continuo elogio de las buenas maneras en las discusiones políticas y aún en los conflictos sociales.
A cada momento se nos propone a nuestra admiración la conducta de príncipes sonrientes o de antagonistas que se dispensan elogios mutuos durante las negociaciones.
Estas escasas palabras servirán primero para saludar todas estas ideas que acabo de exponer.
¿Quién soy yo para no ovacionarlas de pie? Pero también, y como humilde despacho en disidencia, propongo un tímido elogio del desacuerdo, de la bifurcación, de la heterodoxia, de la herejía.Después de todo, las revoluciones surgen sólo de desacuerdos: el hombre es un mono disidente.
Me permito entonces, subrayar la acción política de Néstor Kirchner como venturoso gestor de desacuerdos. El se atrevió a recorrer caminos que nadie se atrevía a transitar y que parecían alejarse de las concurridas avenidas centrales que recomendaban los poderosos del mundo global.
Y se metió por unas calles ya olvidadas cuyos nombres sólo se pronunciaban en los foros estudiantiles, en las reuniones de soñadores y en rincones que siempre estaban alejados del poder político.
Esas calles de desacuerdo ahora pueden reconocerse: una conduce al crecimiento del mercado interno.
Otra al control del comercio exterior...
Está también el boulevard de la intervención del Estado, el veredón de los derechos humanos. la esquina de la ley de medios o la plaza de la asignación por hijo.
Por esas calles andaba este hombre. Algunas de ellas, habían sido recorridas por otro señor en 1946.
Ahora bien, cuando alguien del poder político se atreve a caminar estos senderos termina por llegar a un distrito donde el poder político no está en el mismo lugar que el poder económico. Y la bifurcación se produce y son inevitables los ataques de las corporaciones y de los poderosos que tratarán de conseguir el regreso de los gobernantes tránsfugas hacia las avenidas iluminadas de sus intereses.
Hace muchos años hubo por televisión un debate entre el doctor Teodoro Bronzini, líder socialista e intendente de Mar del Plata, y el doctor Beccar Varela, que militaba en el partido que entonces tenía al menos la decencia de admitirse como conservador.
Fue una conversación muy amable y el moderador se sorprendió al fin del programa de que hubieran coincidido en tantas cosas. En realidad, no era sorprendente, ambos políticos formaban parte de una visión liberal del mundo y eran funcionales a los intereses de las corporaciones.
¿Cómo no van a ser amables si en el fondo pensaban lo mismo?
Néstor Kirchner no les parecía amable a las corporaciones.
En verdad, ningún otro presidente salvo aquel otro señor de 1946, les pareció tan desagradable.
Y lo atacaron como a nadie ¿Por qué? No porque Kirchner tuviese mal carácter y fuera confrontativo o cascarrabias.
No se trataba de una cuestión de carácter: este tipo había tocado sus intereses.
Y fue el único que lo hizo.
Todos los demás parecían aceptables en algún momento porque también en algún momento eran funcionales a los intereses del poder económico.
Y eso es todo lo que quería decir, a veces no hay más remedio que disentir, que persistir en el desacuerdo. Hoy casi por única vez en nuestra historia, el poder político no está donde está el poder económico.
Y este hombre que ahora se ha ido produjo un último acto de insujeción. Su muerte encendió la luz, y como en un refusilo vimos algo que la cerrazón de los medios había ocultado en la oscuridad: las calles laterales, las que no recomendaban los poderosos, estaban llenas de gente.
Transcripción de las palabras dichas por Alejandro Dolina en el homenaje a Néstor Kirchner efectuado en ND Ateneo
( http://www.youtube.com/watch?v=bLlH0yVpRS0 )